Sueño 10/10/21

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La cosa venía de antes. Yo estaba de invitado en una fiesta diurna realizada sobre espacios urbanos de estudiantes avanzados de arquitectura, o de medicina, o de las dos. Sonaban músicas, risas y gritos, pero se notaba que detrás de todo esa algarabía había una cierta organización, un protocolo. Yo estaba bien vestido, representando la vieja escuela, y me sentía cómodo con eso. Una campera de jean y un pantalón beige con bolsillos a los costados, y llevaba mis zapatillas Nike viejas que me quedaban dos talles y medio más grandes. Recorría el lugar con las manos en los bolsillos observándolo todo, disimulando el hecho de sentirme observado. Después de todo, yo despedía una sensación de desconfianza o amenaza para ellos. Así lo entendía y eso estaba bien. Como fuere, yo había ido en mi moto. No la había dejado encadenada porque el lugar, esa fiesta, ese poblado urbano de actividades y códigos, parecía seguro. Sin embargo, yo bien sabía que algún drogado podía dañarla. Ese sentimiento de preocupación por la moto me acompaño todo el tiempo. Recuerdo que agradaba a las mujeres, pero para ello debía evitar mirarlas. A cuanto menos las miraba, más les agradaba. Mirarlas perdería el encanto, aunque no si sabías cómo hacerlo. Yo sabía cómo hacerlo. Era la amenaza, el extraño, y una cierta sombra recorría mis pasos. 
Por alguna razón, me relacioné con un joven embriagado de pantalón negro y buzo rojo en una habitación desde donde parecía ser de noche. Unas luces rojas tenues alumbraban desde algún lugar el vértice derecho de las paredes y el techo. En un momento, terminé en el piso. Nuevamente pensé en la moto, en esa moto que tanto quiero. Pero al menos estaba socializando con alguien. Sin embargo, cuando fui a levantarme del suelo, el joven de pantalón negro inició un baile con su pelvis que pasó cerca de mi cara. Ese acto, claramente, había sido a drede de su parte, cosa que me disgustó bastante. Sin embargo, el hecho no era demostrable. En ese momento me transporté a un recuerdo de Rogelio. Rogelio, cuando era chico, había sido humillado por un amigo. Estando en el piso embriagado y sonriendo, su amigo le escupió la cara frente a las risas de todos, varias veces. Rogelio, pasmado, comenzó a llorar, borracho, en el piso, ahora escupido por todo aquel que pasara a su lado. Eso había sido un acto de traición mediante la humillación. Yo, que ahora veía la escena desde abajo, aun sin levantarme, me tomé la libertad de considerar mi manera de actuar. El joven de pantalón negro sonreía con cierta complicidad. El hecho era despreciable pero yo no sentía el impulso verdadero de la ofenza. Aun así, un líquido bizcoso se había revuelto en mí. Seguramente terminaríamos peleando, y el hecho es que simplemente iba a destrozarlo, de modo que aquello no representaba un medio apropiado para satisfacer mi venganza. Sin embargo lo iba a hacer.
Es entonces que aparece este nuevo sujeto, el verdadero traidor de Rogelio. Flaco, alto y de piel oscura, cabeza chica y pelo muy corto, al verme en el suelo de la pista mientras el joven del pantalón negro pasaba su pelvis cerca de mi cara, dedujo que mis intenciones eran otras y, con extremo descaro y odio, sacó su pene erecto, igual de moreno que su rostro, y con una sonrisa de desprecio lo acercó a mi cara, bailando. El pene era realmente grande, pero no tan grueso. Era como él en versión pene. Sentí una humillación inmediata, demostrable, pero nuevamente mi reacción demoró en aparecer. Lo miré a la cara, y en sus ojos había algo de perverción y homosexualidad reprimida, pero más que nada deseo de poder, de ese poder que puede manifestarse de una clase de persona a otra clase de persona. Mi asombro, sin embargo, comenzó a mermar. Yo no había dejado de leer la situación. Ya no me preocupé por la moto. Golpeé su enorme pene hacia la izquierda pero el golpe no fue tan fuerte como quería. Había sido más bien un cachetazo, un cachetazo con un poco de acompañamiento. ¿Quería tocarle el pene? Bueno, aquello no se trababa acerca del pene. Recuerdo que me puse de pie y conmigo esa sustancia bizcosa. Él seguía sonriendo y creyendo su poder de clase, pero yo fui directo hacia él, de cara a la muerte. Mis ojos eran los instrumentos que liberaban el peso, inyectos en esa bizcosidad ácida. Aquello era lo que yo quería. Cruzamos palabras, más que oscuras, en la oscuridad. Allí no habría golpes con los puños. Yo soy el diablo, me dijo. Vos sos un pedazo de mierda, le contesté e, imponiéndome sobre él, siendo algo que nunca antes había sido, dije:.                 
Luego de haber destruído a aquel sujeto, el cual quedó sentado sobre una silla, cabizbajo y apoyando los codos sobre las rodillas, mis preocupaciones pasaron a ser otras. Ese sujeto, obviamente, tenía amigos y amigas. Era un sujeto conocido, quizás hasta uno de los organizadores de la fiesta. Mi moto corría grave peligro. Sabía que contaba con algunos minutos para salir de allí antes de que el sujeto hablara, y era evidente que el joven del pantalón negro ya no bailaba. 

Recuerdos posteriores dispersos: 
Mi perro estaba allí, luego se perdió. Luego resultó que el perro nunca había estado allí. Luego hubo una serie de persecusiones. Creo haberme encontrado con algunos imbéciles más. Habría podido con todos ellos. Estaba dispuesto a matar, de ser necesario. Encontré la moto. 

Reflexiones: 
¿Hasta dónde se puede defender el honor? El límite honorable sería la muerte. Pero, ¿qué hay acerca de la tortura? Es un ascto deshonroso, y bajo ese contexto el honor pierde todo sentido. Es imposible ordenar jugar así como es imposible corromper el honor mediante la torura. Más honor a cuanto más piensas en la muerte, porque a cuanto más piensas en ella más te acercas a ella, y una vida honorable requiere de una muerte honorable. Mas no a la tortura. La tortura, supongo, será de mis nuevos sueños. No digo pesadillas porque el sueño puede variar dependiendo de nuestras acciones sobre él, no necesariamente de forma lúcida. En este sueño, yo opté el camino honroso, pero olvidé el resto de la historia, quizás el capítulo de la tortura, de la tortura inevitable. Es importante saber que no siempre el camino honroso es el mejor. Esto último tiene que ver con la emocionalidad de las ideas.  
    


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