La Fuerza del Agua Capitulo 2 Marina

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El primer impulso de Marina fue llamar a la policía y liberar a su nieta del infierno por el que debía estar pasando cuanto antes, pero cuando consiguió serenarse recordó cuantas veces le había dicho Oleg cómo funcionaba la burocracia y lo importante que era tener contactos y amigos hasta en el infierno. Entró en la habitación que hacia las veces de trastero y rebuscó entre varias cajas hasta encontrar la agenda que buscaba. Llamó a amigos y antiguos compañeros de su marido, se pasó toda la tarde y la mañana siguiente llamando por teléfono, hablando en español y en ruso con diferentes despachos y embajadas hasta que consiguió el compromiso de Yuri Kerzhakov, un antiguo compañero de Oleg de investigar lo que le había contado e informarla de lo que averiguara, eso si, Yuri le puso la condición de que no lo hablara con nadie.

 

De ese día frenético de llamadas habían pasado dos días y Marina no había vuelto a tener noticias de Yuri. Mientras volvía esa mañana del Mercado Central a su casa decidió que iba a volver a llamarlo, estaba convencida de que la habría tomado por loca y segura de que no habría movido nada todavía.

 

Caminaba por la Calle Baja, como todos los días, a la altura de la Calle de l’Hostal de Morella miró hacia arriba para ver su balcón al final de la calle, se paró al instante con la boca abierta.

 

Era uno de tantos sencillos trucos que le había enseñado Oleg de su etapa en la KGB y que mecánicamente hacían cuando vivían en Moscú y seguía haciendo ella en Valencia. El barrio del Carmen donde vivía era uno de los barrios de la ciudad con más alta tasa de robos y sobre todo de okupación ilegal, por ello, Marina siempre, desde su vuelta, cada vez que salía de casa, recogía la persiana de su balcón y enganchaba cuidadosamente la cuerda a la puerta de casa por dentro, de forma que si alguien entraba en su ausencia la cuerda se soltaba y la persiana se desenrollaba sin que el intruso lo notara y poniéndola a ella sobre aviso desde la calle, antes de subir.

 

Era lo que le faltaba ahora mismo, un grupo de perro flautas a los que tener que echar de su casa. Subió las escaleras disimulando su nerviosismo, sabia lo que tenía que hacer si alguna vez pasaba lo que estaba pasando. Como tenía llaves de su anciana vecina de enfrente llegó a su rellano y fingiendo una tranquilidad que no sentía en absoluto sacó las llaves y entró en casa de su vecina. En cuanto cerró tiró las bolsas al suelo y se puso a mirar por la mirilla para ver si veía algo de interés antes de llamar a la policía. Llevaba muy pocos minutos mirando cuando la puerta de su casa se abrió lentamente. Las dos personas que salieron estaban muy lejos de tener el aspecto de perro flautas que Marina esperaba. Eran un hombre y una mujer vestidos pulcramente con trajes oscuros y gafas de sol que ocultaban parcialmente su rostro. Marina contuvo la respiración y se quedó inmóvil. Los dos sujetos cerraron lentamente sin hacer ningún ruido la puerta, él sacó un pañuelo de su bolsillo y lo paso por el picaporte y por donde pensó que podían haber puesto sus manos. Miró a la mujer y le dijo en perfecto ruso:

 

-Informa de que está todo preparado.

 

Y se fueron.

 

Marina siguió mirando unos minutos más. Estaba aterrada. ¿Qué estaba pasando? ¿Quiénes eran esos dos? ¿Qué querían de ella?

 

Dejo pasar una hora y cuando estuvo razonablemente segura de que no volverían entró en su casa para ver si se habían llevado alguna cosa o si habían movido algo, lo que fuera que le diera una pista sobre lo que pasaba. Estuvo dos horas observándolo todo y estaba totalmente segura de que no faltaba nada, cada vez tenía menos sentido todo. De pronto en su cabeza se coló una idea: Yuri. ¿Habrían ido a hablar con ella de Zoya? Si era así ¿Por qué colarse de esa manera en su casa? Ahora si que estaba resuelta a llamarlo y que empezara a darle respuestas de una vez. Como ya sabía que iba para largo se dispuso a prepararse un poleo antes de sentarse y empezar a hacer llamadas. Se preparaba uno todas las mañanas y lo hacía mecánicamente, sin tener que pensar en ello, por eso algo la detuvo, se quedó pensativa, algo iba mal, algo no estaba en su sitio. El bote donde guardaba la hierba para la infusión estaba a la derecha del tarro del azúcar. Ella nunca lo dejaba así ya que siempre primero preparaba la infusión y luego le echaba la cucharadita de azúcar. Pensó que se estaba haciendo mayor o que todo el asunto de su nieta la tenía alterada, cogió el bote de poleo lo abrió y cuando lo iba a oler como le gustaba hacer cada mañana, casi soltó un grito y lo tiró con fuerza a la pila de la cocina, rompiendo el recipiente y esparciendo la hierba medicinal por todo el fregadero. Marina tenía sin darse cuenta una expresión de terror en su cara, --extracto de ricino le avisaba desde su memoria su marido-- cogió el trapo de cocina y se tapó la nariz y la boca, abrió el grifo de la pila todo lo que se podía y cerró los ojos con fuerza. Esperó que el agua se llevara hasta la última hebra de hierba de poleo y la pila quedara limpia para tranquilizarse, no sabía como podía estar tan segura pero tenía la certeza de que habían intentado asesinarla y que en esa casa no estaba a salvo. Se sentó y pensó cual podía ser ahora su siguiente paso, aunque lo sabía perfectamente y sentía una enorme frustración por tener que recurrir a él. Descolgó el teléfono y marco el número de memoria, después de dos tonos saltó el contestador con un mensaje en ruso muy al estilo de su autor, por lo visto poco había cambiado.

 

-- estás hablando al contestador de una persona muy muy peligrosa, si tienes este número es que me conoces y estas desesperado por hablar conmigo, si no, es que te has equivocado y más te vale colgar y olvidarte de todo — antes de cortarse el mensaje se oían unas risas divertidas de fondo. Marina medio sonrió al comprobar que seguía siendo el mismo y dejó su mensaje.


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