La verdad oculta del ultimo templario 1ºPARTE

Por Piculino68
Enviado el 31/03/2015, clasificado en Varios / otros
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El sonido de un trueno me hizo despertar de mi letargo. La mazmorra donde me consumía  y mis esperanzas de salir de ella, se habían reducido a cenizas. 

  El pequeño hueco que daba al exterior, me dejaba entrever una montaña. Veía como el agua golpeaba con fuerza en la ladera y la humedad calaba en mis huesos. Ya casi no me sentía vivo. Mis pensamientos se abandonaban a lo peor. Los recuerdos de aquel feroz guerrero, temido en todos los confines de la tierra, se desvanecían con los años y las gentes de aquel lugar, que tanto me temían y respetaban, ahora se acercaban envalentonadas al pie de la torre a increparme con sus bravuconadas.

  Aún tenía grabado a fuego en mi pecho la cruz templaria, por la que tanta sangre derrame en nombre de dios, pero aún era peor el saber que la armadura con la que combatía, soldada a mi, en una sola pieza para evitar que me pudiera deshacer de ella, estaba corrompiendo mi cuerpo y bajo ella, la putrefacción de mis propias heces. Mis carceleros se mofaban, me decían que ningún preso tomaba tan ricos manjares y recibía tan delicados cuidados.

  Y en verdad era así, las comidas eran copiosas y curaban mis heridas a diario para evitar que muriera, tan sólo se ocupaban de mantenerme con vida el mayor tiempo posible para goce de mis carceleros.

  No se que pecado cometí o a quien mis ofensas le infringieron tal daño que se vio obligado a hacerme esto en vida. Espero que dios perdone sus barbaries, como tengo a buen seguro perdonará las cometidas por mi en su nombre, aunque llevadas a cabo por mandato de un hombre, que ahora dudo que fueran actos nobles y guiados de la palabra de dios.

  Mis sueños eran interrumpidos constantemente, tan sólo cuando me desvanecía, me permitían descansar para evitar males mayores. Mis fuerzas seguían intactas, por lo que me tenían atado a la pared por uno de mis pies, sabían que si fuera de una mano, ya me la habría cortado y habría emprendido la lucha por escapar , pero si me cortaba un pie, no podría caminar. Así me veía obligado a permanecer a su merced.

  Yo era un tipo alto, fuerte y robusto, de tez morena y ojos negros como el azabache, mi mirada y sus leyendas recorrían el mundo, se decía que era la mirada de la muerte, porque donde fijaba la mirada clavaba mi espada, de echo alguna de mis mejores conquistas fueron las más fáciles, porque mis oponentes se enfrentaban a mi con una venda en los ojos.

  De repente, una voz familiar me sobrecogió. Hacía años que no la escuchaba y me trajo de nuevo consigo la esperanza. Era Maese Freire, de la orden de Santiago. Nada más verme ordenó mi pronta liberación.

Maese Freire era un hombre entrado en años, delgado hasta el extremo y las cuencas de sus ojos parecían vacías, pero tenía un corazón enorme y su deterioro era debido a una enfermedad pulmonar que apenas le dejaba respirar.

  Mis carceleros no se atrevían a soltarme, el Maese les amenazó con ocupar mi lugar sino me soltaban de inmediato y nada más verme libre la emprendí con mis carceleros. La rabia contenida se desató y sino es porque el Maese se puso delante, los hubiera matado allí mismo.

  Caí de rodillas ante el y con la voz aún quebrada por la ira, le pregunté quien era el responsable de tal bajeza hacia mi persona, quería vengarme y quitarle la vida, pero no le haría sufrir, ya aprendí de mis errores en este tiempo y se que no debo clamar venganza, sino justicia.

  Mientras salíamos de la mazmorra, la guardia personal del Maese, cortaba las lenguas de mis carceleros, para evitar que difundieran mi salida de allí, me subieron a un carruaje cerrado y mientras me despojaban de mi cárcel personal, mi armadura, el Maese me relataba el porqué de mi encierro y mi misión para deshacer este entuerto.

  Llegamos a Santiago tras un largo día de camino y allí me tenía preparado alojamiento y un baño caliente. También habían a mi disposición dos doncellas que me asearon y curaron las heridas provocadas por el contacto constante con aquella armadura. 

  Las llagas de mi piel no eran tan intensas como las que en ese momento tenía en mi corazón. Me aseé y bajé a ver a Maese Freire para seguir escuchando sus argumentos y clamar justicia por la muerte de mis hombres a manos del Cardenal Rodrigo de Borgia, pero cual fue mi sorpresa al saber que había sido nombrado Papa y tenía demasiadas influencias como para llegar a él y poder hacer justicia.

   Ahora se le conocía como el Papa Alejandro VI, el muy canalla, hasta me había usurpado mi nombre.


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