Harto.

Por Néstor José Jaime Santana
Enviado el 11/07/2014, clasificado en Varios / otros
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Y ni desnudo en el parque pudo cagar tranquilo.

Supieron que era el contable cuando empezó a llegar todo el grupo de curiosos al lugar donde la policía lo arrestó todavía con el culo al aire y el chorizo aun colgándole: todo el barrio se apretujaba para ver la detención… la morbosidad del ser humano supera todo asco, fracaso, instinto natural… cuando nos prohíben mirar por el agujero lo hacemos aunque exista un alfiler al otro lado, solamente por satisfacer la curiosidad gatuna, tal vez intentar acercarnos a esa divinidad de garrafón que se siente invencible cuando muerde la manzana, pisa el césped, se limpia el cipote con la funda de lo prohibido. Nadie es nada, quizás eso influya también, nos alegre sabernos vivos mientras niños en sitios donde el mundo parecen los párrafos tenues de una pesadilla de seda rota derraman sangre negra como el agua espesa de una tubería fecal demasiado rumbrienta mientras que en esta parte del planeta tomamos galletas dietéticas, vestimos a los perros, lloramos cuando al móvil se le va la batería, nos cabrea que la blusa no llegue en nuestra talla hasta dentro de un días… en este hemisferio es raro que una bala nos perfore el cráneo que pillemos diarrea aguda con agua sucia o que nuestros hijos no superen el año… pero así todo encontramos motivos para estar tristes que tiene huevos…

 En su competición contra la muerte el hombre ha caído en el engaño de pensar que los minutos son trasferibles, intercambiables, sumas y restas en montañas de huesos pardos, piensa que cuando un compatriota, vecino, madre, incluso hijo anda a tres metros bajo tierra, automáticamente su propia vida se estira igual que un elástico que jamás se rompiera hasta que por fin sucede lo inevitable, un día tranquilo tomando el sol con la lata de cerveza recalentada apoyándola sobre las chichas un infarto, un dolor agudo, una tos con sangre… la goma se parte, te golpea en un ojo, meses en el hospital, médicos que cobran demasiado por hacer poco trabajo pasándose el informe de tu pulso, tu virus, tu operación de mano en mano, vender el alma a las aseguradoras, rezarle a Dios sin haber pisado nunca una iglesia, el niño haciendo los deberes sudando hielo el último día de las vacaciones, querer comprar los días con billetes, monedas de cobre que solamente sirven par colorear las manos como lápices deshechos, ¿quién le importa a quién?… hasta que mueres, no hay más… ¿dónde quedó la envidia? ¿el amor? ¿la ira? ¿Treinta, cuarenta años esperando la gran oportunidad, echándote la orca a la nuez con el maldito olor a pan tostado desde la cocina, la cafetera pitando desagradable como el chillido de una gata pariendo, la hojilla esperando sobre el lavamanos –la muy hija de puta parece que hasta sonríe, la oigo burlarse de mi, reírse cada mañana mientras me mira coger la cartera hacia la oficina-, todo para ir a un despacho ocho, diez, doce horas, ser un empleado pulcro, exacto como un reloj nuclear, casi infalible enriqueciendo a los jefes –beneficios que se reparten en la quinta planta, en tu nómina siempre las mismas cifras, nunca más de tres ceros, si te descuidas alguno por la izquierda-,hasta un día quemado, las almorranas ardiendo sin que la pomada haga efecto, tu mujer prefirió girarse sobre la cama de follar, peor, follaba mirando al techo pensando en la tintorería, los niños que salen antes del colegio, su madre que aún anda mal de la cadera hasta que te corres rápido y casi peor que una paja, un día donde la vida pesa demasiado, el dinero de las vacaciones debes gastarlo en una lavadora rota, los problemas como mermelada agria demasiado densa resbalando por una lengua sin saliva, justo ese día cometes un fallo en los informes del trabajo, se te fue el más por el menos o tal vez una coma donde iba un punto y la gramática cargada de burocracia mandó al carajo unos cientos de miles, error sin precedentes, el primero… imperdonable… chillidos de tu jefe, amenazas, quien sabe si rebaja del sueldo… soportar esa mierda todo para alimentar a un par de críos que amas casi a la fuerza, por rutina, más por instinto genético que verdadero cariño para ver como asciende el torpe, el mediocre, el desapercibido, el que nunca molesta, el que jamás habla en la oficina, el que siempre pide ayuda para terminar su propio trabajo, siempre le faltan diez céntimos en la máquina del café… hace un logro modesto, el contraste lo agranda –la sombra del enano parece siempre de un cíclope-, comerle el culo al jefe, correr la voz de su éxito, caer en gracia… nuevo jefe en la empresa… y todo para alimentar las barrigas de tipos con coches que cuestan algo así como el doble de tu hipoteca? Pero hoy no lo soportaste ni un solo segundo… suena el despertador, la parienta babeando la almohada igual que un viejo sin dentadura chupando un polo derretido, el niño pequeño dormido perderá la guagua, no podrás tomarte el café para salir antes y acercarlo al colegio… y unas ganas de cagar que sobrepasan los límites lógicos de cualquier intestino… aprietas las nalgas… corres como un pingüino estúpido… giras el pomo del retrete… el otro crío está dentro duchándose, ha cerrado con llave… quizás en otro momento lo hubieses soportado estoico, hubieras cosido el culo un par de minutos hasta que saliese el chaval, mientras tanto despertarías al otro, no te afeitarías, avisas a tu mujer de que tiene que ir a su empleo… otro día quizás: hoy es demasiado… tus ganas de cagar en realidad no son tan insoportables, pero son TUS GANAS DE CAGAR, tuyas, nadie tiene derecho a quitártelas, nadie debería impedir a un hombre cagar cuando desee en su propia casa, en su propio baño… ¿qué coño? ¿no pagas un trocito del ambulatorio, de la estación, del colegio… del parque… con cada declaración? En frente de su bloque había un césped donde solía pasear al perro para que hiciera sus cosas.


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