Acto de fé. Parte 1

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En el año del Señor de 1678, en el remoto y brumoso reino de Valmoría, donde los poderosos ocultaban sus vicios tras crucifijos y los conventos servían tanto a Dios como a deseos inconfesables, Isabel de Montclair acababa de cumplir dieciocho años. Huérfana desde niña tras la repentina muerte de sus padres, había sido criada por su tía Eulalia con promesas de herencia y protección. Pero la avaricia corrompe el alma más deprisa que cualquier pecado. La tía, fingiendo devoción, había falsificado documentos y engañado a la inocente Isabel para firmar unos papeles que la despojaban de todo.

Ahora, un carruaje desvencijado traqueteaba por el empedrado camino empinado. La lluvia azotaba las ventanillas, y el viento aullaba entre los pinos que flanqueaban la senda. Isabel, envuelta en una capa raída, apretaba las manos sobre su regazo. Su corazón latía con una mezcla de temor y resignación. Recordaba la sonrisa ladina de su tía al despedirla, el brillo codicioso en sus ojos. ¿Era esto realmente la voluntad de Dios? El paisaje se volvía más sombrío a medida que ascendían. Al fin, coronando el cerro como una corona de piedra maldita, apareció el antiguo convento: muros oscuros y gruesos, torres almenadas, gárgolas con rostros grotescos escupiendo agua de lluvia. Parecía menos un santuario y más una fortaleza destinada a devorar almas.

El carruaje se detuvo con un crujido frente a las puertas. Isabel descendió, temblando bajo la llovizna fría. Dos figuras la esperaban bajo el arco de entrada. La primera era una mujer de unos cincuenta años, alta y severa, cuyo hábito negro de lana gruesa solo dejaba al descubierto un rostro anguloso, surcado de arrugas profundas y ojos fríos. A su lado, una joven de no más de veinte años vestía un sencillo traje negro que ocultaba sus formas, pero no la resignación en su mirada.

—Bienvenida, Isabel —dijo la mujer mayor con voz grave y autoritaria, sin calidez alguna—. Soy la hermana superiora Agnes. Esta es Clara, quien te asistirá en tu aclimatación. Sigue nuestras indicaciones en silencio.

Isabel, intimidada, apenas murmuró un saludo. El aire olía a piedra húmeda, incienso rancio y algo indefiniblemente opresivo. Siguió a las dos mujeres por pasillos estrechos y oscuros, iluminados solo por antorchas titilantes que proyectaban sombras danzantes en las paredes. El convento respiraba silencio, un silencio que aplastaba el espíritu.

Llegaron a un ala apartada. La habitación asignada era austera: dos camastros de madera con colchones de paja. Sor Clara cerró la puerta tras ellas y, por primera vez, su voz sonó casi humana.

—Dormiré aquí contigo durante estos primeros días, para que te acostumbres a las normas del convento. Soy Clara. Llevo aquí dos años.

Abrió el armario y sacó un vestido simple y áspero, de tela basta similar al suyo pero de color tierra apagado.

—Las recién llegadas solo pueden llevar este hábito marrón. Es símbolo de humildad y despojo de las vanidades del mundo. Tus ropas finas serán guardadas… o destruidas si es necesario.

Isabel, con las mejillas ardiendo, se quitó su vestido de viaje bajo la mirada atenta de Clara. Su piel pálida y delicada, acostumbrada a telas suaves, se erizó al contacto con el aire gélido. El vestido raspaba contra sus hombros y muslos. Apenas terminaba de ajustarlo cuando la hermana Agnes regresó, imponente en el umbral.

—Acompáñanos. Es hora del examen de admisión.

La guiaron por más corredores hasta una sala que parecía una enfermería. En el centro se alzaba un potro de madera rudimentario: un caballete elevado con soportes para las piernas, correas de cuero y mecanismos de poleas que recordaban más un instrumento de tortura que un aparato médico. Isabel sintió un escalofrío.

