Mi mundo antes de Denisse - Cuando el sexo viene del amor.

Por Romanov
Enviado el 26/04/2014, clasificado en Adultos / eróticos
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Despierto cuando aún es de madrugada y vienen a mi mente los acontecimientos de los últimos meses. No lo puedo negar: mi vida ha dado un vuelco muy importante que tiene nombre de mujer. Me incorporo y permanezco sentado en la orilla de la cama.

Hasta antes del vuelco, mi vida tenía un plácido discurrir. No soy rico, nunca lo he sido, pero mi trabajo me da para vivir holgadamente, sin lujos, pero sin sobresaltos. Mi esposa se mueve en la cama y abre los ojos. Me mira y pregunta si estoy bien. Le contesto afirmativamente, ella sonríe somnolienta, se vuelve de espaldas y prosigue el sueño.

Nuestra vida de casados ha sido tranquila.

Lorena fue mi compañera en la escuela elemental. Siempre fue brillante, con una personalidad fuerte, independiente. Casi todo el tiempo fuimos compañeros de banca, así que nos conocimos perfectamente y éramos los mejores amigos. Cuando los compañeros más grandes intentaban molestarme o agredirme, ahí estaba ella, poniendo la cara por mí.

Para la secundaria yo entré a un internado y dejé de verla. Cuando yo volví al pueblo ella fue a estudiar medicina a la capital del país, prolongando el tiempo sin vernos. Yo estudié el bachillerato y la universidad en un poblado vecino, ella siguió estando lejos.

Trece años después de perdernos de vista, coincidimos en la boda de uno de nuestros antiguos compañeros de escuela. Cuando nuestras miradas se cruzaron yo quedé encantado. Ya no éramos los niños que recordábamos, pero el cambio de Lorena me sorprendió.

De corta estatura, piel clara y físico menudito, ahora la encontré encantadora. Ambos estábamos recién graduados y yo tenía fama de hosco y poco sociable. Pero aquella sonrisa me desarmó por completo. Me invitó a sentarme con ella y platicamos durante las horas que duró la fiesta. Bailamos, bebimos, reímos a carcajadas y supimos lo que la vida había hecho con nostros.

Al terminar el festejo nos despedimos prometiendo buscarnos pronto.

Platicando con mi hermana al otro día, supe que Lorena tenía novio, un médico, como ella, lo cual me dolió, pero asumí que eso la ponía por completo fuera de mi alcance, así que me hice a la idea.

Pasaron tres meses y durante una visita a mi pueblo me encontré con un escándalo de dimensiones apocalípticas: Lorena había roto el compromiso con su novio un mes antes de la boda, poniendo de cabeza a medio mundo. El novio pertenecía a una familia adinerada, lo que hizo que más de una persona fuera enviada buscando convencerla de cumplir con el compromiso adquirido.

Entre divertido y preocupado, regresé a la ciudad en que estaba trabajando. A las dos de la mañana de aquel lunes tocaron a mi puerta. Refunfuñando, me levanté y fui a abrir. La sorpresa me sacudió la somnolencia. Ahí estaba, parada en medio de la noche la pequeña Lorena.

Se lanzó sobre mí en un abrazo ansioso pidiendo solamente: "déjame pasar . . . no preguntes nada, ¿se puede?".

Entramos, le ofrecí alguna bebida. Me pidió una cerveza, nos sentamos a la mesa del comedor y ella apuró la botella hasta casi vaciarla.

- ¡Cásate conmigo! - soltó sin mediar preámbulo.

- Yo encantado - le contesté en tono divertido.

Su mirada me dejó bien claro que ella no estaba bromeando.

- ¡Cásate conmigo!

- Te estás precipitando...

- ¡Cásate conmigo! ¿Vas a obligarme a pedírtelo por favor?

- No, Chaparrita. No es necesario... ni sería justo. Eres una mujer que no necesita suplicar por un esposo.

- ¡Casémonos mañana!

- De acuerdo, casémonos mañana.

- Embarázame esta noche.

- Eso ya es otra cosa, podrás entender. Supongo que sabes que los embarazos no los provoca la cigüeña y que los bebés no vienen de París...

Con una mueca de sonrisa burlona, se sacó la blusa y la falda, dejando al descubierto un físico menudito, casi infantil, con un par de senos pequeños, redondos, una cintura brevísima, caderas de proporciones deliciosas y un par de nalgas duras y respingadas.

- Lorena... hagamos las cosas bien... nos casamos mañana y por la noche consumamos el matrimonio...

- ¿Eres pendejo? Mañana el cabrón de mi novio me encontrará y si sigo virgen no habrá poder humano que impida que me case con él.

- Me encantas... sigues siendo la misma "vieja bragada" que conocí en la escuela.

Nos abrazamos con ansias. Su pequeño cuerpo temblaba. Mis manos buscaron sus pechos... ella se colgó de mi cuello.

La recorrí toda con calma y verdadero deleite. Ella me informaba con suspiros, gemidos y estremecimientos cuál era el camino que nos llevaría a ambos al éxtasis.

Se montó en mí. Su flexibilidad era mayor a la que yo esperaba por su complexión. Me miró a los ojos y confesó: ¿sabes por qué no me caso con él? Sin esperar respuesta siguió. "Porque reapareciste tú, el amor platónico de mi infancia... pero ahora convertido en el soltero más codiciado del pueblo... no he pasado una sola noche sin soñar contigo después de aquella fiesta... me jodiste la vida... pero ya no podría ser de otra manera".

Caímos en la cama y ella se colocó de espaldas al colchón, levantó las piernas y las abrió, dejando al descubierto sus labios lampiños, sin traza alguna de vello. Extendió los brazos y me alcanzó, tomó mi virilidad y la colocó cuidadosamente entre sus labios, me miró y sencillamente dijo: "Hazme tuya, por favor". Su mirada era realmente suplicante.

Y la penetré. El mundo desapareció en ese mismo instante y solamente quedamos ella y yo. Nos amamos toda la noche, recordando pasajes de nuestra vida. Reímos, lloramos, copulamos... y ahí quedamos unidos por el resto de la vida. Poco ortodoxa, pero para mí fue la boda ideal, sin rituales formales, pero con una experiencia que unió nuestros cuerpos y corazones de una manera indisoluble.

Al recordarlo por enésima ocasión, mi piel nuevamente se estremeció. Entré en la cama, abracé a mi esposa, y, como tantas otra noches antes, soñé con ella.


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