PROYECTO

Por Dorvas
Enviado el 01/08/2015, clasificado en Adultos / eróticos
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Cuando entré en la oficina de promoción, los zapatos de tacón estaban sobre la mesa y ella inclinada sobre unos planos dejando ver, a través del escote, la redondez de sus senos enfundados en el encaje negro del sujetador. Me miró con una amplia sonrisa en aquellos excitantes labios.

-¿Ya estás aquí? Mira, revisa estos planos. Hay algo que quiero comentarte -dijo sentándose sobre la mesa para colocarse los zapatos, volviendo a mostrar los muslos que la corta falda desnudó por completo.

Ocupé su lugar inclinándome sobre los planos. Si. Ya veía lo que quería decir.

-¿Lo ves? -preguntó apoyándose sobre la mesa con el codo y girando el cuerpo hacia mí con lo que ahora tenía una visión panorámica de su escote y de sus piernas. Mi pene, naturalmente, acusó el impacto y ya amenazaba con hacer saltar la cremallera.

Se levantó, se colocó detrás mío, apoyó una mano en mi hombro y se dejó caer sobre mi cuerpo al inclinarse a revisar de nuevo los planos, haciendo descansar un pecho sobre mi espalda.

-Aquí. ¿Lo ves? ¿quién ha ordenado modificar esas medidas?

El contacto, el calor, el aroma de su cuerpo; el roce de su pelo y el tibio aliento sobre la oreja, hicieron que mi respiración se entrecortase y que mi calor corporal subiese notablemente. Me revolví inquieto.

-¿Qué ocurre Juan Luis? Te noto raro. ¿Estás enfermo?

Estiró de mí y me tocó la frente. Un ligero temblor recorrió mi cuerpo.

-¡Huy, huy...! ¿No tendrás fiebre?

Me rozó la frente con los labios y entonces lo vio. Sus ojos se clavaron en el bulto que lucía en la entrepierna.

-Esto -dijo colocando una mano sobre él- no será por mi ¿no?

-Lo siento -contesté rojo como un semáforo- yo...

-No, no lo sientas -añadió un tanto azorada- Yo, a veces, no soy consciente del efecto que puedo provocar y tú, por más y mejor ayudante que seas, no dejas de ser un hombre -recalcó apretando un poco la mano y poniendo un ligero beso en mis labios- ¿Puedes guardar los planos?

Recogí los planos y se los di. Los dejó en una esquina y colocó ante mi nariz sus bragas mojadas.

-¿Hueles? También yo soy mujer -dijo tomando mi cara entre sus manos y devorando mi boca con sus húmedos, carnosos y ardientes labios.

Desabroché su blusa. Se la quité, desnudando unos pechos de tamaño medio de piel tibia y suave en los que hundí mi cara para satisfacer a los duros pezones que, descarados, desafiaban a mi boca. Los besé, lamí y mordí mientras mis manos desabrochaban los cierres de la falda que cayó al suelo dejando a mi jefa totalmente desnuda entre mis brazos. El olor a sexo se iba apoderando de nuestros sentidos. Me hizo tumbar de espaldas sobre la mesa, las piernas colgando y el falo, recto y duro, apuntando al techo. Se inclinó y lo tomó en su boca.

-Uffffff!!!!! Ahhhhhhggg!!!! ¿no... te...teeenías una re...uunnión...?

-Queda pofpufta pof ugggencia pefgsonaff -contestó como pudo sin soltarlo.

Lo sentía entrar hasta lo más profundo de su garganta, la saliva resbalando por el tronco. La calidez y la humedad de aquella boca, me estaban proporcionando un placer sin medida pero me hacían pensar en otra oquedad, en otra calidez, en otra humedad. Mi miembro cabeceó descontrolado y ella, al notarlo, se retiró. Derramé mis jugos a borbotones sobre sus pechos. Se subió a la mesa y se sentó sobre mi pene introduciéndolo  hasta golpear contra el final de su gruta, cabalgando sobre él con un frenesí loco en tanto se masajeaba las tetas extendiendo por ellas mi crema para llevar luego los dedos a su boca lamiéndolos con verdadero placer, los ojos desorbitados.

Aunque mi pene había perdido parte de su dureza, dada la excitación de ella, habría podido alcanzar el orgasmo con facilidad pero inesperadamente, se bajó de mi y tumbándose en la mesa, me ofreció su vagina abierta y rezumante.

-¡Quiero tus labios y tu lengua en ella! ¡Quiero vaciarme en tu boca! -exclamó entre jadeos.

Metí la cabeza entre sus piernas con las manos aferradas a los muslos. Besé, lamí, mordí los labios, el clítoris... introduje mi lengua entre aquellas paredes de fuego. Gemía, chillaba, se retorcía de placer apretando mi cabeza contra aquel volcán cuyo calor la estaba abrasando por dentro. Tensó su cuerpo, toda su energía dirigida a aquel punto, toda su esencia acudiendo a mis caricias. Me aferre a sus caderas, estiré de ella para introducir mi lengua en el profundo manantial y, entonces, con un gemido seco y desgarrador, estalló en mi boca regalándome un chorro de néctar que me atragantó. Me acogió sobre su pecho bebiendo de mi boca sus propios jugos mientras su cuerpo aun temblaba en espasmos de placer.

Ya, más relajados, miró el reloj.

-¡¡Dios!! ¡¡Llevo una hora de retraso!!

-Si... jefa.

-¡Pero ha sido genial!

-Si... jefa.

.../...


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