Me llamo Marta y me gustan los azotes

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     Me llamo Marta, tengo 45 años y me gusta que mi chico me pegue en el culo. Al principio costó convencerle, me decía que era un pecado dañar un trasero tan bonito. Era su manera romántica de ocultar su temor a que todo aquel juego pudiese hacerme daño o humillarme.

    La situación cambió un día en el que me calentó las nalgas en serio. Me había reñido por conducir el coche demasiado rápido. Ese día estaba enfadado de verdad y me llevé un buen rapapolvo verbal. Estaba tan cabreado conmigo que pensé que me iba a cruzar la cara, pero no, no recibí ningún tortazo. Mi chico es enemigo de la violencia y me quiere de verdad.

    Verle así, tan preocupado por mí, era muy hermoso. Quería besarle con pasión y darle las gracias con todo mi cuerpo... pero el horno no estaba para bollos. Aun así, egoístamente, decidí bajarme los pantalones y ofrecerle mi culo. Creo que dije algo como que me azotara, que me lo merecía, y el respondió que esto no era un juego. El caso es que fuese un juego o no, mi culo le excitó y se quitó el cinturón. "¿Es esto lo que quieres?" me espetó y yo asentí.

    Lo siguiente fue el latigazo con el cuero, escocía, dolía y sin embargo ese calor me encendía por dentro. Bastaron diez golpes para que me mojase y empezase a gemir. Pero mi chico no paró la zurra y me dio diez más. Luego dejó el cinturón y excitado por mi reacción se bajó los pantalones y liberó el pene que, duro, palpitaba listo para entrar en acción. Me desnudé del todo y me tumbé boca abajo sobre el sofá, el metió sus dedos en mi sexo encontrándolo empapado y después de besarme en la boca con pasión, me penetró por detrás. 

      Sus huevos chocaban contra mis castigados glúteos y el escozor se mezclaba con esa electricidad que recorría todo mi cuerpo. Me corrí al tiempo que mi chico regaba mis coloradas nalgas con su semen. Luego, como penitencia, metí mi cara entre las nalgas de su culo y le lamí el ano. El dejó escapar un pedo que me hizo toser. No se lo tuve en cuenta, era su manera de castigarme con algo que, en principio, no tendría que darme placer.

     Y la verdad es que el olor de una ventosidad no es para nada agradable... al menos no lo es para mí. Pero... y si él también tenía algún fetiche inconfesable. Y si es uno de esos o esas a los que le gusta oír el sonido de la orina, o el aire escapando tras la puerta de un cuarto de baño. Y si por respeto a lo que yo pueda pensar no quisiera confesarlo y aquel día, simplemente, como muestra del enfado que le produzco que pusiera mi vida en peligro, había desnudado ante mí sus más íntimos deseos sexuales.

   Hoy es martes y he metido la pata en la oficina. Por suerte nadie se ha enterado de que he sido yo. Me siento culpable y necesito que alguien me de unos azotes por lo que he hecho. Mi chico llegará en unos minutos. Le he mandado un mensaje y me ha respondido que me ponga el sujetador y el tanga de color verde y prepare el cepillo. Me ha dicho que me va a tumbar sobre sus rodillas y me va a poner el culo como un tomate. Estoy nerviosa y excitada a un tiempo. Mejor voy a mear, aunque casi no tengo ganas. No quiero tener un accidente y hacerme pis mientras me atiza con el cepillo. Aunque quizás, solo quizás, eso es lo que le gusta. Dudo.


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