¿Quién escondió mi pez dorado?

Por LF
Enviado el 25/03/2015, clasificado en Cuentos
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Luces, un estruendo sensacionalmente coordinado, inmensidad. Dónde vagan los sueños, ahí en la oscuridad del subconsciente una pasión excesivamente salvaje trae imágenes inexplicables. Un alarido profundo llama desde el fondo del mar, con una melodía de por sí armoniosa que combina los placeres de ser y pertenecer a una increíble soledad. Escondiéndose tras una belleza jamás vista, colocando cada pieza en un camino sin tristezas, conquistando la divinidad con cada paso adelante. ¿Acaso eres tú, ilustrando mi silueta en esta agua turbia? La perfección que contempla tus movimientos dejan perplejo a cualquier mirada atenta. ¿Eres acaso el reflejo de lo que nunca llegaré a ser? Incrédulo por la genialidad de tus curvas, me obligo a contemplar tu plenitud como si fuese parte de tu cuerpo.

    Una lluvia de estrellas nos ataca, la noche no nos teme. El inicio de la perdición es una llamada de atención. No hay lugar en dónde esconderse cuando se derrumban las ilusiones, el peor refugio es la comodidad. Una alianza que contemplan solo nuestras mentes impide el hundimiento total, si aquí y ahora somos el reflejo de un simple ser, ¿Por qué no mirar de lleno al amanecer? Combinando posturas abstractas, conectando los pensamientos a través de un poder caótico próximo a estallar. Si aquél que veo allí soy yo, ¿Por qué cada vez se aleja más y más? Dirigiendo nuestra carrera hacia una luz que parpadea, llenando de incertidumbre un momento de puro placer. La silueta ya no está, la confusión toma posesión y el agua que nos permitía movernos sin temor alguno comienza a descender. Tú mirada, penetrante y sombría es seca como una hoja vieja. Si hay una sola salida, solo uno logrará cruzarla.
    
    Un reloj de arena marca el comienzo del final, la carrera había comenzado mucho antes de que yo pudiera darme cuenta. El camino ahora sin agua era temerario y sin luz. Tu figura descollante ahora tan solo se distinguía entre un humano y un pez. La luz que parpadeaba era incesante y cada vez mas fuerte, logrando llamarnos la atención. El silencio reinaba, a pesar de la velocidad de nuestro tranco. Nuestras vidas pendían de un hilo. Cruzar hacia la tenebrosidad fue el castigo del egoísmo mutuo, no supimos conectarnos. Verme frente a frente con mi alma gemela no hizo más que asustarme hasta la muerte.

   

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