Que no falten las caricias

Por Isabel A. G.
Enviado el 30/09/2015, clasificado en Adultos / eróticos
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En postura horizontal como es habitual y con el cuerpo semidesnudo, esperé que llegaras. Me pediste que colocara las manos detrás de mi cabeza y me relajara. Decidí apartar de mi mente el estrés de una dura jornada de trabajo, tomarme unos minutos de relax y dejarme llevar. Tan pronto cerré los ojos, mis pensamientos comenzaron a fluir con toda libertad.

Una bofetada de frío se abalanzó sobre uno de mis pechos. Pude sentir un leve escalofrío recorriendo todo mi cuerpo. “Que poca delicadeza”, pensé por unos instantes. Sin embargo, pronto llegaron las caricias. El cuidado, el mimo y la suavidad con la que se deslizaban, despertaron en mí una leve sonrisa a la espera de que llegarán más. Advertí que no querías perderte detalle alguno y te fuiste recreando en la forma de mi seno, en cada rincón. Al rato, ya no te bastaba lo superficial, querías más, necesitabas sentir la profundidad y poco a poco tus caricias se fueron intensificando. Apretabas con fuerza, sin ser del todo doloroso, a cada instante que pasaba, resultaba más y  más placentero. Ibas de un lado a otro, incrementando el ritmo de mi corazón; subías de arriba a abajo, agilizando el paso de la sangre por mis venas; girabas en círculos,  haciendo que mi temperatura se elevara en contraste con aquellas frías caricias; te recreabas con el pezón, haciendo saltar la chispa que electrizara el bello de mi cuerpo, mientras, mi sexo sudaba en calor. No querías desatender el otro pecho gemelo, así que le colmaste de los mismos mimos. Tras escasos segundos, mi atención se dirigió a esa encrucijada centímetros más abajo. Me sentía como un  volcán a punto de erupcionar en las profundidades del mar. La lubricación era suficiente, pero en un afán por que la inmersión no fuera dolorosa, añadiste una pequeña cantidad de cierto fluido viscoso antes de introducir ese aparato que tan bien sabes manejar y tanto gusto me da. Un ligero gemido en silencio se oyó en mi cabeza, cuando te hiciste paso por aquel túnel, donde la única salida era la propia entrada. Debía estar oscuro, aún no sé qué buscabas, pero a cada paso que dabas con aquel miembro tan rígido, te estrellabas de bruces con las paredes más íntimas y ocultas de mi cuerpo.  Yo encantada de que siguieras con la búsqueda, la pena fue cuando abrí los ojos y oí tus palabras:

-Está todo bien. Al salir, pide cita para una mamografía y cuando estén los resultados, vienes y te hago la citología.


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