«Pánico escolar»

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A pesar de la intensa, negruzca y cuasi brumosa contaminación ambiental de mi gran ciudad pandémica pude divisar mi colegio vallado, con alarmas y cámaras de seguridad como existían en los presidios o bases militares de alta seguridad, como el Área 51. Mi madre me dijo algo sobre la pesadilla de la ortodoxia académica, llamada método tradicional o "prusiano-napoleónico". En la puerta de la escuela había padres, llevando las mascarillas mal puestas y oliendo a gel hidroalcohólico, con sus hijos y sus móviles, más atentos a estos últimos que a sus vástagos. También presencié filas indias por el avituallamiento de los damnificados por las crisis económicas, causadas por la “guerra globalizada” y la COVID-SECRET; y de pronto sonó un timbre o "arma sónica", ¡todo un horror! Mi progenitora me habló sobre las calificaciones o notas: "expresadas a menudo con crueles valores numéricos y registradas en el expediente, no militar ni carcelario, pero sí académico, donde se apuntan a veces las faltas disciplinarias del alumnado como si se tratase de los antecedentes penales". Luego me describió las clases de gimnasia: "Con los pesadísimos balones medicinales; barras laterales para realizar pruebas prácticamente en crucifixión, y el potro: auténtico martirio para muchos jóvenes. Y sin olvidar los ejercicios típicos de contorsionistas o saltimbanquis. Los profesores de educación física, con los silbatos colgando, parecían agentes de tráfico, y si vociferaban con un megáfono o altavoz —como ocurren en los campeonatos escolares—, se asemejaban a los agentes policiales que intenta mediar en un atraco bancario. Estos educadores suelen llevar cronómetro —fomentando la competitividad (récords)— del alumnado extenuado por los espasmos cardíacos. Otro tormento, es hacer el pino, una especie de Cristo invertido o tortura china".

Mi madre me revisó la mochila "austríaca" ("montañera-alpinista”, cuasi masoquista) para ver si llevaba los cuadernillos en blanco (como algunos cheques bancarios) y los decadentes libros de texto que servían para que nos dictaran las "sentencias judiciales", pues nos consideraban apuntadores o escribanos. Posteriormente vi como llegaba un autobús —diferente a los de Estados Unidos—, empleados también para trasladar a los presidiarios. Y de repente explota un petardo, y un maestro grita: "¡Quién ha sido!" Y mi mamá certeramente contesta al gritón: "¿No estará instando a la delación?" Otra mujer —que estaba con su retoño—, mencionó chistosamente: "no se extrañe ni se asuste, debiera estar acostumbrado, en Texas se permite las armas de fuego en las aulas; solamente ha sido una bienvenida pirotécnica". Al entrar en clase, una profesora nos miró y nos contó como si fueros caramelos, y nos mandó hacer una redacción sobre las vacaciones... obviamente la instructora ignoraba que muchos alumnos no veranean por la gran crisis pandémica ni sabían escribir. Cuando terminamos la escritura garabateada nos pusimos a pintar nuevamente; la profe fue mirando los dibujos como si fueran bolas de cristal —descifrando los códigos ocultos de los borrones—. Mis compis gritaban, pedían ir al servicio..., !qué locura¡ La maestra nos puso unos mapas y nos preguntó: "¿cómo se llama esta gran isla danesa"? Nadie sabía que era Groenlandia hasta que una alumna avispada voceó: "Ese territorio septentrional es el que quiere el excéntrico Donald, no el de Disney sino el expresidente de la masónica Casablanca". La "seño" se quedó petrificada debido a la sapiencia de la colegiala —al desconocer esta la gran inteligencia y las capacidades de sus pequeños pupilos—.

Luego nos mostró Gibraltar —y dijimos —: ¡Pertenece a la reina Leonor! Vaya sorpresa se llevó la novata maestra. Finalmente nos señaló la Antártida. Nos quedamos pensando. Y uno que estaba a mi lado balbuceó: "Es territorio alienígena, solo ellos y Superman pueden resistir esas temperaturas heladoras".  Me di cuenta en ese mismo instante que el conocimiento no estaba en el aula sino en los supuestos extraterrestres antárticos.

