El viajero Parte III

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TERCERA PARTE: OTRA VEZ ALLÁ

Una vez hubo regresado al año 90 A.C. volvió a bajar de la nave. Llevaba una ropa distinta a la del día anterior, pero tambien acorde a la época.

Había dejado la nave cerca del bosque donde había visto los cadáveres, pero al otro lado, relativamente lejos de donde iba a aparecer su otro yo.

Se dirigió hacia la entrada del bosque. Se había dado dos horas de tiempo, más que suficiente para averiguar todo lo que había pasado con aquel muchacho. O eso pensaba, porque casi sin darse cuenta la pulsera empezó a vibrar, lo que significaba que solo faltaba media hora para “su llegada”.

Entonces lo vio. Casi había llegado al sitio en cuestión cuando se cruzó con el chico. Este iba solo, cosa que le extrañó, ya que esperaba encontrarlo con, al menos un acompañante. Si no, ¿Quién era el que yacía muerto junto a él? A lo mejor era su asesino.

Se acercó hasta él y le saludó.

-Ave, joven señor- Le dijo.

-Ave, extranjero- Contestó el pequeño.-¿Os habéis perdido?

-No, solo estaba dando un paseo antes de entrar en la ciudad. Es la primera vez que visito Roma y me han impresionado sus enormes murallas.

-Ja, pues si os ha impresionado por fuera esperad a verla por dentro.-Contestó orgulloso el chico.-Roma es la mayor y más bella ciudad del mundo.

-No lo dudo- Sonrió el profesor.

-¿De dónde sois? Es la primera vez que escucho vuestro acento- Preguntó curioso el muchacho.

-No me extraña. Vengo de muy lejos, de una tierra de la que seguro no has oído hablar-Mintió el profesor. Realmente el chico seguramente sí había oído hablar de su tierra, aunque siendo sinceros, sí venía de muy lejos.

-Seguro que sí, mi magister me ha hecho aprender los nombres de todos los países del Orbe. Incluso los que no están bajo el control de Roma.

-Ya veo que sois un chico con una buena educación, seguramente provenís de una buena familia, ¿Me equivoco?

-De una buena familia es decir poco. Mi nombre es Cayo, de la familia Julia. Descendemos directamente de Rómulo, el primer rey y fundador de la ciudad.

Cayo, de la familia Julia… ahí estaba la respuesta. Ese era ni más ni menos que Julio César, como sería conocido más adelante. Claro, sin él el mundo era completamente distinto. Este chico iba a cambiar por completo la historia de Roma, y con ello la historia de toda Europa y de prácticamente todo el mundo. Un solo hombre… y unas consecuencias tan terribles. Debía darse prisa y sacarlo de ese bosque de inmediato, el tiempo se le estaba agotando.

-Escucha, joven señor…- Empezó a decir el profesor. Pero de repente tronó una voz a su espalda.

-Vaya, vaya. Un joven patricio y un comerciante extranjero perdidos en nuestros dominios. ¿Qué te parece, viejo Pulo?

-Lo que me parece, amigo Voreno, es que han entrado sin permiso y deberían pagarnos un pequeño tributo por usar nuestros caminos.

El profesor se dio la vuelta y vio que les estaban rodeando un grupo de cuatro bandidos armados con puñales.-Oh no… demasiado tarde- Pensó.

 -Escuchad señores, yo…- Empezó a decir. Pero enseguida el pequeño Cayo le interrumpió.

-¿Pero qué decís? ¿Un tributo a vosotros, miserables bandidos? Estos caminos no son vuestros, no pienso pagaros nada. Además…- Y de repente sacó un pequeño puñal que llevaba escondido entre la ropa.- ¿Creéis que os tengo miedo?

Como era de esperar, los bandidos se echaron a reir. Algo que no gustó al pequeño César.

-Guarda eso chico- Dijo asustado el profesor.-No pasa nada, les daremos lo que nos pidan. Llevaba algo de oro en la bolsa y, sinceramente no le importaba perderlo mientras se arreglara todo.

-¡De eso nada!- Gritó César. Y echó a correr, y todo se precipitó.

Uno de los bandidos le intentó agarrar antes de que escapara y el profesor, instintivamente se echó sobre él. Los dos hombres cayeron al suelo y forcejearon hasta que…

El profesor sintió de repente un enorme dolor en el vientre y se quedó tumbado de espaldas en el suelo mientras el bandido se levantaba y le arrebataba la bolsa.

-Ahí te quedas extranjero. Disfruta de tu visita a Roma- Le dijo mientras se alejaba riéndose.

El profesor se llevó las manos a la tripa y notó cómo un líquido viscoso y caliente se las empapaba.-Mierda… me han apuñalado. Debo volver rápidamente a la nave-Pero entonces se acordó de algo más importante. -El chico… hay que impedir que le hagan daño-.

Oyó gritos. Se incorporó como pudo, entre fuertes dolores y se dirigió, medio andando medio a rastras hasta la entrada del bosque, de dónde provenían los gritos que había oído.

-Que haya podido escapar, por favor…

Un poco más adelante vio que se estaba formando un grupillo de gente y vio que alguien lo señalaba.

-Hay otro herido- Escuchó que decía alguien, mientras unas manos fuertes lo ayudaban a moverse-

-¡El chico!¿Dónde está?.

Entonces lo vio. Tendido en el suelo, malherido. En la misma postura en que lo había visto ya ayer, y en ese momento lo comprendió.

-Es todo culpa mía-Pensó-. Sin mi aparición, César habría salido del bosque unos minutos antes y los bandidos nunca le habrían alcanzado. De hecho, el encuentro con los bandidos ni siquiera se habría llegado a producir.

Levantó entonces la cabeza en un último intento desesperado de pedir ayuda y vio a un hombre que bajaba por un sendero. Un hombre cuya silueta le resultaba muy familiar.

-No es posible…

En ese momento el profesor murió, en un gran charco de sangre. Rodeado de una pequeña multitud y junto a un muchacho que agonizaba y que no tardaría en fallecer tambien. Y todo esto, mientras observaba la escena un viajero venido de muy lejos…

 

FIN


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