"MI NOMBRE ES JULIA" (1/3)

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Me fui unos días a descansar a la casa de la playa que tenemos en la costa de Murcia. Es un bungalow junto al playa de dos plantas, el piso de arriba es propiedad de los vecinos con los que llevamos conviviendo más de veinte años, desde que compramos la vivienda del piso de abajo.

Su casa tiene un jardín a ras de calle separado del nuestro por un muro de un metro de altura y es ahí donde hacen la vida. Resumiendo, nos vemos constantemente cuando coincidimos y la relación es muy cordial.

Estaba desayunando cuando llego Carmen, la vecina y me saludó. Venía sudando y cargada con bolsas del super. Nada más entrar a su casa me saludo y me dijo que estaba deseando subir a tomarse un café y poder quitarse la ropa. Eran más de las diez, el sol ya había levantado y el calor era importante.

Le ofrecí un café para que no tuviera que preparárselo, yo lo acababa de hacer. Me dijo que subía la compra y bajaba a tomárselo. Cuando bajó se había quitado la ropa y se había puesto un bañador. Le pregunté cómo lo quería y me dijo que solo, para combatir el calor. Una vez servido el café bridamos con las tazas como si de copas se tratara y tras un sorbito le ofrecí un cigarrillo y lo aceptó.

Se fijo en el libro que tenía sobre la mesa y que había acabado de leerlo hacia un rato. Me preguntó que leía y le conteste que una novela escrita por un tal Jesús de Juana y que era su primera novela editada, “Mi nombre es Julia” se llama. Me preguntó de que iba y le dije que era la vida de una mujer adulta, de nuestra edad más o menos, que descubrió otra forma de vida ya cumplidos los cincuenta. También le dije que se trataba de una novela erótica bastante subida de tono. Interesante, me contestó con una sonrisa.

Ante su insistencia le hice un breve resumen de la novela, básicamente que había vivido un matrimonio católico al uso y en la madurez, por casualidad, descubrió todo lo que se había perdido sexualmente hablando y puso remedio con nuevas experiencias, unas compartidas con su marido y otras no.

Me dijo que fuera más explícito y le contara algún pasaje de la novela significativo de ese cambio. Le expuse, a modo de ejemplo, que hasta los cincuenta y tantos jamás había chupado el sexo de un hombre y ningún hombre se lo había hecho a ella. Se interesó por el motivo que había producido ese cambio y seguí contándole.

Cada vez quería saber más detalles de la novela. Como yo la había acabado de leer le dije que se le prestaba si quería. Aceptó de inmediato el ofrecimiento prometiendo devolvérmela en cuanto la leyera. Esa noche la descubrí, desde la ventana de mi cocina que da a su jardín y con la luz apagada, leyendo el libro en una tumbona a la luz de un farolillo tenue, eran más de las dos de la madrugada.

Me imagine el choque emocional que le estaría produciendo la lectura. Ya me iba a ir de nuevo a la cama cuando la vi poner un papel para señalar la pagina por donde iba leyendo y dejar el libro en una mesita. Se recostó en el respaldo y una mano desapareció dentro de la tela del escote e intuí que se acariciaba un pecho. Al poco bajó la otra mano a su entrepierna y empezó a acariciarse.

En ese momento decidí abandonar y volverme a la cama, no me pareció correcto violar su intimidad amparado en la oscuridad. Una vez acostado de nuevo empecé a imaginarme a Carmen desnuda y masturbándose. Era evidente que tenía los pechos grandes, seguramente caídos una vez los liberara del sujetador, debía tener mí misma edad más o menos, así que le adjudique mis sesenta y tres años. Era evidente que tenía tripa, lo normal a su edad después de haber parido dos hijos. La cadera amplia, sin exceso, lo que le otorgaba un culo proporcionado. El resultado era una mujer mayor, con algo de sobrepeso. No lograba imaginarme el tamaño ni el color de los pezones y no le encontraba algún atractivo especial, más allá de su simpatía y trato agradable. Sin embargo, imaginármela tocándose tenía su morbo.

No la vi al día siguiente, solo coincidí con su marido al llegar a casa por la tarde. Nos saludamos como siempre e intercambiamos algún comentario sobre que éramos prácticamente los únicos vecinos de la calle en esos días y me preguntó por mi mujer, le dije que se había quedado trabajando en Madrid.

Con Carmen coincidí al día siguiente por la mañana, no serían más de las diez cuando volvía de andar su hora diaria para mantener el peso y riéndose me dijo que no conseguía adelgazar ni un kilo.

Ya he acabado el libro y me ha dejado descolocada. ¿De verdad que hay personas que practican lo que cuenta el libro o es todo ficción? – me preguntó.

 

Bueno yo no lo he practicado, aunque sé que existen club privados de intercambio de parejas y saunas donde se ofrecen servicios sexuales – le respondí.

 

Me preguntó si la cafetera que tenía en la mesa estaba recién hecha, añadiendo que olía desde donde estaba. Lo interpreté como una provocación para que la invitara y yo que soy un caballero, lo hice sin dejar de pensar en el motivo de mi desvelo nocturno. Me dijo que subía a su casa a ducharse y en diez minutos bajaba. No sé porque, pero la noté más risueña que otras veces, incluso algo provocadora en su manera de comportarse.

Nada más desaparecer empecé a calentarme la cabeza y me pregunté si no se me estaría yendo la olla. Decidí que de perdidos al río y me tomé una Viagra. Total, si mi instinto me fallaba, siempre podía aprovechar la polla bien dura para hacerme una paja, o dos si se terciaba.

Al verla bajar las escaleras noté algo distinto en su manera de moverse y caí en la cuenta de que se había calzado unas sandalias con tacón, sin duda un signo de coquetería en un lugar donde siempre vamos en bañador y chanclas. Sin duda quería mostrarse sexy.


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