LO OSCURO

Por Pepe Ortiz
Enviado el 09/10/2014, clasificado en Terror
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Es curioso como ese océano de ideas apenas esbozadas tímidamente, puede florecer en el instante más insospechado. La inspiración se comporta de ese modo, y así es como nacen las mejores obras, cuando una de esas ideas cobra existencia propia y deja de ser idea, para convertirse en un milagro.

Ese es el refugio luminoso de todos los artistas, el refugio de una obra completa, perfecta, magistral, quizás con un mensaje que ni el propio artista alcanza a entender, una obra que trasciende, y que supera a su propio creador.

Más allá de las fronteras imaginativas, más allá del subconsciente, yace aquello que no tiene forma, ni color, pero que tiene vida propia. Es una subsistencia que  acecha al creador que logra trascender con su obra. Una presencia inmemorial, extraña, sutil, un horror olvidado que los antiguos llamaban “Lo oscuro”.

Aquella noche, esa presencia cobró vida propia, surgiendo de los abismos del alma de un pintor desdichado, que no había tenido excesiva fortuna en su vida, y que malvivía en su pequeño estudio, lleno de lienzos inacabados, extraños dibujos surrealistas y algunas formas que soñaban con ser esculturas.
Pero esa noche fue distinta, su ánimo había dado in giro inesperado cuando al empezar a pintarrajear el fondo de un nuevo lienzo, consiguió una extraña mixtura con los óleos, un nuevo color surgió ante sus ojos, una especie de ocre mortecino, acariciado por un suave gris, pero con una asombrosa luminosidad en su centro.
Sabía que no iba a cambiar ese fondo, y también reconoció ese estremecimiento, la sensación de estar inspirado, una sensación que había olvidado hacía mucho.
A medida que iba avanzando con la pintura se sentía más cómodo, su mano cobraba vida propia, combinando los colores precisos, perfilando las tazadas perfectas, sus pinceladas eran fastuosas, soberbias, era poesía, inspiración, armonía.

A pesar de esto, reconocía que su pintura estaba cobrando una carácter siniestro, pero esto no supuso ningún inconveniente, pues estaba resuelto a concluirla aquella misma noche. Comprendía que la inspiración sería efímera, y no podía permitirse la paciencia en plena creación.
Algo comenzó a lacerar su armonía, algo que empezaba a esbozarse en el lienzo, casi sin darse cuenta reconoció una forma humanoide, delgada y esbelta, hostil.
No logró ubicar el momento preciso en que aquel ser empezó a tomar forma, tampoco le importó. Comprendía que en ese estado no controlaba el cuadro de una forma plenamente consciente, surgiría lo que tuviera que surgir, el tan solo era un canalizador de algo que tal vez pudiera llamarse arte, o tal vez pudiera llamarse incomprensión imaginativa, locura nostálgica de recuerdos que no existen en esta dimensión.

Ahora estaba seguro, ese ser que había surgido tenia “vida”, la razón del cuadro sugería una suerte de invocación de un ser que no tiene forma concreta, sencillamente lo vemos como un reflejo distorsionado de lo que somos nosotros mismos.

El cuadró continuó tomando forma y color, se perfilaron un sol negro, y una especie de montaña que hacía a su vez de fondo poco definido, pareciera más una cascada de colores, ocres, amarillos, rojos y negros, pero eso era lo de menos.

Ahora ya no albergaba ninguna duda, de que aquel extraño ser lo observaba, a medida que ultimaba los últimos detalles, aquella figura gris le susurraba cosas, o ¿Tal vez estuviese volviéndose loco? Podría tratarse de una locura transitoria, tal vez provocada por la propia musa, por sus cambios de ánimo, por sus expectativas de estar creando algo que no se parecía nada a lo que antes había hecho. Pero sin embargo sentía la certidumbre de estar siendo observado por su propio cuadro, “acábalo” escuchó en su mente, y un escalofrío recorrió su cuerpo. Algo había surgido esa noche, no sabía en qué preciso momento, tal vez cuando se empezaron a dibujar por sí solas esas formas humanoides.
Intentó serenarse, comenzó a respirar lentamente, de forma pausada, logró apaciguar ese primer miedo surgido, sin embargo la sensación de estar siendo observado, acechado, continuó igualmente. Seguía persistiendo esa palabra en su mente, como un eco reciente, acábalo, acábalo, acábalo…
Y eso hizo.

Sólo quedaba un último detalle, su propia firma. En este caso lo asociaba más con un símbolo que sentenciaría la obra, que como una propia identificación del autor. Le costó mucho más de lo que había imaginado ¿Por qué? Quizás por esas ansias que le estaban lacerando, quizás por la forma de ese oscuro ser, que persistía en su horror, obligándole a concluir.
Finalmente concluyó el cuadro. Le había demorado casi toda la noche, se sentía exhausto, pero también aliviado. Entonces comprendió.
“Aun no” percibió en su mente, eran palabras lejanas y cercanas a la vez, pero que percibió con toda claridad. Aquel ser oscuro volvía a comunicarse con él.
En esos momentos ya estaba seguro de que no se trataba de una locura transitoria, a través de él, había surgido algo mucho más antiguo e inmemorial que la propia existencia del ser humano, algo que le sería imposible comprender en toda su magnitud, ya que sólo puede ser invocado a través de la muerte y la creación, a través de un acto, en definitiva, trascendente.
¿Qué eres? Logró preguntar. Lanzó esas palabras al vacío de su existencia, mirando fijamente la forma del cuadro, que le devolvía la mirada.
“Lo oscuro”

Sintió esas palabras como una sentencia final. Un terrible peso cayó sobre su alma, y supo con toda claridad el significado de todo lo sucedido, y de lo que tenía que suceder.
Sin embargo una extraña sensación de felicidad le embriagó cuando comprendió este hecho. Había logrado crear una extraordinaria obra sublime, ese cuadro sería lo último que pintaría en su vida. No podría volver a crear algo semejante, de ningún modo posible.
Toda su vida había sido dirigida a ese propósito, y al fin lo había alcanzado, había erigido un milagro, y haría de sí mismo un mártir.

Fueron varias horas las que estuvo sentado delante del cuadro, contemplándolo, admirándolo. Lo hizo como el último goce, como último regocijo hedonista. No podía ser de otro modo. El alba ya comenzaba a despuntar, y los primeros rayos del sol desfilaron por las ventanas de su estudio. Había llegado el momento.

Se aproximó al lienzo y lo rozó con la palma de su mano, como si fuera un acto de despedida, un adiós terrible y mudo.
Acto seguido se dirigió a su habitación, extrajo el revólver que alojaba una pequeña caja debajo de su cama, y volvió a dirigirse al centro de su estudio. El revólver estaba cargado.
Se situó frente al cuadro, observándolo por última vez. Estaba feliz, satisfecho, aliviado.
Dirigió el revólver a su boca, e introdujo parte del cañón dentro. Distinguió el sabor metálico, notó el chasquido de los dientes al chocar contra el metal. “Lo oscuro” le observaba con satisfacción, imponiéndole el último acto que es la consumación de su propia obra.

Así, más dichoso de lo que nunca había podido soñar, apretó el gatillo, y se disolvió en esa blancura original, desierta y cristalina, de la que nunca volvería.

Una explosión carmesí salpicó todo el estudio, también al lienzo, otorgándole finalmente ese último toque, sagrado, que precisaba, acabándolo.


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