Cuando me encontraba plácidamente dormido, no en la soporífera aula sino en la cama de mi hogar paternal, sonó el desgarrador despertador. Y oí una voz: "¡Vamos al colegio!" Desvaneciéndome de mis sueños o pesadillas premonitorias. Esa misma mañana fui al colegio pensando que mis lucubraciones oníricas estarían fuera de la rutinaria realidad. Lamentablemente, un tiempo después descubrí los exámenes de desarrollo en el aula, es decir, esos en los que hay que explayarse para que los dedos se nos entumezcan mientras escribimos; pudiendo así los maestros psicoanalizarnos y calificarnos.

Mis compañeros de pupitre que reían los anticuados chistes del profesor —o quedaban boquiabiertos con sus desactualizados discursos—, sacaban mejores calificaciones. Lo peor de todo, seguían empleando las aburridísimas clases magistrales en lugar de métodos más modernos y efectivos. Siendo la repetición de curso la gran anomalía educativa, como en los másteres de cocina al ajillo.

 

Una amiga de clase, Amadarina, me hizo un monólogo sobre su antiguo y cuasi terrorífico colegio:

—Los alumnos con otras inquietudes eran recriminados, y los dóciles (sometidos al sistema), ensalzados sin subir a la tarima. Los profesores tenían el fatigoso récord mundial de mandar callar —no como en Suecia que está prohibido silenciar al alumnado—. En las clases de historia se narran las grandes batallas, matándonos de aburrimiento. Los campeones, en las revisiones de exámenes, eran los llorones, los comediantes y los protestones. Las erratas eran corregidas por rateros titulados. La enseñanza individualizada se desconocía por completo, según el director Anacleto. A los desmemoriados formadores les gusta que memoricemos (como en China), imponiéndonos la "memoria del actor", o sea, aprender rápido para olvidarlo pronto el guion. La instrucción era de lo más soporífera, y llegar pronto era más importante que descubrir las claves de la ingeniería inversa de los platillos volantes.

La educación sexual era sin tapujos; las abundantes tareas extraescolares se resolvían colectivamente, es decir, con la ayuda de la familia, de Internet, del portero automático, o a través del conserje o del loco párraco del pueblo colindante. Los estudios se eternizaban y las calificaciones a menudo eran directamente proporcionales a la distancia con la pizarra. En la escuela se educaba mediante "cuentos" —¿Cuentistas?—. Los libros de texto eran un pretexto cuestionable para ganar "adeptos" y dinero. Las variadas y descafeinadas etapas educativas no sabían a nada. Nos consideraban nativos digitales o presos numerados. Adquiríamos competencias de incompetentes, y las capacidades y el talento del alumnado eran capados. Tomábamos nota del maestro y él nos imponen su arbitraria nota. Los “maestrillos” no sabían que la empatía vendrá de la mano de la telepatía.

Los objetivos fotográficos abundan más que los educativos, y las diferentes disciplinas se implantaban con férrea disciplina. Los alumnos se atizaban con las tizas, y las modas cambiaban mientras las tallas encogían. Las mesas y sillas del recinto escolar servían para que nos tragásemos las exhortaciones sin cuchillo y sin tenedor. Lo que guardábamos en los casilleros nos encasillaba. Había poca filosofía, nula ufología... Los profes motivaban menos que la subida disparada de los precios. Cuando suspendía un colegial se le dejaba levitando. La "catequización laica" nos trataba como a catetos de poca "fe" o como a candidatos a catear, al menos ya no daban cates por desconocer el "catecismo".

En el cole aumentaban los robots y el robo de datos. Los móviles también se llamaban celulares pues modificaban nuestro enigmático ADN. Los “compis” más viciosos iban mucho al servicio, con o sin los ordenadores que nos daban órdenes. Los programas permanentes nos programaban la mente; y poder salir bien del colegio era todo un éxito (salida = "exit").

