La Fuerza del Agua (Prologo)

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PRÓLOGO

 

El 14 de octubre de 1957 fue el primero de los dos días en que la fuerza del agua marcó la vida de Marina, ella estaba a punto de cumplir los 10 años y ese día cambió su destino por completo. La riada que inundó todo el casco antiguo de Valencia, su ciudad natal, se llevó la vida de sus padres y su hermana Clara de dos años. Quedó huérfana y sola, por mediación de una vecina amiga de sus padres fue enviada a Moscú donde vivía una hermana de su madre que había huido durante la guerra civil y a la que no había conocido nunca.

 

Su vida en Rusia fue muy dura al principio, aunque nunca le faltó de nada su tía Julia no era nada cariñosa y a su marido Boris, un borracho empedernido, le divertía hacerle la vida imposible siempre que podía. A su tío, nada más llegar le pareció muy ocurrente, debido a las circunstancias que la habían llevado allí, llamarla Inna en lugar de Marina –nombre ruso que significa “torrente de agua”- increíblemente a todos le pareció divertido y con ese nombre se quedó durante su casi medio siglo de vida en Rusia.

 

En 1967 Inna hacía prácticas como secretaria para el ministerio de defensa, allí conoció al Comandante Oleg Petrov, un Piloto del ejército con un futuro muy prometedor del que se enamoró inmediatamente y con el que se casó un año después. Oleg demostró ser un hombre trabajador e inteligente que destacaba en todos los puestos donde lo destinaban, ascendió rápidamente en el escalafón hasta que consiguió un importante puesto en Lubyanka, sede de la KGB. Fruto del matrimonio nació en 1968 Aleshka. Por fin Inna tenía una vida plena y podía decir que era feliz.

 

Aleshka resultó ser una niña muy inteligente, con un expediente académico impecable que le permitió compaginar su carrera universitaria con un puesto importante en la embajada española en Moscú gracias a los contactos de su padre. Así conoció a Aleksandr Kozlov, un magnate ruso que había hecho su fortuna con el petróleo. Se casaron en el año 1988 y tuvieron ese mismo año a su hija Zoya, una niña preciosa que Inna hizo prácticamente suya desde su primer día de vida, ya que se había quedado viuda recientemente y los padres de la pequeña siempre estaban trabajando.

 

El 26 de diciembre de 2004 fue el segundo día que la fuerza del agua sacudió brutalmente la vida de Inna. Su hija Aleshka se había empeñado en pasar ese año la navidad con su marido y Zoya su preciosa hija de 16 años en un paraíso de la costa tailandesa. El gran terremoto y posterior tsunami se los llevó a los tres.

 

Rota por dentro y sin ganas de vivir con 58 años Inna vendió todas sus posesiones en Rusia y volvió a su ciudad natal, Valencia, a pasar sus últimos años.

 

Así pasa los años en relativa tranquilidad y en el año 2018 Inna, que vuelve a ser Marina, ha logrado llevar una vida apacible y mantener una rutina que le permite vivir en paz.

 

Lo primero que hizo a su regreso a Valencia fue comprar la que había sido su casa, donde nació y se crió en la Calle Baja del barrio del Carmen. Todas las mañanas bajaba a hacer la compra al Mercado Central y volvía rápidamente a casa por que no quería perderse los programas del corazón de la tele, era lo único que la distraía un poco.

 

Tenía su casa repleta de retratos de su difunto marido, al que tanto había querido, pero muchos más de la preciosa familia de su hija, pasaba horas enteras mirándolos y llorando.

 

Una mañana acababa de regresar del mercado y estaba preparando un delicioso arroz al horno, cocinaba para ella y para su vecina de en frente, una mujer de 86 años, muy lúcida, que afirmaba haber conocido a sus padres e incluso acordarse de ella. Como siempre, tenía la tele puesta de acompañamiento, el tema de actualidad era la visita a la costa malagueña del jeque árabe Alim Al Hammadi y todo el dinero que iba despilfarrando a su paso por bares, discotecas y hoteles. La polémica del día era si era ético que ese jeque hubiera viajado a España con 8 de sus 24 esposas y que eso, cuando menos, era vergonzoso para todos los políticos que le hacían la pelota a su paso.

 

Mientras cocinaba, Marina hablaba sola y emitía sus opiniones sobre lo que trataban en ese momento en la tele, levantaba la vista distraídamente a la pantalla mientras seguía cocinando.

 

Una de esas veces se quedó petrificada.

 

Se le cayó el cuchillo de la mano y se quedó mirando la tv con la boca abierta. En el aparato, estaban emitiendo una cuña en ese momento con imágenes del jeque rodeado de políticos aduladores, más todo su séquito y un poco más apartadas, en segundo plano tres de sus esposas rodeadas por un círculo que habían editado en la producción del programa para resaltarlas. La de la derecha era una hermosa mujer de más edad que las otras dos, de claro aspecto de oriente medio, en el centro de las tres estaba una preciosa joven africana con una perfecta piel del color del ébano y una belleza inigualable. Y finalmente la joven rubia de la izquierda… no podía ser... La chica de la izquierda…

 

Marina estaba viendo a su hija Aleshka.

 

No podía ser. Se repetía en voz alta sin darse cuenta. Sólo por su edad, esa preciosa y joven muchacha que se parecía tanto a su hija no podía ser ella. De repente lo comprendió, le fallaron las piernas y se vio sentada en el suelo, toda la cocina le daba vueltas, quería llorar pero de su garganta sólo salía un pequeño sonido gutural desgarrador de puro dolor, la realidad la había golpeado y casi había perdido el conocimiento. Esa preciosa muchacha que veía en la televisión era Zoya, su amada nieta. No quería ni podía imaginar el infierno por el que esa niña tenía que haber pasado.

 


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