—Sube ahí —ordenó Agnes, señalando el potro.

—¿Todo esto es necesario, hermana? Solo vengo a servir al Señor… —preguntó Isabel con voz temblorosa.

No obtuvo respuesta. La empujaron suavemente pero con firmeza. Le hicieron levantar el vestido hasta la cintura, exponiendo sus piernas esbeltas y su intimidad al frío cortante de la sala. Isabel se sonrojó violentamente, intentando cerrar las rodillas.

Agnes se acercó con un balde de agua tibia. De su hábito sacó una afilada navaja de barbero, cuya hoja brilló bajo la luz tenue. Isabel tembló asustada.

—¿Qué va a hacer con eso? —balbuceó.

La mano firme y fría de Agnes se posó en su pubis.

—Debemos quitar todo el vello para verificar que estás sana, libre de impurezas y parásitos. Quédate quieta.

Con movimientos precisos comenzó a afeitar. La hoja fría raspaba la piel sensible del monte de Venus, eliminando los suaves rizos castaños uno a uno. Cada pasada dejaba la carne rosada, desnuda. Isabel mordía su labio inferior para no sollozar; lágrimas ardientes rodaban por sus mejillas. Clara sostenía el balde en silencio, sin compasión visible.

Una vez terminada la tarea, la vagina de Isabel brillaba lisa y sensible al menor roce. Agnes la hizo bajar del potro.

—Clara, ya puedes llamarlo.

A los pocos minutos, la puerta se abrió y entró un monje de mediana edad, robusto, con hábito marrón oscuro y una expresión fría en sus ojos.

Empezó examinando las orejas, le ordenó abrir la boca para inspeccionar dientes y encías, revisó sus ojos con detenimiento. Isabel se sentía como un caballo al que van a comprar, deshumanizada y humillada. Antes de que pudiera protestar, el monje le quitó el vestido marrón de un tirón seco, dejándola completamente desnuda bajo la luz mortecina. Sus manos grandes palparon su espalda, recorriendo cada vértebra de la columna con presión metódica. Luego la giró hacia él. Sus palmas apretaron y amasaron sus senos firmes y juveniles, evaluando su forma y firmeza. Los pezones rosados se endurecieron por el frío y la vergüenza. Isabel intentó cubrirse con los brazos, quejándose:

—¡No, por favor! Esto es…

—Calla y deja al hermano Anselmo hacer su trabajo —le espetó Agnes con severidad, sujetándola por los hombros.

Sin más miramientos, la subieron de nuevo al potro. El monje separó sus piernas con firmeza y, con dedos expertos, abrió sus labios vaginales, examinando la carne rosada e intacta.

—¿Has conocido varón? —preguntó con voz ronca y autoritaria.

—No, señor… —respondió Isabel tímidamente.

—¿Sangras regularmente?

—Sí, señor.

Satisfecho, el monje activó un mecanismo rudimentario en el potro. Las plataformas donde reposaban sus piernas se elevaron y acercaron hacia su torso, forzándola a una posición humillante que acercaba sus rodillas al pecho. Ahora su ano y su sexo quedaban completamente expuestos. El monje separó sus nalgas y procedió a examinarla allí también, introduciendo un dedo lubricado con algún ungüento para palpar el interior. Isabel jadeó de sorpresa, sintiendo una invasión total de su pudor más profundo. Lágrimas silenciosas corrían por su rostro mientras luchaba por no gritar.

Finalmente, el monje se incorporó, limpiándose las manos en un paño.

—Está perfecta. Sana, virgen y bien formada —declaró con tono impersonal antes de marcharse sin mirar atrás.

Agnes permitió que Isabel se vistiera de nuevo. Clara la ayudó a bajar del aparato infernal, que ahora la joven reconocía como un artilugio de dominación más que de sanación. Mientras se ajustaba el vestido marrón sobre su piel recién afeitada y aún sensible, Isabel sintió un vacío en el alma. 

Continuará…


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