Memorias de Tito Flaco (Humor, 7 minutos)

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Hola, me llamo Tito, aunque todos en casa me llaman Tito Flaco y soy el primogénito que más se hizo esperar en todo el barrio Viejo.

Si estoy aquí contando mi historia se lo debo al rasgo más distintivo de papá: su firme e inamovible obsesión de preservar el linaje familiar. Otro hubiera desistido de traerme a este mundo, pero papá no. Él quiso tener un varón y lo tuvo. Para papá mantener viva una estirpe que creía tan antigua como las pirámides era el leitmotiv de su vida. El apellido Mostafa Abo de Vacahermosa pendía de un hilo, y él era el único que por aquel entonces podía perpetuarlo.

—La responsabilidad es una carga de la que no se puede huir, porque por mucho que corras de ella, ella siempre gana la carrera. Y que sepas hijo que algún día serás tú, mi heredero, quien sostenga a esta familia y lo que nuestro apellido representa —me solía decir el bueno de papá siempre que me tenía que decir algo.

Pero para que yo apareciera en escena y me arrancaran de la placidez del firmamento tuvieron que suceder muchas cosas. Y entre ellas, que nacieran primero mis nueve hermanitas. Fueron años de ilusión-decepción que papá afrontó con entereza y sin ningún ánimo de rendición. Tras cada nacimiento no perdía la esperanza de que el próximo fuera su primogénito y para ello se empleaba a fondo. Y he de decir que no perdía oportunidad. Al acostarse, al levantarse para hacer un pis, o incluso en sus ratitos de siesta, papá buscaba con el deseo propio de un adolescente a su santa esposa.

Con los años tanta obcecación empezó a inquietar a mamá que no entendía el empecinamiento en perpetuar un apellido que le sonaba ridículo. Ella era más de García o López —apellidos cortos, fáciles de pronunciar y no por ello menos nobles— pero papá no. Aunque estaba segura que si fuera papá quien pariese otro gallo cantaría. En esos pensamientos estaba mientras rumiaba su desgracia con cada una de las gemelas colgada de un pecho. Necesitaba un milagro que no venía. Tenía que pasar a la acción y no dejar su futuro al caprichoso azar de los genes.  Así que al tener conocimiento que su octava hija era niña niña, no se le ocurrió mejor solución que llamarla Luisito.  Incluso le dibujo un pitín bajo el ombligo, con el doble objeto de dar un varón a papá y al tiempo contener sus ataques de bravura, que no cesaban y tenían a mamá en un sinvivir. Y por unos meses lo consiguió, hasta que papá descubrió el engaño:

­          —Por qué Margarita, por qué… ¡Cómo has llegado a esto! —clamaba de dolor por la pérdida del hijo que creyó tener y nunca tuvo. Pero lejos de claudicar llamó al orden a su amada y le prometió, no se sabe con qué criterio, que esa misma noche y no otra concebirían a un verdadero primogénito.

Fue entonces cuando el abuelo, Mostafa Abo XVIII, ­—viendo que el asunto empezaba a despendolarse y que su soleada habitación corría el riesgo de ser compartida por un aluvión incesante de princesitas­— decidió tomar cartas en el asunto y recurrir a una solución de emergencia: Min, el dios lunar de la fertilidad.

—Min —le dijo a mamá con tono monacal —, llega a donde el hombre no puede. Dios de la fertilidad, divinidad de la vegetación y de la lluvia, que mis antiguos representan asociado a la imagen de una lechuga, nunca falla. Solo debes invocarle en el momento de la concepción y él se ocupará de que las cosas sean como deben ser. Y el niño que nazca, varón será” —concluyó, al tiempo que con la boca abierta se quedaba dormido.

Aunque mamá era reacia a meter a terceros en asuntos de cama —salvo en sus fantasías­—, decidió hacer caso al consejo del abuelo. Y para asegurarse de que el dios Min la escuchase, consideró oportuno gritar su nombre en el mismo instante en el que papá, de rodillas tras ella, también gritaba el suyo: ¡Marga, ¡Marga, Margarriiiii…ta! Y así los nombres de Min y Marga-Margariiiita, se fundieron en uno solo que voló por el cosmos con un solo propósito: encontrarme. Y cansado de pertenecer al mundo de las estrellas, decidí nacer y unirme a aquella extraña familia. Lástima que las cosas no fueran exactamente como me las imaginé

Min, a la postre, resultó ser tan certero como el abuelo predijo. Y nueve meses después ahí estaba yo, a unas contracciones de conocer el rostro contraído y sudoroso de mamá. Aunque todos preveían un parto breve, casi un trámite para las preparadas caderas de mamá, me hice esperar. Y es que cinco kilos de carne sonrosada no se sueltan, así como así. Fueron necesarias dos noches de apretones continuos hasta que se pudo escuchar mi primer llanto. Un llanto cansino, pesado, insufrible, que no parecía tener fin y que únicamente se saciaba con leche materna.

