La puerta de enfrente

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Entré en el ascensor  empapada y tiritando de frío; llovía a cántaros. Las puertas se abrieron en el segundo piso y me asusté al ver a un hombre sentado en el suelo.

—¿Qué hace usted aquí?

El hombre alzó la cara. Estaba sentado frente a la puerta de mi vecina.

—Olvidé las llaves —dijo.

—Será mejor que entre. Está empapado y puede pillar un resfriado. Necesita una ducha caliente y quitarse esa ropa mojada.

—No se preocupe, mi mujer no tardará en llegar.

—Olvídate de eso. No puedes quedarte ahí mojado.

El hombre se levantó del suelo y cruzó el umbral de la puerta.

—Ven conmigo —dije.

—Anda, quítate la ropa. Meteré tu ropa en la secadora.

El hombre empezó a desvestirse.

Nunca había coincidido con el vecino.

—Por cierto, soy Anna. ¿Y tú?.

—Alberto —dijo, alargando la mano—. Encantado.

Era un hombre atractivo: pelo corto y negro, gafas, barba de dos días, cuerpo atlético. Sentí un cosquilleo entre las piernas al contemplarlo. Una sonrisa escapó de mis labios.

Se quedó en bóxer. Le quedaban como una segunda piel , sentí cómo subía la temperatura.

Hacía tanto tiempo que no estaba con un hombre. Dos años, para ser exactos, desde que me separé de mi marido. Y ahora tenía a mi vecino semidesnudo en mi piso. Él no tendría más de cuarenta y dos años; edades similares, pensé. Yo tenía cuarenta.

Sentí mis pezones endurecerse bajo la tela del sujetador.

¿Qué te pasa, Anna?. Parece que no hubieras visto un hombre atractivo en bóxer...

—La verdad es que hace bastante —admití .—. Desde que me separé de mi marido, unos dos años.

Entramos los dos en el baño. Le di la espalda mientras abría el grifo de la ducha, esperando a que el agua saliera caliente. Cuando me giré para salir, Alberto me miraba embelesado, sus dos manos cubriendo apenas su erección.

—Puedes ducharte conmigo también. Al fin y al cabo, tú también te has mojado con la lluvia.
Sonreí. La verdad es que no era mala idea ducharme con él.

Me desabroché la blusa y el sujetador, dejando mis pechos al aire. Hice lo mismo con la falda y las braguitas. Recogí toda la ropa y la puse en el cesto de la ropa sucia.

Alberto tragó saliva cuando me vio desnuda.

Entré en la ducha, cogí el gel y me puse un poco en la palma de la mano. Empecé a enjabonarme los pechos despacio, sin apartar los ojos de él.

—Anna, eres muy atractiva. ¿No te lo han dicho nunca?.

Sus palabras me conmovieron, haciéndome sentir una mujer deseada de nuevo.

Me acerqué de puntillas, apoyé mis manos sobre su pecho y lo besé en la boca. Mi lengua traspasó sus labios y se enredaron en un beso apasionado.

Mientras nos besábamos, cogí sus manos y las llevé a mis muslos. Él las agarró y empezó a acariciarme, apretando y estrujando. Al sujetarme así por el culo, presionó mi vientre contra su erección. Alberto empezó a frotar su erección contra mí, despacio, deliberadamente.

Al darse cuenta de que mis pezones estaban duros, cogió mis pechos con las manos y los apretó. Chupó primero un pezón y luego el otro. Gemí.

Cogí su pene en mi mano y lo apreté suavemente. Me incliné y tomé su glande hinchado entre mis labios, saboreando su líquido prese minal. Cuanto más se lo chupaba, más rápido se movía él.

Lo miré a la cara.

—Ven conmigo.

Lo llevé hasta mi dormitorio. Nuestra piel estaba húmeda de la ducha. Lo conduje hasta la cama y lo empujé suavemente sobre ella.

Me arrodillé sobre la cama y me senté lentamente sobre su rostro. Su lengua rozó mi sexo y empezó a lamerme con deseo. Alberto manoseaba  mis nalgas con ambas manos. Me restregaba contra su boca, masturbándome  con su lengua, que no dejaba de lamer.

—Voy a correrme.

Me quité de encima, me puse entre sus piernas y acerqué mi boca a su pene erecto. Sentí el primer chorro de su leche salada bañar mi lengua y bajar por mi garganta.

Ambos quedamos exhaustos en la cama.

Alberto se acercó a ella y la acunó contra su pecho con el brazo. La lluvia aún se oía caer al otro lado de la ventana.

Pasando unos minutos me levanté de lacama  ,voy a la cocina ,cojo dos copas de vino tinto  . Unos minutos después Alberto apareció en la cocina .Cogió  la copa  que le ofrecía,y nuestros dedos  se rozaron por un instante .

-Salud -dije .

Salud.

Bebimos .El vino era suave ,con un toque afrutado.

-Que día ,eh, negando con la cabeza .-Salur del trabajo,pillar un diluvio  y olvidar las llaves .... menudo desastre .

-A veces los desastres  traen cosas buenas -respondi  mirándolo a los ojos .-Y tú mujer- pregunté con naturalidad.¿Suele tardar mucho en llegar ?.

Alberto me miró por un momento  y algo brillo en sus ojos .

María llega tarde los jueves , siempre tiene reuniones  de equipo hasta las  nueve  o así.

Eche un vistazo al reloj  de la cocina .Las seis ,aún teníamos  tres horas  para  una larga conversación.

Vamos al sofá  que estaremos  más cómodos  y si te apetece puedo preparar  algo  de cenar.

Anna ,no se cómo  agradecerte lo -dijo el siguiéndome .- De verdad eres un amor.

Me gire  para mirarlo  justo antes de sentarme . Alberto estaba de pie ,con la toalla  todavía  anudada  a su cintura ,mirándome  con una sonrisa  

-La noche acababa de empezar .

Me senté en el sofá ,y el se dejó caer a mi lado ,cerca  muy cerca .

Me susurro al oído que podíamos quedar todos los jueves .

¿Que dices ,Anna ?.

Sonreí sin querer,sintiendo  todavía el calor de sus palabras  cerca de mi oído.

Los jueves - repetí despacio.

Veremos -dije al fin , mirándolo a los ojos .

 

 


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