La Senadora Cadáver: La Comunión

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Ya en 2015, allá por Marzo o Abril, Virginia me invitó a la comunión de Gregorio, su hijo, que celebraban en Mayo, me dejó unos días para confirmarle que iba, ya que tenía que reservar el restaurante y demás, ya sabes, y como no, acepté, no de inmediato pues tenía que cuadrar cosas que aqui y ahora no van al caso, pero acepté aún ingenuo e ignorante de mi de lo que entonces ya estaba sucediendo y de lo que estaba por venir. El viaje sería de ida y vuelta, como solía ser casi habitualmente en mi, aunque alguna vez, sin importancia, me quedé alguna noche en su casa del pueblo muerto de hambre, en la que no pasó nada por razones obvias, estaban los niños allí, los propios y los ajenos.

Tomé el segundo tren de la mañana, como hacía cada vez que iba, salía a las 9:30 y llegaba sobre las once, por lo que ese día llegué con tiempo para la comunión que al menos hasta las doce o doce y media no tendría lugar. Recuerdo ir directo al bar de sus padres, que tenían no lejos de la estación, y allí mientras tomaba un café que no pagué, hice un sin pa, esperé a Virginia. Ellá llegó al rato, allí esperamos como unos 15 minutos, y después con sus hijos, y algunos niños más nos fuimos a la iglesia, donde me encontraría al resto de invitados, dentro de la iglesia, me colocaron a un lado opuesto al pasillo central, junto a sus hermanas, Virginia, como madre de una de los que hacían la comunión, se tuvo que colocar en primera fila. Cuando todo el merequetengue de la comunión acabó, salimos como a una plaza cerca de la iglesia donde nos hicimos fotos, y de ahí al restaurante con alguna foto en mitad del camino. En esas fotos y durante todo el día, hubo un detalle del que entonces no me di cuenta y del que Dora, un tiempo después me advertiría, Sofía, la hija de Virginia, no se hizo ninguna foto con su madre, al menos no compartieron ninguna juntas, y si salían en alguna, lo harían separadas por varias personas e incluso filas, tampoco hablarón nada o casi nada, al menos que yo viera, y estuve prácticamente todo el tiempo con Virginia, e incluso comí con ella, y es que ya entonces Virginia andaba de escarcéos sexuales con Enrique Hernández, "su actual pareja", algo que la niña llevaba bastante mal y no aceptaba. La comida fue copiosa, quizá en exceso, y es que hubo de todo, marisco, embutidos, carne, pescado...se gastaron un pastizal en el agape. El reparto de regalos, no te digo que se organizó mal, porque ni siquiera se organizó, fue un sin pies ni cabeza, cada cual le daba lo suyo al chaval casi según se lo encontara en el restaurante, pero claro, ¿que se puede esperar de una gente de un pueblo perdido entre vías del tren?.  Ahora, tanto tiempo después, creo que debí de haberme aprovechado más de la situación y haber ido en plan más gocho y haberme puesto hasta el culo de todo, e incluso haberme pillado un buen pedo, o al menos el puntillo, que luego tocaba volver a Madrid, y tampoco era plan de llegar a casa bolinga con una buena meopea, ¿no?.

Tras la comilona y con todos esparcidos por cualquier lugar, poco más me pude quedar, se hacía tarde y me tocaba volver, así que en compañía de Virginia, de Dora y no recuerdo de si iba alguien más, y tras despedirme de algunos de los allí presentes, me fui a la estación. Allí nos encontramos con algún familiar de Virginia, algún tío suyo si mal no recuerdo, donde nos hicimos algunas fotos más, las últimas fotos que me haría con Virginia sin yo saberlo, las últimas buenas palabras que tendríamos cara a cara, de hecho, esa fue la última vez que nos veríamos, porque un tiempo despúes, no mucho, vendría la tormenta, la gran tormenta que sacudiría todo mi mundo, ese mundo que entonces compartía con ella y que me hacía tenerla en un pedestal que acabaría por romperse en tantísimos pedazos, que ni la más avanzada tecnología podría recomponer. Recuerdo que en esas últimas fotos que nos hicimos, ella me apartó su brazo para que no la tocará, y no era solo por la presencia de ese tío suyo, había mucho más que en ese momento no sabía, también recuerdo hablar de su cumpleaños que era ese mismo, y hoy veo que ya entonces me mintió a la cara, una mentira más de las muchas que me había dicho a la cara sin despeinarse, y que yo, estupido de mi, ni vi y me tragué enteritas, sin masticar ni cocinar, y es que me dijo que no lo celebraría, que no haría nada, tiempo después me enteré por Dora que si lo celebró, ya lo tenía pensado, seguro, y no me dijo nada, me mintió y me utilizó como un títere, como tantas veces lo había hecho antes y yo no me di cuenta, ciego de amor, no lo vi.

Al volver, tenía que cruzar las vías del tren para ir en dirección a Madrid, así que momentos antes de que este llegara, tuve que cruzar y nos dijimos el que sería el último adiós, sin un beso, sin nada, porque con ella en realidad, no había nada, al menos de verdad. Y así acabó ese día, así terminó la comunión de Gregorio.


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