La Fuerza del Agua Capitulo 17 Nahla

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Nahla salió de la isla de Al Bahrani en un jet similar al que la había llevado allí hacia 13 años sin despedirse de nadie acompañada por Ramì, jefe de seguridad de su antiguo dueño el jeque Alim Al Hammadi.

 

Sólo había visto una vez con anterioridad al jefe de seguridad, era un ex oficial de la Guardia Real de Saddam Hussein, con su 1.94m de altura y sus 120 kg de puro músculo imponía temor por donde pasaba. Una cicatriz de combate atravesaba su cara desde la sien derecha hasta el mentón. Aquella única vez que había visto a Ramì ella acaba de terminar un servicio con el jeque y el jefe de seguridad pidió audiencia, cuando ella se estaba retirando se cruzó con el ex militar que iba custodiando a la que ella hubiera jurado era un famosa cantante británica que se encontraba en un estado de semiinconsciencia por algún barbitúrico que le habían suministrado. Cerró la puerta al salir y nunca supo más de ese tema.

 

Hicieron una escala en Milán de un día en la que no le permitieron salir del avión y de allí volaron a Marsella donde la entregaron en una suite del hotel InterContinental al Dr. Müller. Ramì firmó la documentación de entrega y se fue sin decirle una palabra.

 

-Siéntese señorita Nahla- el doctor habló en alemán ya que había leído el dosier de la chica y sabía su currículo. –Sé que pasó por esto hace 13 años así que no le será extraño.

 

Nahla se sentó sobre sus piernas en un gran sofá y cruzó los brazos sobre su pecho sin decir una palabra.

 

Ante el silencio de la chica el doctor continuó hablando.

 

-Esta vez será diferente, por motivos que no le incumben esta vez el cuestionario será mucho más corto, si que habrá sesión de fotos y tambien serán necesarios los análisis clínicos.

 

-Eso es porque es una Subasta Caronte- afirmó lacónicamente la chica.

 

El doctor levantó la vista de los documentos que estaba leyendo y miro a Zoya con preocupación.

 

-Eso no debería saberlo-

 

Desde su última conversación con Zaïda a Zoya se le habían derrumbado todas las barreras, la muerte de su babushka había acabado con el último de sus muros de contención emocional y realmente ya todo le daba igual, solo deseaba que acabara de una vez.

 

-No importa, haga su trabajo- dijo con una voz que ya ni reconocía como suya.

 

Al día siguiente llegaron al Castillo de O, no había cambiado casi nada. Zoya agradecía que a diferencia del Dr. Paz el Dr. Müller fuera más callado y no intentara crear una falsa cordialidad con ella, no hablaba más que cuando era necesario y únicamente para dar las instrucciones precisas. Los trámites fueron los mismos, entraron por la misma puerta, entregaron la documentación, esperó en el mismo patio y la acompañó al cubículo que le asignaron y allí el Dr. se despidió de ella. Zoya agradeció en silencio la total inexpresividad en el semblante del alemán. No hubiera soportado otra vez la incongruencia del Dr. Paz.

 

Entró en su cubículo y se puso cómoda, esta vez había llegado antes e iba a tener que permanecer allí un día hasta la subasta.

 

Pasó las 20 horas de espera sentada en su camastro con las piernas cruzadas bajo su cuerpo, con las muñecas apoyadas en sus rodillas con las palmas de las manos hacia arriba, la espalda recta y la cabeza ligeramente hacia atrás en un estado de paz que hacía tiempo no sentía. No probó la comida que le llevaron ni bebió un sorbo de agua

 

Finalmente la puerta se abrió y apareció uno de los soldados de uniforme negro que no necesitó hablar, ella se puso en pie y lo acompaño por los pasillos de piedra hasta la puerta con la luz roja sobre el marco. Allí esperaron unos minutos hasta que le luz verde se encendió y atravesó la puerta como si flotara en una nube. Oyó como la puerta se cerraba tras ella y avanzó por la pasarela hasta la tarima giratoria. A diferencia de cuando era una niña estuvo más rato expuesta esa vez. Calculó que pasaron unos 10 o 15 minutos hasta que la plataforma se detuvo y se abrió la puerta de salida. Allí la esperaba el mismo soldado de antes que la acompañó a la suite donde conocería a su verdugo.

 

Al entrar a la suite y como hizo cuando era una niña se quitó las sandalias de tacón y caminó descalza por la moqueta hasta la cama, allí se sentó y esperó. Pasados unos minutos oyó gente al otro lado de la puerta, esta se abrió y entro primero una mujer que no conocía, seguida de ella entró un hombre y en cuanto Zoya lo vio su corazón casi se paró.


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