RON DIPLOMATICO RESERVA

Por JUANCHO777
Enviado el 10/02/2015, clasificado en Cuentos
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 RON ?DIPLOMATICO RESERVA?

 

Éramos cuatro. El viejo ?Capitán Kidd?, dipsómano, el negro Charly, dipsómano, el hijo de Kidd, tonto,   y yo.

Kidd era el cocinero y su hijo  de edad indefinida era Dandy.

Era un muchacho extraño y era la debilidad del  marinero.

El padre controlaba la ansiedad y los nervios de su hijo Dandy con generosos chorros de ron en la Coca-Cola.  

Un viejo borracho y un hijo con una disminución mental eran dos de los cuatro integrantes de la sociedad de hecho.

Y la agrupación se completaba con Charly Gordon y conmigo que de ?casualidad? siempre estaba con mi petaca de ron cerca de la mano.

Eramos cuatro.

Dos borrachos; otro borracho ?casual? y un tonto con ron en la gaseosa.

Charly tenia una concesión del gobierno colombiano sobre el pequeño ?Perverse Kay?(Cayo Perversidad) del archipiélago San Andrés y Providencia y allí atendíamos todos los días a los visitantes gringos.

El negocio era una excursión diaria en mi vieja goleta-bergantín

desde la isla principal del archipiélago  hasta el cayo Perverse saliendo por la mañana y volviendo al atardecer con los visitantes.

Traíamos a los gringos por la mañana temprano y los devolvíamos con el Caribe ya enrojecido de anochecer.

La isla principal era San Andrés y desde allí venían las visitas.

En nuestra isleta los visitantes almorzaban y contábamos con equipos de exploración marina para los interesados que ya venían con entusiasmo por el mar de los siete colores, las manta rayas, los bancos de coral y el bello acuario en el mar que nos rodeaba.

El cayo Perversidad era un fantástico observatorio ictiológico que exhibía una notable variedad de peces tropicales que los juntaban las corrientes y la temperatura.

 Kidd cocinaba para los turistas pargo rojo en aceite  de coco.

Cuando el viejo lo hacia para nosotros nos complacía constantemente.

Por ejemplo arenque al jugo, anguila a la parrilla y hasta recetas del pez león.

Calamares rellenos y para algún festejo arenque a la Kidd; arroz de camarones, pescado al jerez y langostinos Santorini.

Para nosotros era un lujo y una satisfacción  la mano del viejo en la cocina y

para él un orgullo que exhibía  orgulloso y constituía su cable a tierra.

                                                                                                                                                                                                                                                                            Charly y yo éramos la otra mitad de este insólito tetra grupo y  servíamos las mesas y trasladábamos a los parroquianos al cayo con mi vieja ?Alondra? de tres palos.

Dandy lo único que hacía era apedrear a los cangrejos a mi pesar y  Gordon era el titular de la concesión.

Tenía el negro Gordon un recuerdo grato de mi llegada porque casi le había exigido ?por simpatía-  que aumentara el precio de la porción de pargo de un dólar a cinco.

Y todo resultó muy bien; yo había producido una suba muy apreciable en el producto sin aumentar los costos, y el negro muy contento, me miraba como a un mago de las finanzas.

El viejo Kidd dijo en ese momento con ironía que yo era  argentino y tenia experiencia en la cuestión, según los periódicos, claro. 

Y yo preferí no responder nada para evitar cualquier roce con el hosco marinero.

Estando en una oportunidad los cuatro sobre la ?Alondra? acudí a un pedido de socorro por radio y nos alejamos varios kilómetros de la senda rutinaria.

Una traicionera y violenta tempestad tropical nos atrapó estando en esa diligencia y mi amada ?Alondra? tuvo que sucumbir. A duras penas pudimos salvarnos los cuatro en una chalupa que llego a la playa destrozada.

 

 

 

 

Le cantaba el negro Charly a la madona de los náufragos

con nuestro coro y todos batiendo palmas en la

inmensidad de la bóveda  celestial con el escenario  del indiferente mar.

Y hubo mas de una agradecida plegaria saludando la gloria de San Erasmo.

