La muerte no siempre te espera vestida de negro

Por Galaecia
Enviado el 18/07/2014, clasificado en Amor / Románticos
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Basta una simple palabra para que cambie tú vida, la mía fue leucemia, ella traía consigo mi muerte, destruyó mis sueños, derribó mi futuro y pintó de negro mi presente.

Cuando terminas tus días en un hospital, acabas aceptándolo como si fuera tu segundo hogar, olvidas a la gente que sin saber porqué te olvidó, o simplemente por cobardía, pena, lástima y otras tantas palabras que los define, dejaron de verme, me enterraron en vida.

Es sorprendente, lo que vives aquí dentro, mientras lucho por no perder la poca vida que me queda, descubro, que los que me rodean estando tan llenos de ella son tan infelices como yo.

 Se muestran optimistas, con una sonrisa en el rostro y palabras amables, justo lo que les han enseñado, cada profesional dice solo lo que les corresponde y siempre mantienen sus distancias sin atravesar terrenos ajenos.

Elba, es una de las auxiliares que más me atiende, chica joven, guapa, casada y madre de familia, lo que yo nunca tendré. Su rostro refleja tristeza a pesar de la bonita sonrisa que me regala cada día, a veces intento saber más de ella, no me conformo con ver su nombre en la placa e imaginarme su cuerpo escondido tras el uniforme. Como buena profesional nunca permite que atraviese la línea entre paciente y auxiliar. Me gustaría decirle que se ha convertido en mi reto personal, que lucho contra el diablo porque no quiero dejar de verla.

Una mañana, mi madre descubrió que la miraba con ojos de hombre y no de paciente. Con el tiempo mi familia terminó cogiendo confianza con mis cuidadores, tanta, que no tardó en recordarme aquella mañana que Elba aparte de ser una buena chica y bonita, era una mujer casada y madre de familia.

-¡Y feliz!, también es feliz. –respondí a mi madre enojado.

¿Acaso una persona con fecha de caducidad, con límites en su vida, no puede llegar a hacer feliz a otra persona?, yo creo que sí, incluso más que aquellos a los que les sobra el tiempo.

Yo no tenía ya nada que perder, así que unos de esos días, en los que no estoy drogado hasta la médula y todavía me quedan fuerzas, me lancé al vacío sin paracaídas.

Sus ojos habían llorado no mares sino océanos, su voz no transmitía valor, ni esperanza, más bien desolación.

-¿Cuándo fue la última vez que te han besado?.-Le pregunté mientras me ofrecía su mano para levantarme.

Ella se me quedó mirando, cerré los ojos esperando un buen golpe, al ver que tardaba los abrí, Elba seguía mirándome con una sonrisa,- la primera del día. –me responde.

-¿la primera qué?-preguntó yo confuso.

-la primera sonrisa que me has robado,” bobo”, no sé como lo haces, debes tener magia en el alma. –me responde mientras abre la puerta y se aleja.


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