Ciertamente es complicado llorar cuando se tiene una teta metida en la boca. Así que mamá viendo los resultados decidió no retirarla y dejarla ahí de continuo, es decir, todo todo el rato. Para mi alegría era una teta hermosa, grande, versada en el arte de cebar criaturas. Con semejante elixir crecí rápido hasta cumplir los nueve años. Momento en que mamá, tal vez por hastío, tal vez porque mi incipiente bigote le cosquilleaba la piel, estimó había llegado el momento de que prescindiera de su pecho. Lo que hizo al descuido y a traición, aprovechando un pequeño bostezo.

Papá cuando se enteró de la noticia se alegró sobremanera. Después de tantos años podía disponer otra vez de mamá al completo, con todas sus bondades y sin competencia. Y por otro lado entendió que había llegado el momento de iniciar a su heredero en sus responsabilidades que no admitían más demora. Así que sin dudarlo instó a la familia a poner un cubierto más en la mesa. La decisión era irreversible. A partir de ahora el primogénito debería ocupar el lugar que le correspondía.

La teta era pasada, ahora compartiría cazuela.  Volvieron entonces los lloros y un desasosiego que calaba el alma, pero papá, firme de convicciones, no cedió. Y no será que se lo puse fácil. Vivía en un desafío continuo que de poco me sirvió. Primero amenacé con no volver a hacer pis, pero al tener problemas de vejiga aguanté poco en ese envite. También me negué a ir a la iglesia, sin ser entonces consciente de que mi papá era politeísta, y que su gusto por los dioses era tan variado como con las mujeres. Incluso renuncié a la vida, pero la juventud es bastante reacia a morirse. ¡Maldita sea!, tanto esfuerzo para nada.

Mi mundo había cambiado y no podía hacer nada. La resistencia no era una alternativa. Debía asimilarlo más pronto que tarde. La lactancia quedaba tan lejana... Un nuevo mundo de experiencias y sabores se me presentaba, por lo que aprovechando que la mesa familiar estaba preparada y el cabrito recién servido y humeante, me decanté por iniciarme en ese mismo momento. Y, a decir verdad, me gustó.

Tras esa primera comida llegaron otras muchas, aunque por misterio divino no me engordaban. Mi metabolismo se negaba a digerir todo aquello que no brotará del pecho de mamá. Según comía lo evacuaba tal cual. Por lo que en los siguientes años al destete empecé a perder peso hasta quedarme como un tasajo. Y así, hecho un suspiro, llegué sin quererlo a la adolescencia.

Fue ésta una época especialmente complicada, de sofocos que no comprendía y que me tenían encendido. Una pequeña llamita se había instalado de repente en mi interior y no podía controlarla. Era ver o pensar en Lupita, mi vecina de arriba, y mi organismo se despendolaba. La sangre se me concentraba en el bajo vientre, el cerebro me dejaba de oxigenar y la boca se me quedaba entreabierta, en una especie de estado de estupidez semipermanente que me acompañaba diez o doce horas al día.

Mamá, que lo sabía y veía todo, no tardó mucho en darse cuenta de mi trastorno y en seguida reconoció los síntomas. Afligida me contó que este mal también lo había padecido papá. Por lo visto se debía a una mutación transmitida de antiguo y que provocaba un desarrollo inusual de los testículos. Para mi sorpresa no todo el mundo tenía los huevos del tamaño de berenjenas. Este era nuestro don, pero también nuestro castigo.

—Tienes que aprender a controlarlos para que ellos no te controlen a ti. Si te ganan la batalla tu entendimiento se nublará y se te quedará por siempre la cara de gilipollas que tiene tu padre.

Sin comprender aún la magnitud de las palabras de mamá la seguí escuchando con la boca entreabierta.

—A papá los síntomas se le presentaron de bien chiquito. A los once años le sobrevino el primer ataque. Fue un espanto. En su caso le dio por aullar y correr sin calzones tras todas las mozas de la calle Ancha, que huían despavoridas por la bravura de sus embestidas.  Fue una época de bochorno continuo para su familia, que por fortuna tuvo a bien terminar. Tras dos años de enajenación y tratamientos de todo tipo, el doctor Melquiades dio con la solución.  Un simple inhalador de mentol con unas briznas de bangue de la india mitigaron sus arranques falderos. A partir de ese día, como bien sabes, el inhalador nunca se ha separado de papá.

Sí, ese inhalador mentolado era su tesoro más preciado. Siempre lo portaba a modo de pipa en el bolsillo de la camisa. Lo llevaba tuneado con gomitas blancas, rojas y negras. Los colores guardaban una secuencia que, según me contaron, representaban a la bandera de Egipto. País del que los ancestros de papá procedían y del que le gustaba contarnos historias:

—Ese es un país de hombres con cojones –decía el bueno de papá entre calada y calada de mentol—. Aquí se levantan pisitos con ladrillitos de a dos kilos, pero allí, allí, en esos desiertos de arena y fuego, fuimos capaces de levantar pirámides. Miles de bloques de piedra, colocados a brazo, que son como pisos enteros. Querido Tito, tú y yo, y nuestros hermosos huevos, proceden de esas tierras y algún día volveremos a ellas como emperadores del trono que perdimos.

Joder, encima de ser portador de un don de cojones, era emperador en el exilio. Pero eso es otra historia… J

Jam Louvier, 2022


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