LA VOZ QUE LE ARRANCÓ LOS OJOS

Por Claudia Arbeláez
Enviado el 12/11/2012, clasificado en Fantasía
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LA VOZ QUE LE ARRANCÓ LOS OJOS

 

 

Despertó al amanecer y descubrió que todo estaba más oscuro que de costumbre, se frotó los ojos, miró de nuevo alrededor pero todo seguía oscuro, así que se levantó despacio de su cama, pisó el suelo helado, caminó con cuidado por toda la habitación pero nada cambiaba aún. Quiso mirar tras la ventana... todo continuaba oscuro. La negritud se había tomado el tiempo y la geografía de su gran mansión.

 

Tocó su cuerpo lentamente, lo recorrió con sus dedos y las palmas de sus manos explorando como otras veces, cada espacio de su fisonomía. Nombró extremidades, entradas y salidas, miembros, órganos, músculos y huesos, así comenzaba a recordar cada forma, antes ya había deambulado por sus propios caminos.

 

La luz del sol ya debería romper la mañana, así que comenzó a buscar la salida de aquel lugar, recorrió cada pasadizo y de la misma forma como tanteó su ajado cuerpo, examinó cada pared mientras descubría en ellas su inmensidad. Aún si ver pudo reconocer cada pedazo de cemento y el olor que lo identificaba, la pintura, el ladrillo amarillo y las flores que había cortado la noche anterior, pues su permanencia eterna en aquel recinto era suficiente para conocer la piedra y la tierra contenida en aquella estructura, las texturas y los aromas.

 

Siempre disfrutaba saboreando cada baldosa que pisaba. Aquella noche no le fue difícil reconstruir la profundidad de otros tiempos, pero seguía inquieto y desesperado por no descifrar aquel misterio.

 

Atravesó las ramas de su jardín, la antesala, el comedor, la cocina y los pantanos descolorios, pero todo dormía; no existía el gesto tenue de una luz que quebrantara aquel profundo silencio.

 

Volvió a su alcoba, buscó su lámpara de noche y la encendió, pero nada era diferente. La tristeza le empañó los ojos y rodaron unas cuantas lágrimas por su cara. Por un momento recordó el lugar donde nacía la música y quiso vestirse ella, así que caminó hasta la mesa y dejó que las notas rodaran por su cuerpo esperando que naciera la luz.

 

Caminó nuevamente pero esta vez hacia el espejo, se dirigió al tocador palpando cada retoño de cal, quiso verse reflejado, sin embargo no pudo hacerlo aunque con su imaginación se lograra dibujar. El hechizo se hacía más fuerte.

 

Esta vez pensó si merecía la oscuridad que se entretejía bajo su piel y después de un rato de silencio dirigió sus ojos hacia la cama y aunque no viera nada, logró ubicar el punto fijo de donde se había levantado.

 

Ahora lo recordaba todo, respiró con lentitud, se acostó de nuevo y descansó. Había abandonado su mirada en un largo y ancho sueño con forma de mujer. Era comprensible, sus ojos se habían quedado atascados en sus brazos y huían siguiendo la huella de la sirena que invadía su vida nocturna.

 

Oscuro no era el día, sus ojos estaban por ahí ocupados, quien sabe donde, depositados tal vez en el pecho de una mujer.

 

 

 

 


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