Noche de luna

Por la veleta
Enviado el 16/03/2014, clasificado en Adultos / eróticos
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La acariciaba en sitios que ni siquiera sabía que tenía su cuerpo, en lugares que nadie antes había deseado saborear.

Respiraba feliz y emocionada, aunque su primera impresión cuando él se desnudó fue de temor.

Lo había conocido sin esperarlo, sin desearlo, por casualidad. Como suceden las mejores cosas y la vida nos depara los mejores momentos. Una noche calurosa de principios de verano. Su presencia, lejana en ese momento, la impactó.

Ahora él se quitaba la ropa y la desnudaba sin prisa, con pasión. Como se deben degustar los mejores y mayores placeres. Y de repente su miembro asomó ante sus ojos atónitos y con una expresión de temor en su rostro exclamo: ¡eso no me va a caber!

Había quedado con un amigo que traería una pareja para ir a bailar con su amiga y ella. Las esperaban desde hacía tiempo en un bar en la playa, pero ellas se habían perdido y no lograban encontrar el lugar indicado. Cuando llegaron lo vio a la puerta del local, con su camiseta blanca y su pelo largo y descuidado. Su imagen la impactó, la dejó muda, como ahora la dejaba su cuerpo, sus manos, su boca y esa verga que sabía que la iba a penetrar sin remedio, pero que de momento, la estaba asustando.

Pasó por su lado y no lo miró, pero luego, cuando lo tuvo frente a ella, mientras apoyada en la barra sostenía su copa, aunque lejano, sus ojos no podían apartarse de sus ojos. Escuchaba las conversaciones de sus acompañantes distante, distraída. Sonreía, pero le sonreía a él, le miraba constantemente hipnotizada y le hablaba con la mirada. Pero él no la entendía, le había confesado después. No entendía esa mirada de ojos verdes penetrantes que no se fijaba en nada ni en nadie, sólo en su lejana presencia.

Ahora sus manos la rodeaban, la acariciaban. Su boca jugosa y caliente besaba su boca, su cuello, sus pechos duros y sus pezones erguidos como montañas. Poco a poco el fuego vivo y a la vez sedoso y suave, iba derritiendo las entrañas de la mujer cuyo sexo se mojaba y se mojaba. Pero su humedad no se semejaba a agua caliente, ni a ningún otro fluido que él en ese momento hubiese podido recordar, su sexo se llenaba de una lava ardiente que él no había conocido hasta entonces, una lava que deseaba le quemara y le apartara del mundo y de la realidad.

Aquel día, terminaron las copas y salieron del local. De repente ella lo había olvidado. Esperaba pasar una noche divertida bailando y bebiendo en compañía de sus amigos y ese relámpago con el “hombre de blanco” se había pasado.

Se dirigieron a otro establecimiento en el que de nuevo bebieron, charlaron largo y tendido, y la noche poco a poco deshojaba sus horas templadas, envueltas por el alcohol y las risas.

Pero en ese momento tenía su gran e imponente miembro dentro de ella y ¡vaya si le había cabido! Y ahora que no había lugar para el temor, sólo quedó sitio para el placer. Y el placer no era dulce, ¡era más! Y el deseo no era grande ¡era más! Y los besos eran enormes e infinitos y las embestidas del hombre dentro e ella eran más y más increíbles que cualquier oleada de calor. Y allí, sentada sobre sus piernas, con su imponente virilidad dentro abrasando sus entrañas, en el asiendo delantero de la furgoneta amarilla, tuvo el primer orgasmo de la noche.

Las horas de aquella noche de junio pasaban entre el placer y las risas, su mente no había vuelto a pensar en aquel hombre, cuando de repente lo sintió frente a ella. Se había acercado abriéndose paso entre la muchedumbre que bailaba y bebía, ajena a aquella historia, centrada en sus propias historias y en su propio deleite. Ahora lo tenía frente a ella, apenas unos centímetros separaban sus cuerpos y entonces él, como si tuviera todo el derecho del mundo a hablar con aquella desconocida, hizo la pregunta acertada:

-¿Porqué me mirabas tanto en el bar de la playa?

-Porque te tenía enfrente

-¿Y siempre miras así a quien tienes frente a ti?

-No

-Entonces…¿Por qué me mirabas a mí?

-Porque tú me gustas.

Y le había dicho aquellas palabras con la mayor seriedad del mundo. y se las había dicho sin imaginar que serían las primeras palabras pronunciadas en esa intimidad que ahora compartían con centenares de seres, pero que pronto darían paso a otras de muy distinto significado y que, sobre todo, les estaban abriendo la puerta a un mundo de placeres y gozo ilimitado que iban a compartir.

Cuando se dio cuenta ya estaba tendida en la parte trasera de la furgoneta, en el lecho improvisado que él había preparado. Cerró los ojos, pero no por mucho tiempo, pues ni por un minuto se perdería la imagen que tenía ante ella. Sin dejar de besar su boca, su cuello, sus pechos, su ombligo….el hombre le sujetó tiernamente los brazos a su espalda y ató sus muñecas con la camiseta que se había quitado. La inmovilidad le proporcionó una oleada de estremecimiento que recorrió todo su cuerpo desnudo. Oleada que se transformó en delirio cuando él la penetró nuevamente. Ahora fuerte, ahora despacio…con envestidas arrítmicas que era como siempre las había preferido. Al oído le susurraba palabras que llegaban a su cerebro encendiendo aun más su fuego, ese fuego de llamas recias que amenazaba con hacerla llegar al delirio y cuando la lava de sus entrañas estaba a punto de derramarse, el hombre sacó su miembro totalmente erecto, totalmente duro de su interior, y derramó todo el placer contenido en su cara. Abrió entonces la boca y acogió su eyaculación con el mayor de los deleites, lo que al hombre le causó espasmos de placer imposibles de contener, espasmos que lo hicieron proferir un inimaginable grito de placer.

-Si no fuera tan tarde te invitaría a cenar

Rieron, eran casi las cuatro de la mañana y aquella frase había sonado simpática.

El ruido de la música impedía que las primeras frases que ahora se decían llegaran con nitidez a sus oídos. El le rodeó entonces la cintura con su brazo y suavemente, la guió hacia el exterior del bar.

La noche era increíblemente hermosa. El mar al fondo le profería un agradable aroma que se adentraba en su cuerpo a través de sus sentidos. Se sentaron juntos contemplando el horizonte y poniéndose al tanto de lo más “insignificante” de sus vidas.

Juntos contemplaban la luna llena, los ojos del otro y las risas y las miradas fueron llenando aquellos minutos, que ya para siempre permanecería en sus memorias.

Solo iban a separarse por un tiempo.

Cuando volvieran a verse, su imaginación, sus cuerpos y su deseo los unirían de nuevo en escenas de placer inimaginables, en esa noche de luna.


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