Un regalo para Lena (suspense 6 minutos)

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Todo había transcurrido según lo planeado. Incluso llegué a casa más temprano de lo previsto. Así que antes de cruzar la puerta, me senté en la escalera del porche para rememorar cada instante de lo que había sido una noche perfecta. Estaba feliz. Cumplí con la promesa dada a mi madre adoptiva sin tener que renunciar a mis juegos. En los últimos meses había conseguido  ganarme su confianza y quería conservarla. Si alguien se merecía algo bueno de mí, esa era ella. Después de diez años de hacerle la vida un tanto complicada le debía, al menos, la posibilidad de creer. A cambio, tendría un hogar donde pasar desapercibido.

Solía pasar mucho tiempo en aquel porche, me gustaba. Me sentía protegido, pero sin estar encerrado, y además me permitía disfrutar en primera línea del aire limpio que venía de la costa. A esa hora la brisa empezaba a soplar hacía el interior enredándose en mi pelo. Era como un bálsamo reparador que mitigaba el picor de las cicatrices del pasado. Recorrí sin prisas cada una de ellas, deteniéndome en un costurón que cruzaba mi cabeza de parte a parte. Hicieron falta cincuenta grapas para cerrarla y dos meses de estancia hospitalaria para salir por mi propio pie de la habitación.  Mi última diversión casi me cuesta la vida. No contaba con que esa bestia se despertara antes de lo previsto. En un futuro tendría que afinar mi coctel de fármacos, aunque realmente tendría que afinar otras muchas cosas. Para seguir jugando debía ser más cauteloso, no dejar detalles al azar o acabaría muerto o encerrado en un psiquiátrico. Renunciar a mi esencia no era una opción que me pudiera plantear. Necesitaba cambiar, aprender a controlar los impulsos, y practicar con nuevas máscaras que me hicieran parecer un chico normal, aunque eso no lo llevaba muy bien: manejar los músculos de mi cara para acompasarlos con unos sentimientos de los que carecía  resultaba harto complicado.

Tras mi recuperación decidí aparcar durante un tiempo mis correrías nocturnas. Volví a la rutina de los estudios y empecé a valorar mi suerte. El año académico terminó sin sobresaltos reseñables, salvo el boletín de notas. Por lo visto tenía el mejor expediente académico  del instituto, y eso no estaba bien. Que me considerasen del montón era la base del personaje que quería construir para ocultarme. Destacar no era lo mejor para un psicópata como yo, debía pasar desapercibido. El próximo curso pondría especial celo en practicar con mi máscara de “no doy para más” y en suspender algún examen por mucho que me doliera. La supervivencia tenía que primar sobre mi ego.

Con semejantes notas y alguna muestra de afecto convenientemente dosificada, mamá no cabía de gozo, y se empeñó en que debía retomar la vida que correspondía a un chico de mi edad y salir de nuevo. Faltaban un par de semanas para la fiesta de graduación, y me animó para que asistiera. Estaba convencida de que me haría más bien que mal, y que era el lugar ideal para socializar y que me dejaran de ver como un bicho raro. Sólo me puso tres condiciones que cumplir: volver entero, feliz y a la hora pactada.  Y por supuesto, no más  líos ni  excusas. Ella no estaría para vigilarme, tenía una cena importante. Un posible ascenso laboral estaba en juego y llegaría tarde, sin hora prevista de vuelta. Yo sí la tenía, las doce de la noche, y cumplí.

¿Se puede pedir a un gato que no juegue con ratones?, creía que sí... El amor, o en su caso la necesidad, transforma la percepción de la realidad, aunque la realidad siga siendo tozuda. El demonio existe, pero siempre fuera de casa. Reconocer lo contrario es complicado. Y más cuando el mal tiene el aspecto de un desgarbado adolescente  de  dieciséis años y cincuenta kilos de peso,  que siempre sabe cuándo dar un beso y pedir perdón  con los ojos llorosos. Daba igual lo que me pillara haciendo, para mamá era su niñito. Un niño lleno de traumas e inseguridades. Un niño esculpido a base de palizas, que todavía tenía solución. Estaba segura de que el tiempo y el cariño me curarían. En eso, como en otras muchas cosas, se equivocaba. No se puede curar lo que no está enfermo.

Lena iba a ser mi compañera de graduación, mi chica para el baile. Cuando se lo pregunté sabía de antemano la respuesta. En cierta forma ella era muy especial, mi alma gemela, capaz de mantenerme mi verdadera mirada y sonreír. Sabía quién era, conocía mis secretos, y eso curiosamente no la alejaba, quería más de mí.

La fiesta se celebraba en el pabellón del Instituto. Entramos por separado. Ella con su grupo de amigos y yo sólo. Salvo nosotros, nadie conocía nuestra relación especial. La música nunca me ha gustado, me molesta, aun así, aparentaba seguir su ritmo, divertirme, mientras mis pensamientos estaban en otro sitio. Nos mirábamos continuamente, nos buscamos, incluso mantuvimos unas palabras cruzadas, unos gestos de complicidad que pasaron desapercibidos para el resto. Era parte de nuestro juego. Me susurró algo al oído. Después la vi salir a la hora acordada. Detrás de ella una sombra, y tras ambos, sosteniendo una tenue sonrisa, fui yo.

