Sígueme

Por Lalo_
Enviado el 08/09/2015, clasificado en Adultos / eróticos
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No pensaba en nada, sólo me limité a seguir mis impulsos, como un autómata. No atendía a razones, ni estudiaba las catastróficas consecuencias que acarrearía mi propósito. Y mejor, porque toda lógica aplicable en ese momento tumbaría mis intenciones. El plan no tenía ni pies ni cabeza, ni siquiera creo que a aquello se le pueda denominar plan, pues no fue más que la realización de mis impulsos más primarios.


Había acabado la clase, y ahí estaba ella, como siempre, recogiendo sus cosas, dispuesta a abandonar el aula como cada día. No era la vez que más guapa estaba, pero no me importó. Me había resuelto a materializar aquella fantasía a la que tantas vueltas le dí. Era el momento de hacerlo. No podía posponerlo más.


Ni siquiera había terminado de guardar mis cosas, pero no pude contenerme. Salí a la puerta del aula, y, con una determinación más propia de un lobo hambriento que de un ser racional la miré a los ojos y la solté: -Sígueme-. Acto seguido la agarré de su brazo, y me dirigí sin titubeos al lugar en el que había fantaseado la escena.

Ella parecía no entender nada, como es lógico dado lo absurdo de la situación; sin embargo, no opuso resistencia. Se limitó a seguir, sumisa, mi indicación. Durante el largo pasillo no aparté ni un instante la mirada de mi destino, no titubeé, no mostré ninguna inseguridad o flaqueza. Lo tenía todo muy claro y no quería que nada me frenase. A fin de cuentas, llevaba deseando aquello mucho tiempo. Unos 4 años, el tiempo que hacía desde que conocí a Inés. A ella me unía una relación de amistad, por más que nos hubiésemos enrollado alguna noche puntual en cualquier garito de la capital exaltados por el alcohol. Pero aquel día era diferente, algo me lo decía y yo estaba dispuesto a conocer donde estaban mis propios límites.


Ya casi habíamos llegado. Durante nuestro paseo forzado por el solitario pasillo, Inés me preguntó desorientada: -¿Qué haces?, ¿dónde vamos?- no obtuvo respuesta. El hecho de que no me hubiese frenado en seco, o hacer el menor ademán de zafarse de mi insistente mano me envalentonó. Me dio más confianza, si cabe, para mi ya agrandado ego. Por fin, y asegurándome de que nadie nos viera, decidí abrir la puerta. Su rostro era la expresión de la confusión y, por qué no decirlo, de la atracción hacia lo desconocido. Inés estaba totalmente descolocada, no entendía nada de lo que ocurría, y, precisamente por eso, entró sin rechistar. Inmediatamente hice lo propio y cerré la puerta con el pestillo interior. Aquel baño para discapacitados físicos era frío, espacioso y tremendamente limpio. Parecía que tenía muy poco uso. Estaba ubicado en una zona poco transitada de la universidad, alejada del barullo juvenil, casi al final de todo el campus. No parecía que fuésemos a molestar a nadie, o peor, que alguien tuviese curiosidad por el espectáculo quee estaba a punto de acontecer.


Tras cerciorarme de que había cerrado bien, me giré resuelto hacia ella, que me miraba ojiplática, entre asustada y expectante por lo que habría de ocurrir, como un niño que se tapa los ojos con los dedos dejando hueco para ver la escena de terror. Mi paso decidido hizo que ella retrocediera hasta la pared, viéndose acorralada por mí. Me acerqué lo más que pude a ella, notando el contacto de su chupa de cuero con mi jersey gris. Advertí su acelerada respiración y su total inquietud por la situación, que se acrecentó cuando con mis manos decidí desabrochar el botón de su vaquero y bajar la cremallera. En aquel momento ya me encontraba muy excitado, y pronto supe que ella también, pues al bajar su pantalón y sus bragas hasta las rodillas, noté muy húmedo su sexo. Sin mediar palabra ninguno de los dos, repetí el mismo procedimiento con mis vaqueros y calzoncillos, y fácilmente extraje mi ya erecto miembro, para empezar a penetrar a Inés ahí mismo.


Fue todo muy repentino, no pasaba ni un minuto desde que la había agarrado del brazo en la puerta de clase y ya estaba follándome a aquella muchacha a la que tantas noches hube deseado. El improvisado escenario no invitaba a la pasión en un primer momento, pero lo cierto es que, quizá por lo extravagante de la situación, ambos estábamos bastante excitados.
Desde un primer momento yo asumí el rol de dominante, mientras que ella aceptaba su papel de sometida. Su cazadora de cuero poco le duró encima, y del estorbo que suponía su camiseta ya me encargué yo con mis ansiosas manos, que acariciaban sus no demasiado grandes senos. Ella se limitaba a agarrarme la espalda con violencia, la misma que estaba empleando yo en cada acometida. De vez en cuando, de su boca salían tímidos gemidos, que, en mi oído, sonaban a música celestial. Pero aquella escena era Rock and roll. No había diálogo ni muestras de ternura reservados a los polvos convencionales. Esto era sexo sucio, impuro, frenético.


Cuando me percaté de que Inés pronto tendría un orgasmo, y de que así me lo haría saber a través de un ruidoso gemido, opté por taparle la boca con mi mano agarrándola con cierta violencia la mandíbula, impidiendo de este modo que un alarido delatase aquel tórrido encuentro en un baño del último pasillo de la facultad. Así que Inés no tuvo más remedio que tragarse su propio gozo, pese a sus intentos de exteriorizarlo.


En el momento climático del apareamiento, decidí sacar mi mienbro de aquel mar de fluídos, para girar su cuerpo por completo y doblarla por la cintura, viendo los detalles más íntimos de aquel culo que me volvía loco. Se la volví a meter por el mismo orificio, que a estas alturas ya estaba dado de sí y empapado, en un movimiento que pareció excitarla aún más, y pronto empecé a repetir el proceso iniciado anteriormente.

En esas andábamos los dos; ella, apoyando las manos en la taza de loza y con el culo en pompa; yo, de pie, con los vaqueros por los tobillos y absorto de todo cuanto ocurriera ahí fuera. Los dos habíamos perdido nuestra condición de sujetos racionales para convertirnos en animales, sin ser conscientes de lo incorrecto y lo impúdico que resulta follar en un baño para discapacitados, pero en aquel momento no estabámos para actuar en función de los principios sociales más elementales.

Cuando noté el inequívoco cosquilleo que precede a la eyaculación, y percatándome de que lo estabamos haciendo sin condón, me separé de Inés y tuve la delicadeza de apuntar a la pared y correrme sobre los azulejos. Todo un gesto de caballerosidad por mi parte. Embriagados, sudados y aún aturdidos nos miramos con cara de exaltación por lo ocurrido. Inés soltó un "joder" que me invitaba a que hiciese un comentario sobre el panorama. No acerté a decir nada. Ni un chascarrillo, ni una broma. Nada. Tenía poco que decir. Aquello había cumplido con creces mis expectativas, esas que yo mismo califiqué como utópicas. Cogí papel higiénico, me limpié cuanto pude y me subí los pantalones.


-Vuelvo a clase, aún no he recogido mis cosas.- Sentencié.

Y me fui.


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