El parque Negro (la secuela de "La puerta de la Armonía)

Por Brendan Spleiter
Enviado el 18/12/2012, clasificado en Drama
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Pedro ya no está a la deriva, después de horas manteniéndose a flote comenzó a nadar otra vez, con dirección a su anterior mundo, en el que nació. ¿Para qué volver al paraiso?,¿ para qué retardar una salida que, tarde o temprano, tendría que tomar? ¿Para qué conformarse con acatar las reglas de la armonía y dedicarse sólo a ser feliz?

Pedro no es así, es muy posible que no le guste ser feliz, que su instinto sólo le permita buscar esa felicidad y, una vez encontrada, apañárselas para sacarle fallos. Es una pena, pero no se puede pretender que un caballo viva libre en un prado verde y aproveche el aire fresco de la montaña, de ninguna manera si es un caballo necio, o un caballo de mar. Que le jodan a Pedro, que él se lo ha buscado, o que le den fuerza, porque no se va a poder librar de esa maldición. Tanto si es su elección como si es su naturaleza, mal porvenir tendrá.

Pero volvamos a la historia, que a Pedro ya lo conocemos.

Pedro nadó, y nadó, y nadó hasta seguir sin ver tierra. Tanto nadó para nada que la nada casi ahoga su nado. Pero se sentía fuerte. Sólo el haber tomado una decisión, adecuada o no, le daba valor para seguir. Realmente, en ese tiempo, entre brazada y brazada, llegó a pensar en su nueva vida en su viejo mundo. Se vió con la suficiente determinación y energía como para poder manejar a su antojo las leyes injustas y desproporcionadas que se encontraría. Llegó a estar seguro, a tener momentos de relativa esperanza, sin dejar de sentir miedo, eso sí, pero seguro de que era lo que más le convenía, cambiar para volver a donde estaba antes de cambiar, pero con más experiencia.

Esa sensación le duró varios días, hasta que llegó el momento de la verdad. Realmente tuvo suerte, creía que el camino... nado hasta ver tierra iba a ser más duro, que se podría ahogar por el cansancio, pero el mar que separaba las dos tierras, por lo que se ve, era muy salino, y eso hizo que no se hundiera, que fuera más llevadero el avance. Seguramente fuese una especie de mar muerto.

Cierto alivio sintió Pedro cuando avistó, por fin, en el horizonte, que la línea recta que separaba el mar del cielo era alterada por imperfecciones negras. Sí, negras. Negras montañas, negras playas y negras ciudades costeras. Perfecto paisaje para una bienvenida al fracaso terrenal.

Con ese panorama Pedro perdió el poco alivio que le quedaba. Según se acercaba veía mucho más hostil ese mundo al que quería acoplarse. Ese mundo que, iluso de él, unas horas antes quería, incluso, mejorar. Desde luego, este Pedro es gilipollas.

Aun así, Pedro seguía avanzando. Sabía que no moriría ahogado si se paraba, pero las fuerzas no eran las de antes. Comenzó a sentir agonía, y quiso llegar lo antes posible. Horas después estaba tan cansado que decidió nadar de espaldas. Gran error.

Nadar de espaldas le obligó a mirar hacia atrás. Pedro, no sabemos si dentro de la locura que le provocaba el esfuerzo, vio que en el otro horizonte también había tierra. Playas negras, con ciudades negras, con montañas negras. Se quedó quieto.

Siguió quieto.

Minutos después, no se movió.

Y vió cómo la marea, pese a que él no tenía interés en avanzar, le llevaba hasta la orilla de su viejo mundo.

Se fijó bien, no sabía qué era lo que había descubierto, de lo que él se alejaba. Y descubrió que era el paraiso. Reconoció las blancas playas, ahora negras, reconoció la ciudad donde vivió los seis años anteriores, y la casa de vacaciones, y la montaña donde iba a pasear. Todas estaban negras. Siguió mirando. Y el paraiso negro comenzó a acercarse también. Ese mar muerto donde flotaba cada vez era más estrecho. No sabía por qué. Estaba asustado, y se preguntaba si esa negrura la había ocasionado él. ¿Podía Pedro haber convertido el paraiso en un inframundo? ¿Cómo era posible?

No obstante, muy al fondo, observó que había un prado verde, lleno de caballos. Caballos sonrientes y de tierra, no eran necios, no eran de mar. Parecía el único área no infestada por el color negro. Pero estaba lejos y los caminos estaban cortados.

Daba la impresión de que un tsunami de petróleo había llegado hasta el fondo del antiguo paraiso, y que el único sitio donde no había llegado era a ese prado.

Pedro se dió la vuelta otra vez, y siguó viendo negro, en su antiguo mundo, el mismo negro que vió otra vez al darse la vuelta, en el anterior paraiso. ¿Era posible que no fuera petróleo, sino pedróleo, lo que había manchado todo? ¿Era posible que su mundo antiguo fuese horrible por su culpa, y que el paraiso hubiese sido afectado también? Si eso era así, ¿cómo es que no veía pruebas a su alrededor, y nunca las vio?

Bajó la cabeza, y el agua también estaba negra. Y viscosa. Y maloliente. Olía a él. Y las dos costas cada vez estaban más cerca. Y comenzó a hacer pie, y el agua negra desapareció, dando lugar a tierra negra.

Ya había llegado, sin haberse ido. Y tenía que elegir dónde asentarse, de donde había huído, sin haberse marchado, o a su destino, que había venido hacia él.

La sensación era rara. Todo era igual, pero diferente. Sus tres opciones consistían en un mundo que conocía y para el que había nacido, un paraiso putrefacto y un valle verde y limpio. El primero era una mierda, el segundo no era su casa y ya era casi tan mierda como su antiguo mundo, y el tercero... pues el tercero estaba muy lejos, el camino era peligroso y tenía miedo de estropearlo si conseguía llegar.

Se sentó, cogió una colilla del suelo, le compró un mechero a un paisano que pasaba por allí, y pensó.

Pensó.

Pensó.

Recapacitó.

Recordó su infancia y juventud.

Recordó sus años en el paraiso.

Recordó, sin mirar otra vez, en qué estado había dejado el paraiso.

Pensó otra vez.

Encontró otro cigarro.

Volvió a pensar.


Alzó la vista, miró al valle, se dió media vuelta y se fue al parque, donde pasó su infancia, a llorar y a dormir esperando que, al despertar, sus lágrimas limpiaran toda esa suciedad que, posiblemente, él había generado.

...

zzz

...

zzz

...

Al día siguiente despertó, y todo seguía negro, aunque un poco menos, las lágrimas hicieron un poco de efecto pero, a ese ritmo, tardaría una eternidad en limpiarlo todo. Y se puso a llorar otra vez, sólo de pensar la que le esperaba.

Y no he vuelto a saber nada de Pedro. Aunque tampoco he preguntado por él.

Más reflexiones a la deriva enhttp://writingnottothink.blogspot.com.es/


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