La nueva y mi chica. Realidad y fantasía.

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     Era miércoles y como todos los miércoles hoy tocaba hacer el amor. Mi chica trabajaba en una pinacoteca y poco a poco el trabajo iba ocupando más sitio en su vida. No se trataba del dinero solamente, era un tema personal. El objetivo no era otro que ascender laboralmente y, en unos años, ocupar el puesto de directora... como si el ser directora diese la felicidad. 

- Vamos a ello. - dijo comenzando a quitarse la ropa.

           La imité y pronto ambos estuvimos en cueros. Un beso en los labios, un cumplido muy usado y enseguida a cabalgar en posición de misionero con la banda sonora de los sufridos muelles de la cama como fondo.

      Poco después, ella se reincorpora tumbándose sobre el estómago y agarra los barrotes de la cabecera de la cama. Contemplo su culo, imagino algo que solo he visto en videos eróticos, y aprovechando que mi pene vuelve a levantarse, la tomo por detrás. 

- Estuvo bien. - Me dice con una sonrisa seguida de un beso.

- Sí. - respondo con más entusiasmo del que siento.

Y la rutina del día sigue su curso.


********

     Me fijé en Eva por primera vez cuando fui a hacer unas fotocopias. Se la notaba algo nerviosa mientras intentaba ordenar los folios. 

- ¿Te ayudo? - dije.

- Eh... no, creo que puedo arreglarme. - me dijo levantando la vista.

- Gracias de todos modos. - añadió un instante después con una sonrisa sincera.

       Cuando salió del cuarto no pude evitar fijarme en su pequeño trasero y en como los pantalones negros y ajustados le daban forma de una manera sofisticada. Sí, elegante, coqueta, pero no altiva, más bien tímida... extraña combinación.

- Veo que has conocido a la nueva. - dijo mi compañera Bea interrumpiendo mis pensamientos.

- Vive conmigo en el piso. - añadió poco después.

- Ah. - respondí.

********************

        La tarde avanzó y a las siete y media la luz artificial solo alumbraba a algunos empleados rezagados. 

          Me dirigí al despacho de mi jefe y justo antes de entrar me detuve al oír voces. He de confesar que me pudo la curiosidad y pegué el oído a la puerta. 


- ¡Esto es inaceptable! - escuché como gritaba mi superior.


- ¿Quieres que te eche? En serio, ¿te estás riendo de mí?


        Me separé de la puerta y por un instante se me pasó por la cabeza llamar y "rescatar" a la víctima, fuese quien fuese, de semejante bronca. Sin embargo, me alejé unos metros ocultándome tras una columna, esperando disimuladamente a que se abriese la puerta. Unos minutos después vi a Eva con rostro serio saliendo del despacho.

****
    Aquella noche soñé con ella. Indefensa pero orgullosa se encontraba no en el despacho, si no sentada en una sala donde unos tipos que ladraban órdenes la estaban interrogando. Llevaba unos pantalones cortos que dejaban sus piernas al descubierto y una camisa blanca con un gran escote. El pelo recogido en una coleta y los labios pintados de rojo.

Uno de los hombres, el más feo, la abofeteó en la mejilla. Otro, se pasó la lengua por los labios con mirada lasciva. 

-¿Puedo ir al baño? - preguntó la muchacha con dignidad.


- No. - respondió el que la había golpeado. - Aquí tenemos todo lo necesario.-


El de la mirada lasciva dio un puntapié a un cubo de metal y soltó una risotada.


- Así que no piensas decir nada... ¡desnúdate! - agregó un tercer tipo con sobrepeso que sudaba profusamente y sujetaba un látigo en sus manos.


        En aquel momento intenté intervenir, no iba a abandonarla por segunda vez...
pero desperté. Mi chica dormía junto a mí y mi entrepierna estaba mojada.

Tratando de no despertar a mi pareja me levanté en busca de un nuevo par de calzoncillos.

****************
        Aquella mañana llovía. En el trabajo busqué a Eva pero no la encontré por ningún sitio. Al principio pensé que la habían despedido y por algún motivo odie a mi jefe. Sin embargo, unas palabras con Bea resolvieron el misterio. Su compañera de piso se había quedado en casa con fiebre.

Por la tarde, poco antes de salir de la oficina, Bea se acercó a mi.

- Perdona, sé que no es de recibo pedirte esto a estas horas, pero el médico visitó a Eva y le recetó unas medicinas... entre ellas una inyección intramuscular.


- Bien. Creo que en el centro de salud...


- No. - me corto la empleada.


- ¿No?


- Ven conmigo a casa y te explico.


********************


A las nueve llegué a casa y mi chica me interrogó con la mirada.
- Estuve en casa de Bea...
-¿Para?


      No sé si era el tono de su voz, el sutil olor a perfume de su cuello desnudo o la tarde en general... el caso es que en aquel momento me la comería enterita.


- Estás muy sexy. - dije y la besé en la boca.


   Ella me apartó a regañadientes, le había gustado el ósculo y el sincero cumplido, pero la curiosidad era más fuerte que el halago.

- ¿Y bien?

- Eva, la nueva, es compañera de Bea y hoy estaba malita. Bea me pidió que le ayudase. - respondí de un tirón mientras me sentaba en una silla.

      Podría haber entrado en muchos detalles. La imagen de Eva metida en la cama, con las mejillas coloradas, el pelo mojado de sudor y el pijama arrugado. Su rostro, bello, pero sin esa determinación que tenía en mi sueño.

      Sí, podría haber contado a mi pareja el contraste entre la valentía de la Eva irreal y el miedo irracional a las inyecciones que tenía la de verdad. La escena, ciertamente, no carecía de cierta sensualidad, pero era muy humana. La habitación desordenada, la papelera llena de pañuelos de papel con mocos, el olor a alcohol medicinal, la ropa tirada de cualquier forma en la silla y en el suelo.

Sí, ese era el cuadro sobre el que se dibujó el pequeño drama, más propio de una rabieta adolescente que de la heroína que solo estaba en mi cabeza. A mi me tocó sujetar a la paciente boca abajo mientras Bea tiraba del pantalón descubriendo el pálido y sudoroso trasero. Con paciencia infinita y voz suave, la inquilina trataba de que la enferma relajase el culito y se estuviese quietecita. Si tuviese más confianza, a buen seguro yo mismo la hubiese dado unos buenos azotes. Pero no sería justo culpar a Eva de todo, simplemente estaba nerviosa y le daban miedo las inyecciones, estaba tan nerviosa, que poco después de que Bea frotase el glúteo derecho con el algodón, justo antes de clavar la aguja, se le escapó un pedete. Hasta yo sentí cierta vergüenza y una pizca de compasión por el momento de humillación. Afortunadamente Bea estaba centrada, y aprovechó la involuntaria distracción para clavar la aguja e introducir lentamente el líquido.

- ¿En qué piensas?

- Nada... en lo que da de sí una inyección.

- ¿Le pusiste tu la inyección? ¿Le viste el culo? - me preguntó mi chica.

- No, se la puso Bea.

- ¿Tiene el culo bonito? - insistió.

- Sí, tiene un trasero... interesante. Pero el tuyo es el mejor.

- ¿Quieres verlo?

- Hoy no es miércoles. - dije.

- Me da igual- dijo con rebeldía.

- Sí, quiero verte el culo y comértelo. - añadí calentándome.

      Ella se desnudó poniendo su retaguardia a mi disposición.

      Hundí la cara en su deliciosa rajita mientras mi lengua, juguetona, lamía el ojete.

Fin


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