Los Inusuales. (Parte 2)

Por Joakinmar
Enviado el 27/02/2015, clasificado en Terror
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El resto del camino lo hicimos en silencio. Yo no dejaba de mirar a ese hombre. Aunque aparentase no ser más que un disfraz, sus pintas le daban un aire muy realista. Llegamos a la casa donde todo estaba decorado con calabazas, fantasmas sonrientes de papel colgados de largas cuerdas y demás parafernalia hallowennesca. Al tocar la puerta, una bruja nos dio la bienvenida. Al ingresar al salón vimos este repleto de gente. Iban disfrazados de todo tipo de monstruos y criaturas de terror. Vampiros, hombres lobo, zombies y demás fauna habitual de la Noche de los Muertos. Solo algunos espontáneos decidieron ponerse disfraces de distinta temática.

Por supuesto el psicópata se convirtió en el centro de atención. A la luz, pude ver su atuendo en mejor detalle. La máscara y parte de su ropa parecían sucias, llenas de tierra y hojas secas. La bolsa de papel estaba llena de mugre y el machete?. Juro que casi se me salían los ojos de las órbitas. Si ese pegajoso líquido rojo no era sangre entonces ese tío era un artista del disfraz. Todos le rodearon. Los chicos le felicitaban y las chicas se mostraban muy interesadas en él. Muchos se echaban fotos con sus móviles al lado del inusual invitado. Inusual. Así es como mejor podría definírsele. A él, y a sus amigos cuando apareciesen. Los Inusuales. Sonaba tan ridículo como aterrador. El titulo perfecto para una película de miedo barata.

Como fuere, decidí ignorar todo y centrarme en Armando. Allí estaba con un disfraz de Spiderman. Tan mono. Me dejé atrapar por sus lanzarredes y fuimos a bailar. La música que sonaba era bonita. Nos abrazamos, pasando mis manos por su espalda y el deslizando las suyas por mi cintura. Me dijo que estaba preciosa. Yo le contesté que venía así para él. Se subió la máscara hasta la nariz. Quería darme un beso. Que mono. Lo pensé sin dudarlo, y mientras dábamos vueltas, le besé. En ese instante, fue como si todo desapareciese. La gente, la fiesta, el psicópata. Solo estábamos él y yo. Besándonos tan ricamente al son de aquélla pausada música. Nada podía estropear ese momento. Como dije ?Esta es mi noche?.

Pero todo lo bueno se puede esfumar en un solo momento y como un mal augurio, un súbito pitido interrumpió nuestro hermoso idilio. Alguien tocó varias veces al timbre. Armando, como buen anfitrión que era, decidió ir a abrir la puerta. Me sentí un poco molesta por ello.

Entonces, vi como el inusual dejaba sobre una mesa su bolsa. Sentí curiosidad por ver que había dentro. Me acerqué y mientras él se daba la vuelta, miré en el interior. Lo que vi? Aun latía. Eso creía yo, pero no era médico. La sangre salía por las arterias y el hedor fresco que desprendía indicaba que acababan de sacarlo. El corazón parecía un grotesco trofeo de caza.

Iba a gritar, pero no hizo falta. El estridente chillido de mi hermana se unió al de  muchos que vinieron detrás. Me di la vuelta nerviosa, temiendo lo que iba a pasar. En el suelo, estaba Armando con una flecha clavada en uno de sus ojos, justo en una de las lentes blancas que ahora estaba teñida de rojo. De la puerta entreabierta comenzaron a entrar varios tipos. Con mascaras blancas eran idénticos al invitado inusual. Portaban en sus manos toda clase de armas. Palancas, cadenas, hachas, bates de beisbol. Uno llevaba incluso una motosierra. Siete en total.

Alguien me agarró con fuerza de la cintura y noté el afilado filo de un machete en mi cuello. Al girar un poco mi cabeza pude ver su inexpresivo rostro pálido. Sus ojos, vacíos de vida, me miraban fijamente.

Te lo dije. Esperaba a unos amigos- dijo con voz siniestra-. Ahora es cuando empieza la fiesta.

Los gritos se mezclaron con la música en un estruendoso coro. Los adornos se tiñeron de espeso color rojo, dándoles un toque macabro. Sombras se proyectaban en los cristales de las ventanas y en las paredes de la casa, participando en perversos y horribles juegos.

?Esta es mi noche?. Eso me dije. Y en verdad era así. Pues él me había elegido para que viera como seria la masacre de este año. El había decidió que yo fuera testigo de la fiesta que los Inusuales celebrarían. Y lo recordare. Para siempre.


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