El atajo de la cuesta de la cabra Parte 1

Por Claudio Hernández
Enviado el 21/03/2014, clasificado en Terror
434 visitas

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La autovía acababa en el pueblo, después de ahí solo estaba 

el mar. Por la montaña podías rodear el paraje y salir por 

cualquier dirección sin tocar el mar, hacia otras direcciones, 

y una de ellas era la cuesta de la cabra. El camino era pedregoso 

y en parte asfaltado también, pero las obras todavía no 

habían terminado. De modo que debías ir con mucho cuidado con 

la velocidad. Aunque esta última poca podía ser debido a la gran 

cantidad de curvas que existía y a que todo era una montaña a la 

que rodear en altura y después bajarla casi en picado para aparecer 

en otro pueblo sin tener que pasar por los controles de la policía 

local en la avenida principal del pueblo. 

Gale, la chica, Jim y Mack iban en el coche totalmente emborrachados 

conduciendo este último. El cántico de canciones sin 

sentido se sucedían en la parte de atrás del vehículo y Mack tatareaba 

sin orden alguno sobre el volante al tiempo que las ruedas 

del coche sesgaban por la calzada más que rodar. Bajo el control 

del alcohol todo parece como más seguro, cuando, en realidad, 

no lo es. Estás ocupando dos carriles y te crees que estás pasando 

por una ladera como un fitipaldi haciendo una proeza. 

Más adelante, en la autovía, a un extremo de la derecha, debidamente 

señalizado, había un vehículo averiado. El conductor 

estaba esperando a la grúa para que se lo llevara y estaba bien alejado 

del coche, fumándose un cigarro en mitad de la noche, fresca 

y clara. Podías ver la luna llena con toda nitidez. 

Mack apenas vislumbraba lo que eran aquellas luces si es 

que las veía con claridad a lo lejos, pero sí a medida que se acercaba. 

Su ocupada mente ahora por las alucinaciones del alcohol 

no le permitía pensar con claridad, por lo que no bajó el pie del 

acelerador. En cualquier caso, no pararía y pasaría por el lado izquierdo 

de las luces. Pero he aquí que ocurrió lo que nunca debe 

suceder y que pasa. 

El hombre del cigarrillo escuchó sonar el móvil, que estaba 

en el asiento del coche, en el lado del conductor. Miró en derredor 

y vio unas luces muy tenues bastante lejos como para pensar 

que tendría tiempo a coger el teléfono móvil. De modo que se 

arriesgó, volteando el vehículo por el lado del conductor, pero 

Mack iba a una velocidad tan excesiva que se le vino encima. 

Solo tuvo tiempo de ver que algo desaparecía bajo sus ruedas, 

primero las delanteras y después las traseras, dando un pequeño 

bote y sintió cómo algo se aplastaba tétricamente cuando 

pisó el freno. Gale y Jim fueron despedidos hacia la parte delantera 

del coche cuando el automóvil frenó del todo y, de forma muy 

brusca, pasando de ciento veinte a cero kilómetros por hora a lo 

largo de las huellas negras de los neumáticos que chirriaron a la 

vez. En la parte de atrás, un humo humeante se apercibía entre 

las luces de señalización y, más al fondo, en el medio la calzada, 

pisando la línea discontinua había un cuerpo inmóvil. 

-¡Lo he matado!- Chilló Mack terriblemente asustado. 

-¿Lo has hecho? ¿Qué era?- Inquirió Jim. 

-¡Una persona, joder! 

Gale estaba aturdida del golpe que se dio con el asiento del 

lado del conductor. Cuando finalmente volvió en sí, la borrachera 

dio paso a la lucidez como por arte de magia. 

-Tenemos que avisar a la policía– agregó Gale en un acto 

de plena bondad y obligación. 

- ¡No! Estás loca, no llevo carné de conducir, me la cargaría- 

Mack estaba muy nervioso sin soltar todavía el volante 

y con el motor encendido, rugiendo como un demonio bajo 

la luna–. Va a venir alguien y me va a pillar, incluso puede 

que la propia policía. 

De repente, aceleró y siguió la marcha para buscar la próxima 

salida y realizar un cambio de sentido. En busca de un atajo 

que lo llevara a otro pueblo sin necesidad de pasar por la autovía. 

- ¡Estás loco! ¿No ves que ahora es peor?- Gritó Jim-. Acabas 

de complicarnos la vida- advirtió dejándose caer en el 

asiento trasero-. ¿De verdad crees que no habrás dejado la 

matrícula allí mismo o incluso el parachoques entero? 

-No creo. No llevo matrícula desde hace unos tres días, ni 

parachoques. Mi hermano lo estará arreglando todavía... 

- ¡Por Dios!- Exclamó Gale-. Estupendo. Asunto resuelto. 

Dos kilómetros más abajo tomó hacia la derecha, había un 

desvió en el que podías realizar un cambio de sentido, pero Mack 

decidió tomar el atajo por debajo del puente hacia la cuesta de la 

cabra. De allí se iría hacia la zona más alta de la montaña, donde 

estaban los repetidores de televisión y desde ahí bajaría por otra 

carretera hasta otro pueblo, a unos treinta kilómetros del actual. 

Durante unos minutos reinó la incertidumbre y el silencio allí dentro. 

Mack estaba ahora más centrado en la carretera, que se 

hacía angosta y difícil por las numerosas curvas que poseía. Atrás, 

Gale y Jim estaban en silencio con ganas de vomitar por el constante 

meneo del coche. En una “zas” las cosas habían cambiado. 

De estar de vuelta de una fiesta a ser cómplices de homicidio involuntario 

con omisión de socorro, como mínimo. Si la policía 

los localizase serían carne de cañón. Y eso no le gustaba a Mack. 

Pero tampoco podía decidir sobre la vida de los demás. Así que 

detuvo el coche. En mitad de la noche. 

-Vosotros no tenéis la culpa. Quiero que os bajéis del coche 

ya, ahora mismo- ordenó Mack con el motor rugiendo. 

-No Mack, iremos contigo. No me jodas. ¿Nos vas a dejar 

aquí en mitad de la noche en la carretera o atajo más largo 

del mundo? 

-Dejad de discutir chicos. 

-Ya os he dicho que tenéis una oportunidad. Nadie tiene 

por qué saber que vosotros estáis en el coche. Os largáis y 

saldréis absueltos de varios delitos. Yo asumo la responsabilidad 

de todo. 

- ¡Ja! ¿Y por qué no te detuviste antes?- Le interrogó ahora 

Gale algo cabreada-. Ese pobre hombre o mujer está muerto 

allí atrás- paro un momento para inhalar aire y continuó-, la 

policía solo te habría culpado a ti por no llevar carné de conducir, 

pero al menos hasta cabría la posibilidad de haber salvado 

la vida de ese hombre o lo que fuera... 

-¿Quieres bajar ahora? O sigo con la marcha... 

-¡Haz lo que quieras! No nos pensamos mover de aquí 

ahora- dictaminó Jim cruzando los brazos. 

Y entonces el motor del vehículo bramó en la oscuridad y 

Mack tomó otra curva en segunda. 


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