Alquiler: Dinero o Azotes

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El reloj marcaba las seis de la tarde. Marta, a punto de cumplir veinticuatro primaveras, bajita, regordeta, de rostro agradable, larga melena y bonitos y grandes ojos negros, sopesaba la oferta que su vecino y casero Juanjo le hizo hace una semana.

Para más señas, el señor Juanjo era un tipo alto y elegante que rondaría los cincuenta. 

Tenía que aceptarla, por muy descabellada... no, esa no era la palabra. Era extraño que una chica como ella, que había leído tantas novelas, no encontrase un adjetivo. Quizás fuesen los nervios y aun así, tenía que dar con ella, aunque eso no cambiase nada... "inapropiada", sí, ese era el término que describía la propuesta.

El caso era sencillo de explicar. No tenía dinero para pagar el alquiler. Había incurrido en gastos confiando en la nómina, pero la habían despedido por conducta improcedente. Juanjo se lo había tomado de forma personal y se había mostrado inflexible, como si le hubiese molestado el comportamiento de la joven. 

- Marta, tienes que pagarme y si no lo haces, tendrás que dejar el piso.

- Pero, es, es solo un mes... le prometo que le pagaré pronto.

- No prometas... pero si quieres, sí, te voy a proponer dos alternativas... y te doy una semana para que lo pienses, hasta el martes a las siete.

La chica levantó los ojos con esperanza y aguardó a que su casero reanudara la conversación.

- La primera, obviamente, es pagarme, eso solucionaría el problema. ¿Quizás lo puedes hablar con tus padres?

- ¿Mis padres? ni de coña, eso sería reconocer mi fracaso y...

- Está bien, está bien. La otra posibilidad es el castigo corporal... resumiendo, y esto no es negociable, el martes a la hora acordada vienes con el dinero o con el trasero preparado para recibir una azotaina... no, no te pongas roja... es esto o buscar otro piso.

La semana había pasado rápido y a menos de una hora de la cita lo único que estaba claro era que no tenía ni la pasta ni la intención de dejar el piso o lo que era lo mismo, volver a casa con sus padres y contarles una historia desastrosa.

Lo único sensato era ponerse ropa cómoda, vaqueros, camiseta y... bragas limpias... Las mariposas revoloteaban en su estómago, pero tenía que vestirse o llegaría tarde... y cabrear a su casero no parecía una buena idea.

************

- Bienvenida Marta. - anunció Juanjo abriendo la puerta.

Cuando su anfitrión cerró la puerta la chica aclaró su voz y habló.

- Buenas tardes. No tengo el dinero y no tengo intención de dejar el piso, vengo a recibir el castigo corporal.

- Esta bien, ¿quieres tomar algo antes, ir al baño?

- No, gracias.

- Ok. Sabes Marta, lo que más admiro es la valentía... a lo largo de la historia el castigo corporal ha estado muy presente, en la educación y, por supuesto, en el ámbito penal. ¿Sabías que en China los azotes en el culo, espalda o muslos era una práctica habitual? Hombres y mujeres acostados boca abajo, sujetos por brazos y piernas... un tipo desnudaba sus espalda o sus nalgas y otro, provisto con un largo y plano palo de madera golpeaba las carnes expuestas... Desde luego no era una experiencia agradable para el castigado... además, no había consentimiento... y el castigo era muy cruel... pero literariamente, o en películas, admito que la mezcla tiene un toque sensual... o al menos, no deja indiferente.

Marta permanecía en silencio, sentada, jugando nerviosa con sus manos.

- Sabes, para mí una azotaina tiene que ser algo humillante y... sí, lamentablemente tiene que escocer un poco... ¿Es un castigo verdad? Así que antes de empezar te cuento... la idea es que te bajes pantalones y bragas, te tumbes sobre mi regazo y te "caliente" el culo con un cepillo de madera. ¿Estás de acuerdo?

- Con el culo al aire...

- Sí, con el culo al aire. ¿De acuerdo?

- Sí, acepto. - dijo Marta tragando saliva.

Luego todo sucedió como en un sueño muy vívido. La chica se levantó de su asiento, Juanjo se acercó a ella, le desabrochó los pantalones y bajó las bragas dejando a la vista el trasero de la inquilina. 

A continuación, el hombre tomo asiento en el sillón y la mujer se recostó sobre el regazo de su casero, notando su crecida entrepierna. La primera tanda de nalgadas con la mano, a modo de calentamiento, no tardaron en llegar, haciendo bailar los "cachetes" de forma deliciosa.  Luego vinieron los contundentes azotes con el cepillo. Marta notaba el escozor y la excitación a un tiempo, la primera sensación le hizo derramar alguna lágrima, lo segundo hizo, para su vergüenza, que el líquido fluyese entre sus piernas. Juanjo también estaba excitado, su erección imposible de disimular.

Cuando acabó el correctivo, sentó a Marta en sus rodillas, la cara de la joven casi tan roja como sus nalgas. La abrazó y ella, sin poder contenerse, le besó en los labios. Su casero devolvió el beso.

- ¿Te echo crema en el culo? 

- Vale. - respondió la joven tumbándose boca abajo y abandonándose a los tocamientos.

Juanjo untó el generoso trasero con cremita. Sus dedos perdiéndose por la raja, acariciando el húmedo y expuesto sexo de la inquilina.

Marta gimió.

Fin.


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