Mis manzanas

Por Mesonikis
Enviado el 29/11/2014, clasificado en Cuentos
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-“¡Que sí!”.

A aquella exclamación siguió un fuerte golpe y el inconfundible “crak” de un vaso al hacerse añicos. Perfecto se quedó con su whisky a mitad de camino entre sus labios y la mesilla del reservado. Riquelme, como era de esperar, tensó sus hombros como para disponerse para una pelea cuerpo a cuerpo. En cuanto a Manolo, se limitó únicamente a esbozar una mueca de cómica sorpresa.

-“¡Y dale! ¡Que digo que sí!”.

Este último sí, rayano en la histeria, fue el detonante para que los tres amigos abandonasen a la carrera su lugar de diversión y descanso y se dirigieran a la entrada donde, con toda probabilidad, estaba pasando algo bastante grave.

La escena que se encontraron en la entrada del club parecía más propia de una película surrealista que de la habitual rutina de un sábado por la noche. Alberto, el portero, se encontraba en actitud de poner paz entre Juan Gómez, uno de los más destacados clientes del local, y un extraño personaje vestido de payaso que portaba una enorme mochila de color azul. Si durante dos años Perfecto y sus amigos no habían tenido ocasión de percatarse de las habilidades del portero, al que siempre habían considerado como una parte más del decorado del club, ahora tuvieron la ocasión perfecta para valorar su trabajo ya que de una forma muy ajustada lograba a penas poner paz entre el cliente y el extraño payaso.

-“¿Que están sanas las manzanas? ¡Pues se las da a su padre y, si le sobra algunas, ya se las puede ir metiendo por…!”

En aquel preciso instante, una silbante carcajada comenzó a salir por la boca de Manolo que, ante la mirada inquisitiva de Riquelme, se atajó en seco.

-“Pero, vamos a ver. ¿Aquí qué es lo que pasa?”- preguntó Riquelme al tiempo que sacaba a relucir su desafiante genio.

-“Aquí lo único que pasa es que esto se ha convertido en la casa de Tócame Roque. Que te puedes encontrar a cualquiera y a “cualquier cosa” en este antro.”

-“Alberto, ¿has dejado tú entrar al hombre éste vestido de payaso?”.

En el momento en el que el portero iba a despegar los labios para justificar la presencia de aquel extraño personaje a petición de Riquelme, el payaso se adelantó a explicar por qué y para qué había ido.

-“Permitangggggme, seggggñores, eggggxplicarles la raggggzón de mi preggggsencia.”- a pesar de que Manolo, solía ser el primero que reaccionaba ante cualquier chanza con su peculiar risilla siseante, tanto él como el resto de los presentes no pudieron hacer otra cosa que guardar silencio con expresión atónita ante las razones de aquel individuo que por causa de una extraña anomalía solía arrastrar de forma notable una g en cada palabra.

-“Egggggl mogggggtivo por el quegggg hegggg veggggnido aggg egggste regggspetable logggcal no egggs ogggtro que el de degggmostrar que migggggs manzaggggnas son de laggg megggjor caggglidad”.

-“¡Mentiroso! ¡Están podridas! ¡Llenas de gusanos!”- replicó con furia Juan Gómez que, de ese modo, reveló a todos el motivo de su histeria- “Este imbécil me dijo que sus manzanas eran las mejores y que las del otro payaso eran una basura.”

-“¡Ah!, ¿es que había otro payaso?”- replicó burlonamente Manolo, mientras Perfecto fruncía el entrecejo como si quiera recordar algo.

-“Sí. Fuera. Cerca de la puerta. También llevaba una mochila pero de color rojo claro.”- contestó más calmado Juan.

-“Vaggggmos a veggggr, segggñor. Si miggggs manzaggggnitas solo teggggnían unoggggs gusaniggggtos, nagggda maggggs. Peroggg la granggg magggyoríaaa eggggstán sagggnas. Mis manzagggnitas son laggggs magggs sagggnas.”

El énfasis que puso el payaso por demostrar que sus manzanas eran las más sanas, a pesar de los numerosos gusanos que, como en una carrera, se deslizaban a través de ellas en dirección al suelo del club, logró que la expresión de concentración de Perfecto aún se acentuase todavía más.

-“Todo esto…” Mientras Perfecto, ya de vuelta al reservado, se disponía a decirles a sus amigos que aquella situación le recordaba algo que no podía terminar de recordar, Riquelme se apresuró a atajarle con un autoritario. “Perfecto, no. Hoy es sábado, es la una y cuarto de la madrugada, y no vamos a hablar de política”. .


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