Tú o yo

Por Laura Dávila
Enviado el 16/10/2014, clasificado en Reflexiones
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El mar estaba agitado y mi padre quería zarpar. Era temprano.
Justo con el alba iniciamos la singladura. Yo con un poco de miedo, el mar no estaba para bromas, pero no podía dejar solo a mi padre, él quería zarpar y yo tenía que confiar en él.
Salíamos del puerto a bordo del Esjalama, cuando nos encontramos con un marinero que entraba. El viejo hombre llagaba calado de las inmensas olas, pero mi padre, muy positivo como siempre, preguntó por el estado de la mar fuera del puerto. El marinero, con la piel curtida respondió irónicamente: “está bien, está bien”. Fue entonces cuando mi padre me miró y me dijo: “ves, ya te he dicho que hoy era un buen día”, y sonrió, cosa que él no hacía a menudo, por lo que no tardé en entender el mensaje. La travesía iba a ser dura.

En estos viajes no hablamos mucho, solo cruzamos las miradas, en las que descubrimos lo que ambos estamos pensando.
En ellos, yo realizo doble viaje, ya que a la vez que viajo, pienso en muchas cosas, debido a la tranquilidad y relajación que este lejano horizonte me aporta.

Pasadas las horas, dejamos de ver tierra, y el mar, a medida que pasaban los minutos, parecía una bestia enfureciendo poco a poco. Era como si le debiéramos algo o tuviéramos que pagarle un tributo. Pero ahí estaba mi padre, le quería mucho. Hablábamos de lo bien que se estaba en casa o con los amigos, charlando de lo bueno, pero también de lo malo, debatíamos cuestiones, pero sobre todo, él cuidaba de mí.
De repente una caña empezó a soltar pita, un pez había picado, comeríamos pescado fresco.

Después de una lucha enorme para subirlo al Esjalama, el pez asomó la cabeza, sacándola del agitado mar en que nos encontrábamos. Entonces este, me miró a los ojos, parecía querer decirme algo que se reflejaba en él, y que más tarde comprendería.
Tras el manjar que el mar nos dio, decidimos dormir un poco. Mi padre haría la primera guardia, pero el mar estaba tan embravecido que yo apenas podía dormir.

La experiencia de tú a tú con mi padre era sensacional. Dos supervivientes, padre e hija juntos. Tenía miedo, pero era muy feliz, lo estaba dando todo por mi padre, y él lo sabía.

Cuando parecía que estaba conciliando el sueño, un grito me sobresaltó.
-“¡Laura, Laura corre!”

Una ola enorme había pasado por encima del Esjalama rompiendo las velas. Este parecía un corcho en mitad del mar capeando una tormenta que pronunciaba el fin del mundo.
Arriamos rápidamente lo que quedaba en pie, y nos atamos fuertemente a la cubierta. Fue entonces cuando me vino a la cabeza el pez con su mirada, él nos había avisado.

Las olas parecían montañas. Yo me agarré fuertemente a mi padre, ya que creía que él me protegería de cualquier cosa.

Empezamos a tener mucho fío. Estábamos empapados y el viento arreciaba de repente. Mi padre me dijo que no sentía ni las manos, ni los pies, estaba entrando en hipotermia. Yo confiaba en que él nos sacase de aquel atolladero, pero ya no podía hacer nada.
En ese preciso instante, fue cuando me di cuenta de que yo era su niña, pero que en realidad era mayor. Así de un momento a otro, se cambiaron los papeles.
Yo creía que nunca sería capaz de hacer algo por mi sola, pero sin embargo, mi padre navegaba seguro conmigo, porque sabía que nunca le abandonaría.

Así, pasé varios días, navegando a solas con mi padre, que aunque estuviera inconsciente, tenía su compañía.
Parecía que en cada maniobra que hacía, él me mirara y me diera el “ok”.
Poco a poco fue empeorando. De vez en cuando tenía alucinaciones, me apretaba la mano y me decía: “se valiente”, mientras que en su agonía me pedía que le despidiera en el mar, que en la tierra tenía muchos miedos que nunca confesó, por eso se encontraba tan agusto en él.

El quinto día falleció. Pasé un día entero, como ida, hablando con él, pero ya no podía contestarme más, mis preguntas no tenían respuesta, él siempre la tenía.

Fue así como me hice adulta, en la peor de las circunstancias. Mi padre ya no estaba, y tuve que elegir por él, pero no estaba acostumbrada, así que decidí hacer lo que él haría. Pensé.
Él haría lo que creyera que tenía que hacer, siendo fiel a su meta, y eso hice, seguir rumbo.

Días más tarde, avisté tierra. Llegando a puerto vi a mamá y a mi hermana pequeña, ellas me acompañarían en el viaje de mi vida, aunque nunca dejé de hablar con mi padre para pedirle consejo.

Le enterramos en su pueblo con orientación al mar, y en su lápida rezaba: “Tú serás yo”.


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