Ciertos "colegiales" provocaban disturbios en lugar de estudiar al Hombre de Vitruvio. La universidad próxima a mi escuela parecía una entidad crediticia pues la asignaturas equivalían a créditos, sus numerosas carreras universitarias fomentaban la competitividad —como en las carreras de caballos—. Los alumnos hacíamos chuletillas mientras los profes plagiadores nos "daban la brasa". Mi bisabuela me comentó que los doctorados debieran ser exclusivamente para los grandes descubridores, y que a los "graduados" se les graduaba las gafas debido a la fatiga digital. Había menos flechazos de Cupido y más pantallazos, ¡ya casi no nos mirábamos! Mi prima Lolita me susurró que en los Colegios Mayores pasaban cosas que no eran de menores

Las calificaciones de muchos alumnos eran compartidas: El que le dejó copiar, el que le dio los apuntes, el que le hizo el trabajo... La Lolita me susurró que el sacerdote Erasmo de Róterdam (icono del programa Erasmus o Orgasmus”) provocaba excitación académica. Había alumnos ”botelloneros”, “cachimberos”, “pastilleros”... La educación telemática o virtual nos desvirtuaba. Sacar un 8 sin esfuerzo era como llegar al infinito (“ocho tumbado” [∞]). Y los docentes mencionaban: “Mi materia es la que cuenta”, parecía una amenaza o un ajuste de cuentas. Los maestros disfrutaba poniendo ceros, como si se tratase de círculos viciosos o circuitos cerrados, un 1 era un “palo”; curiosamente, la unión de ambos guarismos representa la máxima nota (10). En la universidad cercana al cole, las conferencias eran interrumpidas o suspendidas por alborotadores, impidiendo el derecho de expresión y ejerciendo el de veto

La corrección no era a doble ciego sino a ciegas. El acoso escolar o mobbing se producía con o sin móvil. Muchos padecían la “paranoia del móvil”: ¿Pesar que te están grabando? Había escaso compañerismo y exceso de adulación al profesor. Una de nuestras profes de sexología comentaba que en la sociedad escatológica y/o animalizada había muchas manadas, lobos solitarios... Los alumnos exigíamos más prácticas y más cocina, y menos teoría rancia.

Mi prima Lolita decía que las Hermandades universitarias eran casi masónicas, o sea, discretas y lascivas. El profe de biología tenía sus frases grandilocuentes: «Para ser inmortal como Drácula habrá que ser inmoral». Otra de sus frases: «La cátedra académica está envuelta en el oscurantismo como las catedrales construidas por la masonería». 

La escuela provocaba secuelas, y se perdían cosas y el tiempo. El maestro de lengua inglesa nos dijo que el inglés poseía un abecedario latino, abundantes latinismo...: ¿idioma “semilatino”?

La lengua mayoritaria en clase, en Internet y en las redes sociales o “residuales” era la sucia. El profe de etimología nos asombró con esta parrafada en la pizarra: «Docente = 12 + ente, o sea, los discípulos más el ente o el E.T.». También puso en la pizarrita: «La naturaleza es doblemente sabia, con b y con v». En el aula nos comentaron que los virtuosos ya no vivían en el mundo real sino en el virtual. En una caja de lápices ponía un mensaje lapidario: «¿Dejar a muchísimos alumnos en manos de un único docente (con su libertad de cátedra, salud mental e ideario ideológico) es una gran temeridad».

Los exámenes tipo test o “quinielísticos” eran sacados de baratos crucigramas de verano; y la inteligencia artificial se mostraba muy artificiosa. La bioética no se empleaba en la escuela ni en la ciencia ni en la cirugía estética. Los planes de estudio eran obsoletos, no valían ni para pagar unos flanes o panes. Y algunos compis, mal enseñados, seguían pensando que la tierra era plana como el universo.

El temario escolar se guarda en los viejos armarios, y los test de inteligencia eran todo un insulto a la inteligencia. En el tablón de anuncios escolar apareció esta noticia: «Estudiar en pleno estío se considerará tortura, abolición de los exámenes de septiembre». Los estudiantes no íbamos a aprender sino a sacar la asignatura como sea. Los códigos de conducta eran de barras o QR; y los múltiples Días del impedían disfrutar del día. Otro de los mensajes del tablón de anuncios: «El alumno no sometido al sistema escolar es un peligro». La expresión oral del profesorado estaba muy ligada a la falta de la verdad y, a veces, de higienel fin. Al finalizar el curso se quemaban los apuntes y libros, ¿tan malos son estos escritos achicharrados? La moda carecía de modales, y hacer novillos era de cabestros, aunque para vivir grandes epopeyas había que hacer pellas. Los conocimientos innatos (como la natación), no eran potenciados. El profe de matemáticas dijo a Lolita: «El 69 es un guarismo con una sola r». El profe de historia nos mencionó que en España los exámenes no son como en la antiquísima Universidad de Oxford: anónimos o con seudónimo; y que la difunta monarca de arcas llenas Isabel Alejandra II no era inmortal, y su hijo Carlos III, un excéntrico antropólogo.

