Amuleto 2

Por Cortez
Enviado el 06/02/2015, clasificado en Ciencia ficción
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Los compañeros de trabajo de Javier, no quedaron conformes con su ascenso. Y cada vez lo despreciaban más.

- No sé qué piensen ustedes - Decía Fabián a Enrique y Humberto - Pero no voy a quedarme de brazos cruzados ahora que el flaquito, es nuestro jefe. 

- ¿Qué tienes pensado hacerle? ¿Golpearlo?

- No me sirve ni para el arranque. No. Vamos a hacerle algo peor.

- No te entiendo, Fabián - Replicó Humberto - Explícate

- Vamos a dejarlo sin un centavo.

- ¿Y cómo le haremos? - Preguntó Enrique un tanto emocionado cuando supo que se trataba de dinero

- Vamos a esperar a que cobre su quincena. Luego lo seguiremos para saber la rutina que hace para cobrar. ¿A qué banco o cajero va? ¿Cuándo lo hace? ¿En qué momento lo hace? Cuando tengamos toda esa información, vamos a seguirlo. Llegaremos de sorpresa hasta él, sin darle tiempo a que reaccione. 

- ¿Lo asaltaremos?

- No, bruto. Clonaremos su tarjeta. 

- ¿No se dará cuenta?

- Para eso vamos a ir en plan de compañeros de trabajo. Lo llevaremos a tomar un cafecito...

- Entiendo - Contestó Humberto, quien ya había escuchado de estas maniobras

 Aquel día, después de haber cobrado mi quincena, fui a mi departamento. Me bañé y salí rumbo al Banco Central de Agua Dulce a sacar efectivo para saldar mis deudas y darle una parte a Mariana para nuestros ahorros. Teníamos pensado casarnos en un año. Cuando tuviéramos lo necesario para los gastos. Aunque ella trabaja en una tienda departamental, le gustaría trabajar en el Diario de agua Dulce. Y como ahora soy el Director del departamento de redacción, puedo proponerla. 

 Ni bien llegaba al Banco, me abordaron mis compañeros de trabajo, Fabián, Humberto y Enrique. Llegaron muy amistosos y me invitaron a cenar. Que no habían tenido tiempo de festejarme ahora que yo era su jefe. Por lo que no quise despreciarlos. Sólo les pedí que me permitieran hacer unos movimientos en el Banco. Dijeron que no había problema. Que me esperaban. 

Estuve con ellos un poco más de una hora. Luego me despedí para ir a encontrarme con Mariana. Le di el dinero de nuestro ahorro. Y me estuve con ella el resto de la noche. 

El domingo, como acostumbrábamos, fuimos al cine Mariana y yo por la tarde. Quise pagar con mi tarjeta las entradas y... ¡No tenía fondos! 

Y me preocupé. Por supuesto que me preocupé.

- ¿Qué te pasa? Te has puesto pálido - Me inquirió Mariana

- Rechazaron mi tarjeta...

- ¿Cómo? ¿Por qué?

- Por falta de fondos. No tengo dinero en el Banco

- Entonces no entramos al cine. Y el lunes pides permiso para ir al Banco - Trató de consolarme mi adorada novia - ¿Tienes efectivo?

En ese momento, por reflejo, llevé mi mano al bolsillo derecho de mi pantalón. Sentí el botón pequeño y junto a él, un papel que bien podría ser...

- ¡Un billete de quinientos pesos! - Exclamé en voz alta, bastante sorprendido por el hallazgo cuando por fin lo hube sacado y expuesto ante mi vista

- ¿Cómo dices? ¿Quinientos pesos? ¿Estás seguro?

Se lo mostré a Mariana. Y en silencio traté de recordar, en qué momento llegó ese billete a mi bolsillo. 

- Entonces entremos al cine ¿te parece?

- Como tú digas, mi amor

Compramos las tradicionales palomitas y refrescos, el boleto de estacionamiento e incluso unas zapatillas que le gustaron a Mariana para su madre. Total que casi nos acabamos el dinero que nos llegó por sorpresa aquella tarde. 

Cuando salimos del estacionamiento, nos percatamos de que el pequeño Chevy andaba en las reservas de gasolina. Tal vez un poco menos. Así que era posible que no nos alcanzara ni para llegar a su casa. Por lo que decidimos desviarnos hacia una gasolinera. Tal fue nuestro apuro que no recordábamos que andábamos sin dinero. 

- Oh no. Ahora recuerdo que andamos sin dinero. Creo que me quedan como treinta pesos. Y con lo cara que está la gasolina, no subirá más allá de una marca. Espero que con eso nos alcancé para llegar a tu casa. Aunque yo me tenga que ir caminando a la mía. 

Mariana me vio con su cara llena de angustia. No atinaba a decirme nada. Cuando llegamos a la gasolinera, metí la mano derecha a mi bolsillo para extraer los veinte pesos y monedas que me quedaban. Extendí la mano hacia el despachador entregando el dinero, sin mirarlo

- ¿Puede despacharme este tanto de gasolina? - Dije amablemente al señor de la gasolinera

- ¿Quiere que le llene el tanque? - Respondió con otra pregunta algo extrañado, el despachador, mientras me devolvía las monedas 

- ¿Cómo dice? - Contesté tratando de entenderlo

Fue en ese momento que vi en su mano... ¡Otro billete de quinientos pesos! 

 

A partir de entonces, dinero no nos ha faltado. Y no importa qué pantalón use. Siempre y cuando lleve el pequeño botón café en el bolsillo. Pero no es sólo dinero lo que nos da mi amuleto. Sino que revierte todo el mal que quieran hacerme. Si quieren lastimarme con una piedra, por ejemplo, me causan un bienestar. No quiere decir que se lastimen, como aquellos tipos del estacionamiento. Con los que experimenté una especie de Déjà vu que me dejó como recompensa este amuleto. Supongo que mis excompañeros, seguían tratando de que me arruinaran en mi trabajo, porque ahora soy el dueño del Diario de Agua Dulce. Tal vez alguien ha deseado que me enferme, porque gozo de una extraordinaria salud. ¿Alguien quiso que no  formara una familia? Porque ahora, tengo tres hermosas hijas con Mariana y somos muy felices. Este secreto lo he compartido con ella y ahora siento que a todos nos va muy bien.

¿Nuestra casa? Es modesta. Pero cada una de mis hijas duerme en su propia recámara. Y a todos nos gusta disfrutar de la piscina los fines de semana. Y en la cocina integral mi esposa hace maravillas con los alimentos. No nos quejamos. Pero agradecemos a quien nos haya dado este increíble amuleto de la buena suerte. 

 


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