En la playa 7

Por Leo Macarrón
Enviado el 17/02/2015, clasificado en Adultos / eróticos
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Mientras conduzco por la carretera, veo como la luz del día se esconde. Me he sentido muy mal por dejarla allí sola, pero creo que eso la habrá impresionado. Puede que incluso más que el hecho de haber entrado en la habitación.

 

Tuve que interrumpir de improviso cuando recibí el mensaje para que fuera a la obra. Ella evidentemente no se ha dado cuenta, pero me he servido del aviso para irme de esa forma, dejándola impávida, quizás enfadada.

 

Lo de los azotes creo que también habrá ayudado algo. No puedo evitar una sonrisa al pensar en la cara que pondrá cuando vea lo que realmente es el cuarto, pero está tan obsesionada con el libro ese que me contó que había leído, que pensé que estaría bien montar esa pequeña escena.

 

El camino que tengo que recorrer es corto, pero no puedo dejar de pensar en ella. No dejo de admirar la decisión que muestra siempre en todo a pesar de que cree que soy yo el que la dirijo, pero en realidad ella me va marcando las pautas a seguir.

 

La veo tan vulnerable pero a la vez tan segura que soy yo el que se siente indefenso ante ella, el que me despojo de todo prejuicio e intento con todo mi corazón procurar que se sienta especial cuando está conmigo.

 

Sé que cuando estamos juntos se siente deseada, porque a pesar de ser tan guapa hace mucho tiempo que dejó de creerlo, demasiado diría yo y ya es hora de que vuelva a pensar en ella.

 

Ya veo las luces y a Guillermo el capataz haciendo señales para que pare. ¿Qué habrá pasado para que me llame de esa forma?

 

 

(Unas semanas después)

 

Acabo de recibir su nuevo mensaje. Llevo ya tres semanas sin tener noticias de él, después de cómo me dejó aquella tarde. Se fue sin decir nada.

 

Nunca lo había hecho y por eso no puedo decir que no me incomodara. Sin embargo desde entonces no he dejado un solo minuto de pensar en cuándo me volverá a llamar.

 

El mensaje es escueto: "Te espero mañana a las tres en el restaurante del hotel Plaza."

 

Viene acompañado de una foto. Solo se ve un trasero azotado, pero sé que es el mío. No puedo evitar estremecerme al verlo y recordar los momentos vividos en el último encuentro.

 

A continuación escribo el mensaje que le voy enviar:

 

"No podemos quedar en un sitio público porque estoy segura de que ocurriría aquello que tanto anhelo pero que a la vez tanto temo.

 

Seguro que te acercarías a mi con cualquier excusa y me besarías en la mejilla, y que ese recatado gesto iría acompañado por un imperceptible, para todos menos para mí, roce de tu mano con mi cuerpo, que haría que se me erizase hasta el último y más escondido de mis vellos.

 

Me hablarías de asuntos insustanciales, intentando hacer que me confiara antes de acercar tus labios a mi oído y susurrar que me bajara las bragas.

 

Y mientras me lo sugieres, con tus dedos las tocas por encima de la falda, como si con ese gesto quisieras decirme que te obedezca tan rápidamente posible como el temblor de mis piernas me permita.

 

Disimulo cuanto puedo mientras intento bajarlas, con mis manos por debajo del mantel, sin que los demás se percaten de lo que hago. Entretanto me miras sonriente, sin perder detalle de lo que hago.

 

Antes de que lleguen al suelo, ya siento la humedad de mi sexo que se acentúa al ver como te agachas y miras entre mi abierta entrepierna.

 

Oigo tu voz como muy lejana, diciéndome "te gusta, ¿verdad?" ¿Por qué me preguntas si sabes la respuesta?. Doy un sorbo a mi coca cola, tratando de recuperar algo del aliento perdido. Debo estar chorreando.

 

Con mis bragas en las manos te diriges hacia el fondo del local, y yo, como si hubiera recibido una descarga eléctrica en ese momento, te sigo como una perra en celo.

 

Definitivamente no puedo verte. No, no soy lo suficientemente fuerte."

 

Me quedo unos minutos leyéndolo antes de mandarlo. Finalmente, lo borro y escribo: "Allí estaré mi amor".Y esta vez sí le doy a enviar, mientras pienso qué nuevo desenfreno me tendrá preparado.


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