Señor Lee (Humor, 5 minutos)

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El protagonista de esta historia debía su nombre a las películas de acción de los años setenta. Sus padres adoptivos, amantes de este género cinematográfico, y en especial de las películas de karate, así lo habían decidido. Fuera su primer vástago fémina o santo varón Lee le llamarían. Pero el señor Lee que nos ocupa era distinto al protagonista que aparecía en la gran pantalla.  No tenía los ojos rasgados, ni la piel ligeramente amarilla. Sus ojos eran más bien redonditos y su piel oscura, tirando a muy negra, tan negra como la puede tener cualquier habitante del Congo o provincias aledañas.

Al señor Lee sus inesperados padres le acogieron siendo él un joven de la calle y ellos unos recién jubilados, que vieron en aquel chaval el hijo que nunca tuvieron. Antes de lucir nombre tan insigne el señor Lee malvivía en las calles de una gran capital.  Vendía por aquel entonces flores que el mismo cortaba en los jardines y parques públicos donde dormía. Tenía un ojo especial para escoger aquellas que aguantaban más las inclemencias de la vida, y las trataba con especial mimo. Las flores eran su pasión, quizá porque le alejaban de los malos recuerdos, de todo aquello de lo que había huido.

Cada día, antes del amanecer, el señor Lee preparaba su pequeño carrito, y lo cargaba   exclusivamente con los ramos que creía podía vender. Ninguna flor merecía marchitarse en balde, y en eso guardaba especial celo. Siempre salía muy temprano, aprovechando la fresca para acercarse a su habitual puesto de venta. Un viejo banco, en una concurrida calle del centro de la urbe, era su destino. Allí descargaba y organizaba los ramos, y aguardaba a los clientes con una sonrisa que parecía, cual tattoo, impresa en su rostro.

Mientras preparaba su humilde puesto le gustaba hablar con sus flores, contarles su difícil viaje a europa, y en ocasiones les pedía consejo. Ellas le escuchaban pacientes, y respondían con silencios que el señor Lee había aprendido a interpretar. Ese era su don, su maravilla.

Su habitual rutina de trabajo solo variaba los días de lluvia. Él consideraba cada gota de agua una bendición, y no era extraño verle danzar bajo cada chubasco. Pero sus clientes — cosa que no entendía— rehuían de las bondades del cielo, las calles se vaciaban y, por ende, sus ventas caían. Este hecho le obligaba a completar su salario con pequeños hurtos que iban en contra de su fe y que le reportaban pesar y una desazón que intentaba mitigar mediante la oración. Así, tras cada pequeño robo el Señor Lee rezaba. Pero no lo hacía en lugar seguro sino incomprensiblemente a los pies de sus víctimas, sobre una esterilla donde se arrodillaba para agradecer la transferencia de bienes y prometer a sus víctimas, en perfecto lingala, la íntegra devolución de lo sustraído una vez se reencontrasen en el paraíso.

Dada la complejidad del lingala para ser entendido por cualquiera que no lo háblese, y desconociendo la bondad del señor Lee, las víctimas huían despavoridas al ver como aquel gigante congoleño extendía allí mismo una esterilla a modo de lecho. No sólo les dejaba sin cartera, ese demonio tan oscuro como la noche también quería arrebatarles el honor.

Bien es cierto que tampoco eran escasas las víctimas que aguardaban con resignación cristiana a que sucediese lo que tuviera que suceder y de paso confirmar, solo por curiosidad, si la tranca que portaba tan osado atracador estaba a la altura de su tamaño. Si era así, pensaban mientras se persignaban, la espera y el disgusto merecerían la pena.

Y así, entre presunciones, rezos y flores, se le escurría la juventud al señor Lee. Hasta que una calurosa mañana de verano quiso el destino que su vida se cruzara con la de unos alegres jubilados bávaros que disfrutaban de unos días de vacaciones en la urbe.

Esa mañana el señor Lee ejercía de vendedor ambulante. Ocupaba para tal fin un banco de la calle central, que había acondicionado con sencillez dados sus escasos recursos. Constaba el improvisado tenderete de varios ramos de flores que había dispuesto por colores y de un folio publicitario en el que podía leerse "Sango nini :)”. Además, para dar cierto empaque al negocio, había pegado al respaldo del banco un dibujo pintado por él mismo en el que se apreciaban dos florecillas silvestres y entre ellas, para llenar lo blanco, un busto a trazo gordo que podía pasar, en función del ángulo y la distancia de observación, por la Dama de Elche o Mazinger Z.

Mientras contemplaba su obra decidiendo si incluir o no una tercera florecilla, el señor Lee tuvo un ahogo de espíritu. Una angustia que le visitaba cada vez más asiduamente, oprimiéndole el pecho y dejándole unos posos de amargura que poco a poco iba anegando su corazón de tristeza. El señor Lee conocía el motivo, era la añoranza. Nunca había estado entre tanta gente y sin embargo se sentía extrañamente solo...

El señor Lee añoraba lo que no tenía, añoraba una familia. Y por primera vez en sus cinco años de travesía hacia un mundo mejor, derramó una lágrima. Quizá pudo haberla evitado, pero no quiso, y lloró. Fue un lloro contenido que pasó desapercibido para aquellos que lo veían como una parte más del atrezo de la ciudad.  Un decorado prescindible, en el que solo se repara para sortearlo, como se esquiva a una farola para no chocar con ella. Pero esta vez alguien se percató del brillo que emanaban sus ojos, y de la forma en que colocaba aquellos ramos de flores, y de cómo parecía hablarles.

Sí, aquella extraña pareja bávara vio algo en él. Más allá de su aspecto de chico de la calle, de su inquietante físico, o de su gastado vestuario, sintieron la presencia de un alma buena. Un alma que ocupaba el cuerpo de un niño inmenso. Un alma con la que compartir el amor que les sobraba. Y así nuestro protagonista, un congoleño que amaba las flores, terminó adoptado y rebautizado por una familia bávara... :)

Jam Louvier


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