Mis pupilas están hechas para la noche, se abren en la oscuridad hasta captar cada uno de sus matices, cada una de las hebras que la tejen. Así que me resultó muy sencillo seguirlos en la distancia. La espalda de él, ancha, pesada, no me permitía verla a ella, que debía caminar por delante, a escasos metros de su perseguidor. Pasado el parking doblaron por una de las calles que vertían al Café Central, pero antes de llegar a él se internaron en un callejón. Les di algo de tiempo, y después seguí sus pasos hasta esconderme tras unos contenedores. Y desde allí observé.

Veía tan claramente como si la luna estuviera exclusivamente a mi servicio, iluminando sólo aquello que le pedía. Se besaban. Estaban dentro del coche de él, un descapotable con el que le gustaba seducir a sus jóvenes conquistas. Sabía quién era ese tipo. Todos creían conocerle en el Instituto, el nuevo profesor de deportes, un chico joven por el que madres e hijas suspiraban de igual manera. Yo lo escogí para el juego, una obra con tres actores en la que ninguno representaría el papel que el guion recogía.

Los hombres son extraños, el sexo les ciega literalmente, anula todos sus sentidos periféricos. Están a lo que están, el resto no existe. Así que mientras la desnudaba precipitadamente me acerqué sin dificultad hasta el coche. Mi corazón se aceleró cuando mi mirada coincidió con la de Lena, me sonreía, estaba excitada. Sus ojos, dos pozos negros tan oscuros como su alma, brillaban en espera del momento que estaba por llegar. Ella quería presenciar la muerte en primera persona, disfrutar de cada uno de sus matices: la expresión de sorpresa, la incredulidad, la angustia, la sensación máxima de poder. Era el pequeño secreto de Lena, un secreto que compartíamos desde el momento en que la conocí...

Lo habíamos planeado minuciosamente. Lena debía insinuarse, dejarse querer, poniendo las miguitas necesarias que lo guiaran ese día, a ese lugar, donde yo aguardaría como el tercer actor de nuestro teatrillo particular.

Lena, mi querida Lena, lo iba a conseguir. Desde muy pequeña había experimentado con insectos y otros animalillos. Le encantaba ver como se retorcían de la forma más grotesca, alargar el sufrimiento hasta que se quedaban inertes. Pero aquello solo era el primer escalón de una escalera que no podía ni quería evitar subir. El segundo peldaño, sabía, no tenía retorno. Una nueva frontera, una nueva vida, donde disfrutar de sus sueños. Ese iba a ser mi regalo. El regalo que esperaba mientras se dejaba manosear, besar, mordisquear, por esa asquerosa ovejita que tenía encima. Un peaje barato que pronto nos cobraríamos con creces. En unos minutos todo habría terminado...

Es curiosa la percepción del tiempo. Inventamos el reló en un intento de domarlo, de controlarlo, a través de rígidos mecanismos que solo sirven para atarnos a rutinas, de encajar nuestra vida en un corsé tejido por reglas horarias. Pero el tiempo es mucho más que una sucesión de segundos, el tiempo tiene mil aristas que se amoldan a cada situación, estirando o acortando los instantes en función de nosotros mismos, del color cambiante de nuestra alma. En esos momentos previos al final de esta historia, el tiempo discurría como una sucesión de fotografías. Podía detenerme en cualquiera de ellas para degustar cada pixel, o bien pasarlas sin más en busca de la siguiente.

La primera instantánea se centraba en Lena, en su expresión de sorpresa, de angustia, de incredulidad. No entendía que estaba pasando, la ovejita la estaba apretando el cuello cada vez con más intensidad. Le faltaba el aire, intentaba revolverse, escaparse de unas manos que llevaban la muerte impresa. Durante esos maravillosos instantes, hasta el mismo momento en que se apagó, los ojos de Lena no dejaron de gritarme, de luchar, de buscar la aguja con la que yo debía pinchar a la ovejita con mi coctel de  tumbar caballos.

"¡Hazlo, hazlo ya, a qué esperas cabronazo tarado…!”.  

En la siguiente fotografía la ovejita contemplaba a Lena después de romperle el cuello.  Podía sentir su ritmo cardiaco acelerado, la adrenalina que circulaba por sus venas, su miembro a punto de estallar... dejamos de ser dos almas para ser una sola. Entonces, nos  corrimos. Aun temblando me hice sombra para alejarme del coche. Escondido pude ver cómo la ovejita introducía el cuerpo de Lena en el maletero, cómo arrancaba el coche, cómo recomponía su rostro y afloraba una de sus máscaras: la sonrisa seductora con la que se disfrazaba cada día. La cacería había terminado.

Mientras se alejaba guardé, en el cajón secreto de mi memoria, esas instantáneas en espera de las muchas que estaban por venir, y que alimentarían mi alma sin necesidad de matar, otros lo harían por mí. Sonreí a la luna tras mirar la hora. Antes de las doce  de la noche estaría en casita descansando plácidamente, entero y muy feliz... Empezaba a valorar a mi familia y no quería decepcionarla, su hijo sería bueno para ella. Pero antes tenía que hacer una llamada a la policía. La ovejita debía pagar por su crimen.

Y así, por primera vez en mi vida, caí en la cuenta que había hecho algo bueno por mis vecinos del barrio. Esto de limpiar las calles de indeseables como yo, no era mala forma de aprovechar mi talento. Pronto tendría que buscar nuevas ovejitas descarriadas. Sería sencillo, el mundo estaba lleno de ellas, solo había que reconocerlas. Ahora tocaba seguir disfrutando de la brisa marina. Mamá pronto llegaría, y quería esperarla. Hoy se merecía un beso especial.

Jam Louvier, 2022


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