EL ENCUENTRO

Por Leo Macarrón
Enviado el 10/12/2014, clasificado en Adultos / eróticos
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vista y ví en tus ojos la profundidad que había en ellos era como si estuviera tocando ya a las puertas del paraiso. El pensamiento que me vino fue el de que no me importaría perderme en ellos. Y eso hice, perderme en ellos.

 

Puse mi mano en tu mejilla y acerqué mis labios a los tuyos. Los besé suavemente pero atrapándolos con firmeza para que no se me escaparan. Tú respondiste al instante. Entonces con mi lengua busqué la tuya para acariciarla.

 

Te había conocido unas horas antes. Paramos en aquel hotel debido a que nos cogió la noche. Circulábamos en direcciones contrarias. Tú al norte, yo al sur y coincidimos en aquel punto del litoral, en un hotel con vistas al mar.

 

Llegamos a la vez a recepción. Sólo quedaba esta habitación. Decidimos compartirla. Yo decidí invitarte a comer por no haber puesto pegas al tema de la habitación. No todo el mundo es tan comprensible como lo fuiste tú.

 

Después de comer, estuvimos tomando unas copas y charlando. Me sorprendió desde el primer momento lo rápido que conectamos. Una cosa llevó a la otra, y cada vez fuimos poniéndonos más íntimos y sugerentes. Decidimos subir a la habitación.

 

Y allí estábamos. Comencé a desnudarte lentamente. No teníamos ninguna prisa. La chimenea estaba encendida y nos tendimos en la alfombra que había al lado de ella, apretándonos el uno contra el otro y sin dejar de besarnos con deseo desbocado.

 

Una vez que terminé de saborearte, me acerqué a ti y unimos nuestros cuerpos en uno solo. No dejamos de movernos en ningún momento como si compusiéramos una sinfonía entre ambos. Yo te sujetaba los brazos, mientras no dejabas de gritar y jadear, al principio con parsimonia, pero acabando con un grito largo y profundo.

 

Terminamos sudando, exhaustos. Yo estaba sin fuerza alguna, y me tumbé en la cama, y tú al lado mío. Te acerqué a mí y te besé profundamente, como si sintiera miedo de perderte. Nos quedamos besándonos y mirándonos, sin decir nada, hasta que nos dormimos.

 

Por la manaña, antes de salir me volviste a besar. Esta vez con suavidad y prolongadamente, como queriéndome dejar tu señal para que te recordara siempre, como si olvidarte fuera posible.

 

Ni un ángel me hubiera besado con más dulzura y ternura. Sin más, regalándome una última sonrisa, te fuiste de la habitación dejándome allí solo, aspirando tu perfume, negándome a aceptar que te pudieras ir de esa forma.

 

Me levanté de un salto y me acerqué a la ventana. Al asomarme te ví como te metías en tu coche y salías de aquel lugar justo en dirección contraria a la mía. Al fondo veía el mar.

 

Anoté mentalmente la matrícula de tu coche. Mientras me duchaba pensaba en ti. No sabía tu nombre completo, no sabía donde vivías, ni tu teléfono. Pero estaba totalmente seguro de que te volvería a ver.

 

Y aquí estoy, justo un año después, contigo en mis pensamientos, y al entrar de nuevo en aquel hotel ya veo tu coche aparcado. Estoy seguro de que estás en la misma habitación esperándome. Una vez más hemos tenido el mismo pensamiento. No me ves, pero sabes que estoy sonriendo.


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