Sacábamos la lengua y mascábamos chicle con la mascarilla puesita para no ser vistos —¡qué listos!—. Algunos alumnos iban a las academias para aprender algo, como hacen los opositores. El buen viaje de fin de curso era a Benidorm, olvidando o perdiendo el tanga o bañador. Mi “compi” (la superdotada), decía que las universidades casi no convalidan pero si que te imponen costosas tasas inflacionistas, con un buen IVA. 

A los docentes les removía la conciencia, pues no sabían dónde se ubica la consciencia. Nos llevaban de excursión al Museo Nacional del Prado y al madrileño Estadio Santiago Bernabéu (joya museística y arquitectónica respectivamente).

A veces los robots sustituían eficientemente al profesorado. El enseñante más especial era el del Espacio, el cual nos comentaba que «los viajes en el tiempo no dependerán de la lluvia estelar ni del viento solar». Algo que el alumnado tenía claro era que el factor humano hace al profesor y al sistema malo. La “seño” de inglés nos dijo algo de interés: «El acento tejano es muy pronunciado, pero no lleva tilde». Al alumno diferente no se le respetaba sino que se le malinterpreta, es decir, los “niños raros” no eran protegidos como las tierras raras. En la escuela, si no tildas bien te tildan.

El profe que creía saber enseñar se engañaba, y su chismorreo perjudicaba al alumnado; y los boletines de notas se asemejan a las necrológicas. El de biológicas indicó en una ocasión: «Menos hipotenusa e ir buscando la inmortalidad de ciertas medusas». Vino un astronauta a clase, supuestamente sin haber bebido vino, y mencionó que en Marte hubo mar y mucho arte, y también profetizó que cuando una mujer presida EE. UU. ya habrá bandera en Marte u otra parte.

Se hablaba mucho del fracaso escolar y poco del fiasco profesoral. Un día que estaba aburrida apunte en la pizarra: «Balompié ⇒ traspiés ⇒ puntapiés», y «el plural de Pi (π) ≈ Pis». El baloncesto era el deporte más jugado en el aula (papelera) antes que el boxeo. Y cierto lenguaje de signos o señales permitían a los alumnos comunicarse durante los exámenes tipo test.

Había discriminación positiva hacia los minoritarios chicos y hacia los del tercer género. Mi amiga la sabionda puso en la pizarrilla: «Profesores ≠ peritos calígrafos, correcciones erróneas». Y lo más chic era ponerse un sofisticado chip.

Muchos alumnos copistas o escapistas (fugados) desconocían que la palabra España lleva tilde en la eñe. Y otros ignoraban que en la provincia de Almería estaba el único desierto del Viejo Continente —¡vaya sequía climática y de conocimientos!—.

Aprobaban los que mejor se adaptaban al método del profesorucho, y existía un contenedor donde se desechaba el contenido educativo y el obsoleto pensamiento docente. El de biológicas nos dejó boquiabiertos : «El ADN del Homo sapiens se compone de 4 especies humanas: Una de ellas es tan desconocida como el Yeti».

El de urbanismo nos dejó dos “perlitas”: «El azote de las grandes ciudades es el coche, debiera ser eléctrico o antigravitatorio para ser más ecológico», y «en la capital del reino de España, la cota edificativa es de 333 metros masónicos». El director dijo algo llamativo: «La inspección educativa no es exhaustiva». Las calificaciones eran tan aleatorias como los sorteos navideños. Un profe adivino o alucinado nos habló de las olimpíadas madrileñas de 2.036. Y pavorosamente, los fatuos pedagogos de la escuela solamente se centraban en la inteligencia lógico-matemática y la lingüístico-verbal, esta última debiera de ser por la cochina y tediosa verborrea profesoral.

 

Texto: Satírico.

Autor: Daniel E. Gómez Smith (Madrid, España). "Patólogo".


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