Días de metro (humor, 4 minutos)

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Todas las madrugadas tras dejar sonar el tercer bipbip de mi alarma de última generación, le digo entre bostezos a mi Santa que estoy hasta el moño. Seguidamente me giro, volteo la almohada, estiro el cuerpo hasta hacerlo chasquear y me vuelvo a dormir como un bendito tronco, con una secuencia cuasi perfecta de cinco respiraciones cortas, dos profundas y un ronquido que, por ser ligero, no llega a molestar.

Cinco minutos más tarde el despertador me vuelve a avisar de que soy un afortunado asalariado y que mi querida family depende de mi esfuerzo. Y yo le respondo a la fortuna rascándome a mano llena, a fin de estimular el torrente sanguíneo y mejorar, por ende, la oxigenación de un cerebro reticente a abandonar la placidez del lecho.

En esas maniobras estoy cuando en la penumbra de la habitación empiezo lentamente a vislumbrar figuritas la mar de raras. Las veo en el gotelé del techo. Claramente puedo distinguir a una joven pareja de amantes haciendo cosas imposibles y, al lado, lo que parece ser la cabeza de un toro al que le falta un cuerno. Parpadeo y en un instante la pareja ha cambiado de posición y al toro le falta ahora el cuerno contrario. ¡ALUCINANTE!

En dos minutos, espaciando los parpadeos cinco segundos entre sí, observo todas las poses del Kama Sutra... La pareja es infatigable y guarra de manual, tienen que hacérselo mirar.

Se hace tarde, es hora de levantarse, pero despacito. Una hinchazón en la entrepierna me advierte que tengo toda la sangre del cerebro concentrada ahí y no quiero marearme. Sentado en la cama espero a que el asunto se relaje y la sangre fluya a zonas más elevadas. Al tiempo tanteo el suelo con los pies en busca de mis zapatillas de osito. Las malditas se desplazan por la noche, nunca están donde las dejo. Da igual, descalzo hago menos ruido.

Vuelvo a mirar el despertador. Dispongo de cinco minutos para asearme, vestirme, desayunar y despedirme de mi santa. Dada la hora que es, soy consciente que a todo no me va a dar tiempo. Con vestirme tengo suficiente.

En el ascensor termino de abotonarme y de recolocarme unas cejas tendentes a desmelenarse. Por el pelo hace tiempo que dejé de preocuparme, aunque sigo echándolo de menos, y más en días como hoy. Hace un frío que pela. ¡Joder!, y el gorro me lo he dejado arriba. Da igual, no puedo retrasarme.

Cruzo cuatro semáforos, y recorro los mil doscientos metros de la avenida Madrid un tanto encogido, y apretando los brazos en cada arremetida del viento. La estación  del metro ya está ahí. Una bocanada de aire calentito y viciado me recibe al bajar por sus escaleras. Se acerca un tren, lo escucho. Acelero el paso y me escurro entre la multitud en busca de un asiento. Día de suerte. Poniendo el cuerpo y alargando mis últimas dos zancadas le he arrebatado el sitio a dos señoras con bolsa y a un señor bajito que casi me gana la posición.

El calorcito y el runrún del vagón hacen que me pesen los parpados. Es mejor que no me duerma. Cuando me duermo me duermo de verdad, y ya he llegado tarde tres veces al trabajo en lo que va de mes, y estamos a día diez. Como soy poco de escuchar música o leer, decido jugar para mantenerme despierto. Me divierte observar y adivinar qué se esconde detrás de las personas que me acompañan en mi trayecto diario. Al principio aprendí a distinguir de un solo golpe de vista las distintas tribus urbanas, y caí en la cuenta de mi asombrosa facilidad para ello. Ya no veía simplemente personas, sino hípster, góticos, raperos, emos, heavies, rastafaris, otakus, gamers, freakis, y empecé a preguntarme qué había detrás de esa apariencia y sus historias.

A unos metros, agarrado a uno de los múltiples asideros, alguien me mira sin tratar de ocultarlo. Siento como me escruta. ¿Quizá esté jugando conmigo? ¿Qué pensará?, aunque no creo que acierte. De primeras su estética vintage, gorro y barba, me lleva a pensar que estoy delante de un hipster, pero sus gafas me despistan. Las gafapastas las ha sustituido por una montura dorada, que le dan un brillo áureo a su cara. Qué tipo más inquietante. No deja de mirarme, y no se corta. Sin saber por qué le sonrió. Y él me responde, pero no con otra sonrisa, sino con un eructo. Y lo hace con tal virulencia que el runrún del vagón se desvanece, aunque parece que solo me he dado cuenta yo. Tiemblo. El resto de pasajeros sigue tal cual, cada uno a lo suyo. Después separa los labios, como para decirme algo, y se acomoda las gafas antes de abandonar el vagón. Me giro y miro por la ventanilla. En dos zancadas se pierde entre un chorro de personas que de forma apresurada salen en busca de su destino diario. Antes de que tren se ponga de nuevo en marcha, escucho de nuevo un sobrecogedor eructo que me eriza la piel. Menuda experiencia, me digo, antes de fijarme en una pareja otaku sobre la que empiezo a elucubrar. Aun me faltan dos paradas  para seguir jugando... :)


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