EN EL CUERPO DE JULIETA (parte 2)

Por Federico Rivolta
Enviado el 20/11/2014, clasificado en Terror
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   Una criatura escapó de su estómago y comenzó a trepar por su esófago. La joven comenzó a darse golpes en el pecho para intentar matar al ser que la asfixiaba. Todos sus no tan amigos la miraban pero ella no podía distinguirlos de las marionetas sin rostro que seguían bailando al compás de un ruido muy parecido a la risa. Fue entonces cuando vomitó un líquido oscuro, casi negro, justo en medio del salón. En tan solo un instante la popularidad de Julieta había descendido a un nivel crítico.

   La joven se fue corriendo a su casa y se miró al espejo del baño. Las venas de su rostro estaban bien delineadas sobre su grisácea piel, sus labios estaban pálidos y sus rizos ya no se apoyaban tan deliciosamente sobre sus hombros.

   De pronto sintió nuevamente que algo se arrastraba; esa vez, subiendo por su faringe. Hizo arcadas y de su boca salió un gusano de casi diez centímetros de largo que cayó directo al lavabo. Tomó un cepillo y lo golpeó hasta destruirlo, salpicando un fluido de color negro muy profundo por todo el baño.

   Julieta lloró durante toda la noche.

   Al otro día fue a consultar a un especialista, pero no había nadie quien pudiera ayudarla porque aquello que ingirió Julieta no era un medicamento inofensivo; porque aquello que ingirió Julieta no era un medicamento.

   El día que le tocó ir a por más cápsulas, Julieta llegó reptando al negocio de su perdicón. Allí volvió a ver al empleado de la máscara roja y volvió a tener la sensación de que su sonrisa estaba más grande.

 -– ¿Qué es lo que me dio? –- gritó Julieta -– ¡Me está matando!

 -– Lo que tú querías para no terminar como esos patéticos transeúntes infrahumanos que te miran con lujuria – contestó él – El problema es que no a todos les funciona. Verás, los gusanos se alimentan de tu grasa y de todo lo que hayas comido en exceso; luego, cuando obtienes el balance perfecto, mueren. Pero claro, eso no siempre sucede, a veces se adaptan a su huésped y lo terminan consumiendo.

   Julieta lloró a gritos y luego saltó por encima del mostrador para atacar al empleado. Le arrancó la máscara, pero debajo solo encontró otra máscara exactamente igual a la primera, con la misma sonrisa pintada.

   Caminó de regreso a su departamento sintiendo que su cuerpo ya no le pertenecía; mientras los patéticos transeúntes infrahumanos que la miraban con lujuria la miraban sin lujuria. Una vez que llegó liberó toda su ira y tristeza rompiendo sus pertenencias. Pasó su brazo por la biblioteca tirando todos los adornos que allí tenía, solo había adornos en ella, se trataba de una biblioteca sin libros. Luego tiró el florero sin flores que tenía de centro de mesa y lanzó contra la pared una pequeña caja de madera que tenía en una minúscula mesa, de esas mesas que solo sirven para poner pequeñas cajas de madera. La caja se partió contra la pared pero nada salió de ella porque estaba vacía, porque su única función era ornamental.

   Intentó llevarse las manos a la cara para llorar sobre ellas, pero su brazo izquierdo no le respondió. Lo miró, trató de moverlo, pero solo colgaba produciendo unos pobres espasmos. Lo tocó con su mano derecha y tuvo la sensación más extraña de su vida; no había perdido la sensibilidad, solo que era diferente. Sujetó su brazo y lo levantó, y entonces su miembro se enrolló como un despojo. Su brazo había perdido su firmeza, había perdido sus huesos.

  Fue hasta la habitación a buscar el teléfono, pero seamos sinceros, Julieta no tenía a nadie a quién llamar. De todas maneras, cuando intentó tomarlo, su mano derecha había sufrido el mismo destino que la otra: se había transformado en una masa de carne flácida incapaz de moverse.

   Se lanzó a la cama a llorar desconsoladamente hasta que algo comenzó a ahogarla, levantó la cara de la almohada y vio que ésta tenía una enorme mancha negra. Rodó para poder levantarse y se miró en el espejo, y entonces notó que aquello negro que vio no era otra cosa que sus lágrimas. Comenzó a sentir movimientos en sus entrañas y, tras un fuerte dolor de cabeza, comenzaron a salir gusanos de su boca, de su nariz, de sus oídos, y hasta de sus ojos. Eran como el primero que expulsó, pero mucho más largos; algunos medían casi medio metro.

   Su ojo derecho de pronto fue absorbido dejando un agujero, la estructura de su mandíbula se disolvió hasta que la parte inferior de su rostro quedó colgando, todo su cuerpo comenzó a desarmarse a medida que sus huesos iban perdiendo su consistencia.

   Su cuerpo vacío cayó al suelo como una inerte cáscara y de él se arrastraron los cientos de enormes gusanos que la habían devoraron por dentro.

   Julieta había logrado su objetivo: adelgazó todos los kilos que se propuso e incluso algunos más; ya no había riesgo de que se convirtiera en uno de esos patéticos transeúntes infrahumanos que la miraban con lujuria.

 

FIN

 

 


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