Ana y Sir Ferdinand. Una historia medieval (Segunda Parte)

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A los pocos minutos regresó Ana con el cubo.

- Bien, levantad vuestro vestido y descubrid el culo.

La joven obedeció. Su trasero pálido quedó expuesto, a merced de su señor.

- Tenéis un culo bonito, pero bastante pálido. Creo que un poco de color le vendrá bien. Inclinaos y no os atreváis a moveros o será peor.

     Ana, con los nervios agarrando su estómago, se inclinó dejando el culo en pompa y apretó el esfínter.

     Fernand sacó una rama mojada del cubo, la agitó en el aire y luego, golpeó las nalgas de su sirvienta.

En total, la vara mordió el trasero de Ana veinte veces. Las lágrimas resbalaron por su rostro al recibir el penúltimo impacto. Los glúteos escocían.

- Está bien, podéis cubrir vuestra desnudez, espero que hayáis aprendido la lección. Mañana comenzaréis las clases para aprender a leer y escribir.

Ana era lista y aprendía con facilidad. Comía con su señor la mayoría de noches y se encargaba de que todo estuviese en orden. No obstante, y a pesar de sus esfuerzos, cometía errores y día sí y día no, sus nalgas probaban la vara. Un día se quejó.

- ¿Qué he hecho mal? Si queréis verme el culo no tenéis más que pedirlo, no hace falta que me azotéis.

- Os daré el doble por vuestra insolencia. - dijo su amo.

Terminado el castigo Fernand tomó la palabra.

- No os vistáis, venid aquí, vuestras posaderas están muy rojas y necesitareis un ungüento para calmarlas. Tumbaros sobre la cama.

       Ana hizo lo ordenado. Las ásperas manos de su señor se movían con inesperada suavidad extendiendo la crema. Luego, sin avisar, uno de sus dedos encontró la entrada a su vagina y la exploró. Ana gimió.

De vuelta en su habitación pensó en lo ocurrido y se masturbó.

     Un mes después del masaje, se celebró un banquete. Varios compañeros de armas y alguna que otra mujer acudieron a disfrutar del vino y las viandas. Avanzada la velada, los efectos del alcohol se hicieron notar, había carcajadas fuera de lugar, comentarios gruesos y mucho eructo. Incluso un tipo de prominente barriga, tuvo a bien dejar escapar alguna que otra ventosidad. Las criadas que atendían la mesa, tenían que aguantar las bromas y los tocamientos a discreción, una de las invitadas, sin modestia alguna, descubrió los pechos. Ana, fue invitada a comer. A su lado, se sentaba un hombre de largas barbas Sir Bart, amigo personal de su señor.

      Al principio todo fue bien, incluso la chica pudo participar en la conversación cuando esta derivó hacia el mundo de la poesía. Sin embargo, borracho, aquel tipo ya no se mostraba tan civilizado y se encaprichó con la doncella. Ana aguantó algunos tocamientos, pero cuando el sujeto sacó el pene y empujó su cabeza para que lo chupase, se reveló empujándole. Sir Bart montó en colera y exigió que "aquella furcia" fuese desnudada y azotada. Ana, roja de indignación, estaba asustada y miró a su señor en busca de ayuda. Sir Fernand también estaba algo borracho, sin embargo, simpatizó con la situación de la mujer y en un ataque más de celos que de caballerosidad, intervino.

- ¡Basta! Ana, id a mis aposentos y esperadme allí. 

Sir Bart protestó y exigió, pero Fernand no era de los que cambian de opinión. 

      El tiempo parecía pasar con inusitada lentitud mientras Ana esperaba la llegada de su señor. Aquel incidente era mucho más grave que otros y a buen seguro que la esperaba un castigo ejemplar. Estaba nerviosa, pero tenía que preparar una estrategia. Si algo tenía claro es que a su señor no le gustaban las medias tintas, las dudas. Diría la verdad y afrontaría lo que viniese.

       Después de lo que pareció una eternidad, la imponente figura de Fernand apareció en la estancia. Ana se levantó en señal de respeto.

- Desnúdate.

La orden era clara y no dejaba lugar a la interpretación.

Ana, dócilmente, obedeció y quedó en cueros ante su señor.

       Fernand observó el cuerpo desnudo que tenía ante él y su miembro bajo las calzas ganó en tamaño.

- ¿Qué voy a hacer con vos? Tendría que azotaros por el bochorno. Decidme que se os pasó por la cabeza.

Ana tragó saliva, pero aguantó la mirada de Fernand y respondió sin dudar.

- Vuestro amigo se propasó conmigo. Aguante que me tocase el culo y las tetas, atribuyendo el comportamiento al alcohol, pero lo de chupársela fue demasiado.

- ¿Os haríais cargo de la mía? - respondió Ferdinand pillándola por sorpresa.

Ana observó el prominente bulto en los calzones de su señor. 

- Tenéis una erección. - dijo sin pensar.

       Ferdinand dibujó una sonrisa difícil de interpretar y luego, rompiendo el encanto del momento dijo.

- Inclinaos sobre la cama.

Ana obedeció. Aquel hombre la iba a pegar de nuevo. La joven apretó el culo.

        Su señor se acercó y arrimó su cara al de ella. Cuando habló el olor a vino llegó a la nariz de la chica. 

- Relajaos. Necesito que estéis menos tensa para follaros. - susurró en su oído.

       El rubor tiñó de rojo las mejillas de la doncella y una corriente se adueñó de sus partes íntimas.

Aguardó.

        De repente notó como las manos de su señor separaban sus nalgas y la punta de un pene cálido y palpitante se abría hueco en su interior. 

La envestida, aunque esperada, la pilló por sorpresa. Dolía.

       Luego llegó un segundo y un tercer empujón y el dolor se transformó en placer. Ana gritó y se sorprendió a sí misma pidiendo más en voz alta. Su señor le dio más. El sonido de los huevos chocando con el culo se unió a una sucesión de jadeos, gemidos y palabras incomprensibles. En pleno proceso, Fernand acompañó los empujones con nalgadas a discreción. Hasta que, tras una última penetración, sacó el pene del interior de la joven y dejando caer su cuerpo sobre el de ella, eyaculó. 

      Luego puso a Ana boca arriba, se tumbó sobre ella y la beso en la boca. El sabor a alcohol no era agradable, sin embargo, cuando las lenguas se encontraron y el intercambio de saliva tuvo lugar, la combinación se convirtió en algo adictivo y Ana tuvo el primer orgasmo de su vida. En aquel momento, nada podía detenerla. 

Cuando su señor se levantó, Ana observó el miembro del que pendía un hilillo de semen. Luego miró a Fernand.

- Deseáis que me encargue de vuestro pene.

- Pero no decíais...

- Es vuestro miembro señor, yo solo tengo ojos para vos...

El caballero asintió y Ana, abriendo la boquita, introdujo la herramienta de aquel hombre y comenzó a chuparla con pasión.

Fernand apretó el culo y gimió notando las atenciones de su sirvienta.


Los meses pasaron. Si bien, alguna vez Ana tuvo que enfrentarse a la vara, en la mayoría de las ocasiones, incluso tras portarse mal, el resultado era una sesión de sexo sin tabús. Fernand aprendió a confiar en Ana que, día a día, aprendía nuevas cosas. Pronto sus opiniones empezaron a contar.

Un buen día, mientras ambos yacían desnudos sobre la cama y Ferdinand jugaba con los pezones de Ana, esta le formuló una pregunta.

- ¿Me queréis?

Ferdinand se detuvo, la miró durante un rato y luego dijo.

- ¿Querríais casaros conmigo?

- Sí. - respondió la joven.


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