Tres pinchazos y un revolcón

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       Susana recorrió la distancia que separaba la parada de metro de la consulta con paso vivo. Previsora, había comprado en la farmacia los inyectables por la mañana. Lo de las inyecciones no le gustaba un pelo, pero la alternativa era una caja de pastillas que, además de tardar más tiempo en hacer efecto, hacían que le molestase la barriga llenándola de aire. 

"Debería haberme comido la pizza más despacio." pensó mientras aguardaba sentada en una silla de plástico naranja a que llegase su turno.

     Luego, más que nada por distraerse, abrió la cremallera del bolso y comprobó que tenía la medicina y la receta "tres inyecciones intramusculares, una diaria" leyó apretando involuntariamente las nalgas. Estaba nerviosa, tenía ganas de mear, pero pocas y la digestión de la maldita pizza, precisamente ahora, le estaban revolviendo el estómago. Sacó el móvil del bolso, consultó la hora y suspiró.

En ese momento salió un hombre vestido con una bata blanca.

- Susana García. -

     La aludida se sobresaltó, metió el teléfono en el bolso, cerró la cremallera al segundo intento y tras ponerse en pie, entró en el cuarto. 

       La decoración era sencilla. Un armario blanco, una pequeña mesa de escritorio sobre la que descansaba un portátil negro, una camilla y un neón que colgaba del techo iluminando la estancia.

- Susana García... ¿Traes la medicina? -

- La medicina... sí, cla...claro aquí tiene. - dijo la mujer sacando la caja y la receta del bolso atropelladamente.

- Tranquila, hay tiempo. - Comentó el practicante sonriendo.

Susana se puso roja.

- Por cierto, me llamo Leonardo... ¿nos conocemos?

- Eh... 

- Tu vives en el tercero o cuarto de...

       El hombre dio los datos y la paciente se sorprendió, claro, ahora caía, era el nuevo vecino que había llegado no hace ni una semana, lógico que no le hubiese reconocido... sin embargo, el sí que la había "fichado".

- Veo que son tres inyecciones en el trasero. Hoy la primera... oye, si te supone mucho venir hasta aquí no me importa inyectarte en casa... bueno, si tu quieres.

- o..ok.. lo pienso y...

- Vale. Bueno, vamos a lo que vamos. El pinchazo de hoy toca aquí. ¿Sobre la camilla o de pie?

- De pie... creo -

- Chica valiente, ok, apóyate en la mesa y si eso vete subiéndote la falda.

      Un minuto después, el hombre frotó la nalga izquierda de la paciente con el algodón y clavó la aguja con destreza.

- Bien, ya está. - dijo al acabar.

Susana se subió las bragas y dejó caer la falda. 

- Entonces... mañana podría venir a casa...

- Sí claro. ¿A las ocho te viene bien?

- Sí, a las ocho perfecto. Mil gracias.


****************

       De vuelta en casa la mujer se quitó los zapatos y se dejó caer boca abajo en la cama. En su cabeza Leonardo... el detalle de que se había fijado en ella estaba ahí. Por un momento pensó en cómo sería besar a su vecino. Ya le había enseñado el culo y mañana se lo enseñaría otra vez en la intimidad de su hogar. Solo pensarlo estaba excitándola. El glúteo palpitaba recordándole el pinchazo mientras notaba un cosquilleo en sus partes... lo único que estropeaba el momento eran los gases acumulados en la tripa. Pero eso tenía remedio, estaba sola, así que se tiró el primer pedo de la tarde... el segundo vino después aliviándola, para entonces ya había deslizado su mano por debajo de la falda, tocándose, gimiendo.

********************

      Cuando el timbre de la puerta sonó al día siguiente, Susana ya tenía todo pensado. Recibió a Leonardo en ropa de andar por casa, con aspecto informal, pero en absoluto carente de atractivo. Se echó colonia de fiesta y no descuidó el maquillaje. 

- Pasa, pasa. Gracias por venir. ¿Quieres tomar algo?

El hombre vestía pantalón de traje, aunque no llevaba corbata.

- Gracias, está bien así.

Susana le llevó hasta su habitación y acordaron que la pincharía sobre la cama.

    A pesar de la excitación, ver la jeringuilla llena de líquido la devolvió a la dolorosa realidad. Se bajó los pantalones y las bragas de un tirón y, mansamente, se acostó sobre la cama, apoyando la cabeza de lado, siguiendo con ojos de miedo los preparativos.

- Bonito culete... pero un poco tenso. Relájate. - dijo el hombre acompañando las palabras con un tímido azote.

Luego llegó el picotazo y el sordo dolor en la nalga a medida que penetraba el líquido.

- Listo. - dijo acariciando distraído la cabeza de Susana.

- Perdón... yo - 

- No, no, está bien... me gusta que me acaricies. - dijo la paciente ruborizándose mientras cubría su desnudez y se reincorporaba.

- Hasta mañana. - dijo ella.

Él se acercó y le dio un beso en la mejilla.

- Adiós guapa.

********************

        El tercer día, a la hora acordada, el timbre sonó. Susana repitió vestuario mientras que Leonardo se presentó con ropa informal, camiseta, vaqueros y zapatillas de andar por casa.

- Perdón por el atuendo, estaba en casa y bueno...

- No, no, es perfecto, aquí estás en tu casa también.

- Por cierto... hoy estás muy guapa.

- ¿Ayer no?

- Sí, también... pero hoy especialmente. ¿Vamos a la habitación?

      Una vez dentro de la habitación se hizo el silencio. Susana cerró la puerta de la habitación, miró a los ojos a Leonardo y ruborizándose, con voz sensual, dijo.

- ¿Me desnudo para la sesión? -

- Ven aquí y enséñame el culo - dijo el practicante.

Ella se acercó y dándole la espalda, se bajó los pantalones.

Leonardo la observó durante unos segundos, le tocó las nalgas y le susurró en el oído.

- Estas tensa... necesitas relajarte.

Y entonces se besaron en la boca.

- Vamos a la cama.

- ¿Y la inyección? -

- Después...

      Y los dos, abrazados, se dejaron caer sobre el colchón. Allí intercambiaron caricias y mucho más.

      Un rato después, Susana permanecía tumbada de lado, observando como su amante, en cueros, preparaba la inyección.


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