EL JURAMENTO DE DIOS

Por MORRIS
Enviado el 25/09/2014, clasificado en Amor / Románticos
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Más allá del desértico reino de Aragot se encuentra la ciudad de Rajmandir, famosa por la belleza de una joya que entre sus muros guarda con sumo cuidado su rico Visir, Samael El Grande.

“El juramento de Dios” es lo más sagrado que el posee, por lo que daría su vida, su aliento, su alma. Nadie en el reino ha visto dicho tesoro, pero corre el rumor que es el más buscado  de los tesoros debajo del cielo.

Sólo una sencilla prueba separa a los pretendientes de conseguirlo, pero hasta el día de hoy nadie ha sido capaz de abrir la verja para alcanzarlo; Volver una rosa blanca de color rojo en una sola noche.

Bajo la luz crepuscular del desierto unos ojos verdes esmeralda se asoman al alfeizar de la ventana enrejada de su rico encarcelamiento esperando que algún pretendiente logre convertir la flor, pero como cada noche es en vano.

“El juramento de Dios” oculta su rostro bajo un velo de seda y oro, mostrando sólo los pozos verdes de sus ojos y su cabello negro y sedoso que le cubre los hombros. La hija del visir es su más preciado bien en la tierra, su fuerza par vivir cada día y la perdición de hasta ahora cientos de hombres.

Esa noche y como cada noche desde hace muchas lunas ella se acerca a su ventana para ver si la rosa blanca del patio se ha tornado del color del fuego y cual es su sorpresa cuando la ventada se abre nada más tocarla. Un apuesto joven entra en sus aposentos sin parar de mirarla, como hipnotizado, los dos se miran y se pierden uno dentro del otro, no hay contacto físico, sólo la comunión de sus almas. La luz del día empieza a despuntar sobre las dunas y el joven huye en su caballo negro perdiéndose en el horizonte.

La flor blanca que preside el centro del patio vuelve a estar blanca por la mañana y nadie se ha dado cuenta de su cambio nocturno de color…nadie excepto ella.

Así noche tras noche el extraño viajero nocturno entra en la habitación privada de la princesa y comparte con ella calor y sudor, jadeos y besos, seda y licor, amor y odio a partes iguales.

Esa noche ella le pregunta cómo hace para que la flor cambie de color y él le contesta que regalándole su más preciado tesoro, pero nunca acaba por decirle cual es.

Ella espera con ansia su encuentro nocturno, pero el ladrón de su corazón no aparece esa noche, ni la siguiente. Un sentimiento de temor se apodera de su corazón, al oír que los soldados de palacio corren por el patio gritando y desenvainando sus espadas.

Han descubierto la rosa y a aquel  que la hacía cambiar de color tumbado a sus pies, conteniendo el último halo de vida solo para mirar a la ventana y susurrar un nombre; “Jezabel”, para morir instantes después con una sonrisa en los labios.

La sangre mana de una herida abierta en su brazo izquierdo y un hilo de sangre roja desciende por el tallo de la blanca rosa.

Lo que el más apreciaba, su vida, su sangre, era lo que conseguía cambiar el color de la flor. Sólo con su amor fue capaz de abrir la ventana, de liberar a su querida, a su amada.

Jezabel, “El juramento de Dios” sólo pudo ser conquistada por el amor verdadero, no por espadas ni por riquezas, si no por la sencillez, la sinceridad y el cariño. Sólo un amor verdadero podía liberar a otro. Así su sangre teñía la rosa y la liberaba, aunque con eso la vida se le iba noche tras noche.

Él le dio su vida por estar junto a ella y ésta a su vez le sigue cada noche bajo la luna dentro del viento del norte, dejando que su último aliento la acompañe en su viajar.

Jezabel, Jezabel…..la canción que la rosa cantaba mientras cambiaba de color es ahora la canción de los enamorados.

Desde aquella noche el escudo del visir se cambio por el de un caballo negro y una rosa roja entrelazados el uno con el otro.


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