Ana y Sir Ferdinand. Una historia medieval (Primera Parte)

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            El sol caía con fuerza sobre el campo de cultivo. Ana, la hija mayor del matrimonio, de tez pálida, cabello pelirrojo y constitución delgada, sudaba profusamente mientras se agachaba una y otra vez para arrancar las hierbas que crecían entre las plantas. Su padre, de edad madura, trabajaba a su lado. Su madre, con fiebre, se había quedado en la choza, descansando en su cama, fiando su curación a un milagro.  El matasanos, un joven que sabía escribir, la había visitado hace dos días, y había convencido a la familia de que una lavativa era el mejor remedio. La paciente, en su estado de debilidad, no había ofrecido resistencia mientras la desnudaban. Luego el médico había introducido un instrumento que Ana nunca había visto por el ano.

            La familia pertenecía a una de las aldeas que rodeaban el castillo. Como casi todos allí, trabajaba para un señor feudal. Aquel día era especial y al acabar el trabajo, mientras almorzaban, padre e hija iniciaron una conversación.

- Hoy viene el nuevo señor a cobrar las tasas. - anunció el padre con voz profunda en la que se notaba un matiz de desasosiego.

- ¿Pero Sir Walter? - preguntó Ana.

- Sir Walter ha fallecido. La herida de flecha se infectó y no se ha recuperado.

         Ana miró con preocupación a su progenitor. Aquel verano la cosecha no había sido buena, apenas habían podido comprar comida y lo poco que tenían lo habían usado para pagar al curandero. La visita del nuevo señor feudal venía en el peor momento.

- Le voy a decir que no tenemos nada y que ya le pagaremos.

- ¡Hija! Sé razonable, sabes que esa opción no existe. - la reprendió su progenitor.

          La muchacha reflexionó. Su padre tenía razón, además, aunque el nuevo señor no fuese cruel, seguro que quería dejar clara su autoridad. No obstante, aun sabiendo esto, continuó insistiendo tozudamente.

- Pero padre, madre tiene que comer y recuperarse. Yo...

        Su padre le propinó un bofetón que la dejó con la mejilla colorada. Ana devolvió la mirada desafiante. Su padre era un buen hombre, que solo quería lo mejor para todos y ella estaba desafiando su autoridad. Ya desde niña, su caracter había sido impulsivo y orgulloso, y en más de una ocasión su padre y su madre le habían calentado el trasero con la vara. De mayor, había podido irse, o casarse, otras lo hacían. Pero ella no quería dejar a sus padres, sin ella, no podrían trabajar lo suficiente para vivir con dignidad. Además, los chicos de las aldeas que había conocido le parecían demasiado toscos o directamente estúpidos. Ella quería algo más, aunque no sabía muy bien el qué y sobre todo el cómo.

       La comitiva llegó a la aldea y pronto se dispusieron las mesas para llevar a cabo la recaudación. Sir Fernand, el nuevo señor, rondaba los 26 años, se le veía alto, fuerte y con una mirada de inteligencia que llamaba la atención. Todos los aldeanos sin excepción aguardaban en la plaza, observando la escena con respeto y, por qué no decirlo, temor a lo desconocido.

- Gracias por la recepción. Como sabéis, hace unos días la enfermedad se llevó a vuestro señor. Yo soy el nuevo propietario y hoy vengo ante vosotros para transmitiros dos mensajes. El primero, renovar el acuerdo que teníais.  Trabajaréis para mí y a cambio os ofrezco protección en el castillo. Os prometo justicia y que todo el que siga las reglas no ha de temer nada. El segundo, es que estoy buscando un sirviente. Tengo hombres a mi alrededor que me sirven bien, pero necesito a alguien que se ocupe de temas personales. Bien, empecemos con los pagos para ponernos al día.

         Uno de los soldados que le acompañaban sacó un listado y comenzó a leer los nombres que allí aparecían. El cuarto nombre era el del padre de Ana.

- Tenéis mujer e hija.

- Así es, mi mujer está enferma y no ha podido venir y esta es mi hija. - dijo.

- Eso es irregular, vuestra mujer debería estar aquí.

- Seguid. - dijo Sir Fernand, no quería retrasarse de manera innecesaria.

El soldado no insistió en el tema y fue directo al grano.

- Esta bien según esto debéis...

El pobre hombre palideció al oír la cantidad que ya conocía, aquello significaba dejarles sin sustento durante días.

- Señor, no podemos abonar esa cantidad, mi madre está enferma y el curandero se ha quedado con parte de.. - intervino Ana dirigiéndose directamente al nuevo dueño.

- No es asunto mío... además, como os atrevéis a negaros a pagar. No sabéis acaso que el incumplimiento del pago significa ser azotada públicamente. 

       Ana bajó la mirada. Su apuesta había salido mal y el castigo parecía inevitable.

- Soldados, prended al padre y dadle treinta latigazos.

- Señor, os lo suplico. Él no tiene la culpa si... si habéis de castigar a alguien es a mi... - dijo Ana tratando de ocultar el miedo que sentía.

Fernand la miró con cara de pocos amigos. Aquella chica era una desvergonzada, sin embargo, era atractiva y valiente o quizás al revés, el hecho es que le había impresionado.

- Tembláis... - comentó el señor observando las manos de la joven.

Ana levantó la mirada y venciendo su nerviosismo respondió.

- Estoy dispuesta.

           Los soldados la agarraron por los brazos, luego uno de ellos arrancó el vestido dejando la espalda al aire, a continuación, la ataron a un poste. El tipo que cobraba se acercó a su caballo y cogió un latigo.

Ana apretó los dientes anticipando el dolor.

- ¡Esperad! - dijo Fernand acercándose a la chica.

- Decídme, ¿querríais trabajar para mí como sirviente?

- Sí, señor. - respondió la joven con convicción.

- No creáis que servirme será fácil, os enseñaré a leer y escribir, pero estaréis completamente a mi disposición, os castigaré cuando cometáis el mínimo error y satisfaréis mis necesidades básicas cuando así lo desee. Trabajareis duro.

- Lo sé, agradezco la oportunidad que me dais, solo os ruego que tratéis con benevolencia a mi familia y... bueno

- Ya basta, llego tarde, desatadla.

La muchacha respiró con alivio. 

- No penséis que os habéis librado del castigo. - le susurró su nuevo amo al oído.

    La sesión de pagos continuó y solo hubo un incidente. Un hombre recibió veinte latigazos por no abonar la totalidad de la deuda. Ana le observó en silencio mientras se retorcía con cada azote. No se hacía muchas ilusiones, se había convertido en una esclava y su nuevo amo no dudaría en hacerla sufrir, pero aprendería a leer y escribir y... bueno, al menos saldría de aquella vida y su señor le haría. 

    Se ruborizó pensando en ello, al menos aquel tipo no era como otros pretendientes. Razonaba y podría aprender cosas.

   En el castillo, asignaron a Ana una pequeña habitación al lado de la de su señor. Luego aparecieron unas doncellas con un barreño lleno de agua e invitaron a la recién llegada a desnudarse para el baño. Después, vestida con ropas sencillas pero limpias, fue llamada a los aposentos de su señor, quien la miró con aprobación y le ofreció comida y bebida. Terminada la cena, Sir Ferdinand tomo la palabra.

- Es hora de vuestro castigo. Id a ver a la cocinera y decidla de mi parte que os de el cubo con las ramas.


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