El deseo arde en el trío

Por Pitanga
Enviado el 15/10/2014, clasificado en Adultos / eróticos
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EXPECTATIVA. Después de haber concretado la fantasía con Martín, nos miramos con ella y dijimos fue, ya pasó, nunca más, y no volvimos a mencionar el tema. Pero llega el viernes y suena el teléfono.

Atiende ella. Se paraliza. Es Martín. Un tsunami de adrenalina me recorre el cuerpo. Quiere vernos, me dice. No, digo resistiendo. A ella se le desfigura la cara. ¿Por qué no? ¿No tenés gana? ¿Vos querés? Le pregunto. Sí, dale… Aunque sea una vez más. La idea de verlo me puede. Está bien, que venga. Martín, venite, dice ella y se ilumina de felicidad.

Bajo a buscar cerveza mientras mi mujer se baña. Vuelvo, tiene el pelo húmedo, una blusa colorida que apenas le cubre la cola, un par de ojotas y un toque de perfume que me encanta. Le doy un beso y paso a ducharme. Suena el timbre mientras estoy en la ducha. El corazón se me acelera. Me seco. Escucho la puerta. Salgo del baño descalzo y con un short. Martín está sentado solo en el living. Hermoso como siempre, musculosa, bermuda y ojotas. Hola Ale, qué lindo estás. Es un hijo de puta, me habla así y ya se me para. Gracias, vos también, le digo y le doy un beso en la mejilla. Ella llega de la cocina con la cerveza y algo para acompañarla. Mientras sirve pongo música. Rita Lee interpretando The Beatles. Brindamos. Hablamos de nada. Pinta el porro. Va a empezar la función.

URGENCIA. Ella baja las luces y cambia la música. Como la vez anterior, elige Nora Jones. ¿Otra vez voy a tener que subirte a caballito? Pregunta él previendo que sigan las repeticiones. Sí, pero esta vez no va a ser sobre los hombros, dice ella entre carcajadas. Nos reímos. Nos buscamos. Nos tocamos. Ella se pone a bailar sola en medio el living. Nosotros la miramos sentados en los sillones, enfrentados. Al bailar se ve que no lleva ropa interior. Muestra el culito para acá y para allá. Hasta que se cansa de insinuaciones y se saca la blusa por arriba. Se para delante de Martín y le extiende sus brazos. Vení. Él se para frente a ella. Yo me arqueo en el sillón para ver a los dos. Martín está al palo y su pija es toda la distancia que hay entre ambos. Están cara a cara mirándose a los ojos, respirándose el aliento. Así se quedan. Hasta que ella de pronto se cuelga de su cuello, da un pequeño salto y cruza las piernas por detrás de la cintura de él. Cogeme. Martín la toma por las ancas y busca con los dedos de una mano llegar desde las nalgas a su concha. No, ni me toques, dice ella, cogeme ya, en seco. Él se acomoda, acomoda el peso de ella y maniobra para ponérsela. Ella se queja, pero advierte, no pares. La cabeza de la pija ya está calzada. Ahora viene lo más doloroso, el primer tramo. Martín la sube y baja por las nalgas muy despacio. Fuerte, exige ella. Fuerte. Dame fuerte, Martín, dame fuerte que te quiero sentir. Necesito sentirte adentro, todo adentro. Fuerte. Él se pone en punta de pie y la sacude. Ayyy, ayyy, ayyy, así. Dame. Me mojo, me mojo. Se nota que lubricó porque Martín la sube y baja más rápido. ¿Entró? Pregunta él. Si, toda. La estoy sintiendo. Quieta, dejala quieta, pide. Ahí, ahí, quietita, dejala quietita que la gozo. Cómo estoy, por favor. Si me muevo acabo. De a poquito, así. Ella se mueve casi imperceptiblemente. Ay, qué lindo que es esto. Que gana de cogerte. Te quiero hacer de todo pero no puedo, no aguanto, necesito coger, coger, dice y aumenta el ritmo. Ay como me gusta, qué calentura. Cómo me calentás, Martín. Ay no aguanto, voy a acabar… ay, me voy… Dice y se aprieta contra el cuerpo de él. Cogeme, cogeme, ahora sí, cogeme. Ay que puta que soy, que puta que soy, que puta que soy, ay, ay, ay. Y se aprieta fuerte, tan fuerte que él ya no la puede subir y bajar, y así, apretada a su cuerpo, sacude violentamente su cadera acompañando cada conchazo con el grito iiiia, iiiia, iiiia Y él la abraza de tal manera que parece que va a partirla. Iiiiaaaaaaaaa, grita mí mujer desahogándose en su conchazo final. Y se afojan jadeando. Ya, dice ella y lo besa en la boca. Martín la baja en el sillón y ella se acurruca ahí. Qué yegua, cómo acabé en diez segundos. Perdoname bebé, le dice a él que no acabó. Estabas bravísima, dice Martín. Lo que falta lo arreglamos enseguida, digo yo.


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