La Ejecución

Por Héctor StoryWrite
Enviado el 28/03/2014, clasificado en Drama
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El sol salía con ímpetu por el este. Las nubes, revelaban que probablemente el día fuese lluvioso y el suelo estaba húmedo, preludio de lo anterior.

El pueblo yacía en silencio a primeras horas de la mañana. Solamente algún pastor salía a pasear con sus ovejas. Poco a poco el pueblo se fue despertando creando un murmullo que pronto se oiría por todos lados; los vecinos del pueblo también se dieron cuenta que pronto llovería, e intentaron salir lo menos posible a la fría y oscura calle. La iglesia del pueblo, un lugar lóbrego, se preparaba para un acontecimiento cerrado que tendría lugar entrada la tarde.

Pero lo que el pueblo no esperaba era un acontecimiento público que ocurriría a mediodía; y en ese momento, el hombre que lo sufriría estaba entrando en el pueblo.

Con harapos por ropa y sombrero de esparto, Agustín vestía una andrajosa camisa muy sucia y descuidada, un pantalón marrón oscuro y, por supuesto, una espada, la más bella que os podáis imaginar, una espada de perfiles desafiantes heredada de su padre con un diamante en la empuñadura, en el que se inscribía el símbolo de la familia Cruces. (esto era, lo más valioso que había tenido en toda su vida. Nada más.) Llevaba también un par de botas andrajosas y dos guantes de cuero negro…

Cuando Agustín entró en el pueblo de lo primero que se dio cuenta era de que este estaba casi desierto; sólo algunas mujeres andaban de aquí para allá comprando alimentos o lavando ropa. Agustín se dirigió a la taberna más cercana para tomarse  un trago de aguardiente, pero cuando se lo terminó se dio cuenta de que no podía pagarlo, y cuando el tabernero le quiso cobrar no se le ocurrió nada más sensato que, con un movimiento digno de un caballero, ponerle la espada al cuello. A Agustín hace unos días, (cuando su amada aún vivía) jamás se le hubiera pasado por la cabeza tan vil acción. Pero ella ya no estaba, y para el, su vida no tenía ningún sentido; caminaba de aquí para allá sin rumbo fijo, y le traía sin cuidado vivir o morir.

El tabernero en ese momento de pánico grito despavorido, y pronto toda la taberna se dio cuenta de lo que sucedía, intentando oponerse a Agustín, pero él era demasiado hábil con la espada como para que cualquiera allí presente fuera un rival digno de matar.

Más tarde, y habiendo dejado la taberna hecha un desastre, Agustín se dio cuenta de que ya no era el de antes, y las siguientes dos horas se dedicó a degollar a todo el que pasase por delante, especialmente a las mujeres, pues creyó correcto que si su amada no tuvo derecho a vivir, ninguna mujer lo tenía.

Después de toda la carnicería y en un momento de desasosiego, la guardia lo atrapó llevándolo a uno de los calabozos de la ciudad. El General supremo, sin demora alguna, no dudó en condenarle a la horca y anunció que sería un espectáculo público a las doce en punto de aquella misma mañana.

Para Agustín las horas pasaban lentamente dentro de sus cuatro paredes sin saber muy bien que le depararía el futuro, Nuevamente se acordó de su momento de locura, rabia y frustración ocurrido horas antes en las calles de aquel oscuro pueblo.

A las doce menos cinco un guardia abrió sigilosamente la celda cogió a Agustín y lo dirigió hasta la plaza, todo lo que quedaba de pueblo se concentraba allí, quieto, contemplando su ansiada venganza. En aquel preciso instante de tensión comenzó a llover, una lluvia fina, sin nada que decir o expresar.

Encaminaron a Agustín a la soga. Este se dio cuenta de que pronto se reuniría con su amada. No lo temía pero le inquietaba el más allá, o acaso sería solo un cuento transmitido por generaciones sin ningún sentido ni prueba.

Para él, el tiempo no corría, se había detenido. El pueblo estaba cada vez más impaciente y al fin, sin esperarlo, Agustín subió al taburete que le sostendría de un hilo entre dos mundos; el ejecutor se acercaba lentamente por la derecha, pero a Agustín el corazón no le palpitaba más rápido, no sudaba, no expresaba ningún síntoma de miedo o aprensión, sino que estaba relajado, sosegado e incluso contento; el momento se acercaba, y sin más, sin previo aviso, sus pies quedaron suspendidos en el aire.

Agustín se retorcía de dolor, el momento, había llegado.


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