Yo sabia que estábamos en un pequeño islote desierto del archipiélago.

Habíamos tenido harto suerte no solo por lo pasajero de la tormenta, sino también por encontrarnos con la isla de pronto, y porque en un chaleco inflable teníamos  conservas y varias botellas de agua mineral.

Y para beneplácito de todos otro chaleco con varias botellas de ron  ?Diplomático Reserva?, nada menos.

Por mi parte me había ocupado de rescatar los antibióticos que pude, ya que era la medicina mas importante en esa circunstancia en un ambiente tropical.

El que haya probado el jugo y la pulpa de coco , o ?jugo de pipa?, como allí lo llaman, sabe que al muy poco tiempo es incomible y que lo rechaza el organismo hasta el vómito.

A las pocas horas tuvimos necesidad de comida; de nuestra sed se ocupaban el ron y el agua , pero hete aquí que la desgracia surgió.

Un hecho insólito ?muy extraño- nos tenia desconcertados;  cuando recurrimos a la necesidad de un abrelatas, tuvimos la desagradable noticia de que no existía ninguno cerca nuestro.

¡No había un abrelatas en muchos kilómetros a la redonda!.

Tampoco disponíamos de herramientas ni de objetos punzantes metálicos y ni siquiera tuvimos la fortuna de contar con  nuestros cinturones porque utilizaban un sistema de cierre distinto a la hebilla y no contaban con la púa de ajuste.

Era una isla muy pequeña ?un cayo- que si bien se apoyaba en un fondo de piedra,  en su superficie era una acumulación de barro y de arena donde no era posible hallar elementos líticos cortantes.

No habíamos hecho ningún curso de supervivencia y supongo,

solo supongo, que nos hubiera sido difícil tratar la cuestión de los abrelatas.

Reitero , solo supongo.

Al otro día era mas ostensible la gravedad de la cuestión.

Sofocábamos  la sed  con ron y agua y para el aumento de la sed mas ron con agua.

Ya con un grado molesto  de pesadillas por el hambre, llegó un barco de rescate.

Estando a salvo comidos y bebidos, charlábamos con el  Capitán en cubierta sobre los variados lances  de nuestro naufragio; la inesperada tempestad que nos acometió, nuestra buena estrella para encontrarnos con el pequeño cayo al toque,  y la tremenda ?mufa? por el disgusto del los abrelatas extraviado.

Y entonces sucedió el hecho más insólito que podía esperarse.

¡El tonto de Dandy, con una sonrisa satánica en sus labios, mostraba un abrelatas!.

El capitán del barco de rescate nos miraba incrédulo.

Era para el increíble tanto descuido en el trato del control de los alimentos.

Yo temblé de indignación, de rabia y de impotencia.

Tenia alguna responsabilidad el viejo Kidd?

Todos sabemos que en el mar el control del agua y de la comida es poder.

Y vaya saber que ideas cruzaban por la cabeza de ese viejo marinero asustado por su edad y dependiente de la vida indefensa de su hijo.

 O estas elucubraciones surgían por ideas paranoicas.?

El padre miró con una sonrisa enigmática y con un tono que no admitía de ninguna manera culpa para su hijo Dandy, Expresó??es el misterio de las cosas inanimadas?.

Mas allá de las disquisiciones  de algún griego, de las imaginerias de algún poeta surrealista es cierto que la neurobiología se interesa por el ?alma? de las cosas aparentemente inanimadas.

Y hay muchas referencias a la desaparición de objetos domésticos de los que jamás hubo una explicación.

 La enigmática sonrisa del viejo podía tener muchos significados.

Acaso los abrelatas desaparecido tenia explicación?.

A veces - si de acuerdo al mito- ocurren algunas circunstancias extrañas no es tanto por el misterio de las ?cosas inanimadas?, sino mas bien por la voluntad de quien dirige la mano que las anima o las desanima.

 

Entonces oímos un lamentable comentario de un tripulante;

¡No se preocupe, capitán, es cosa de borrachos!

 

?y yo me quede pensando?

??????????????????..


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