El banquete

Por César Cibeles
Enviado el 27/11/2015, clasificado en Varios / otros
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Creedme si os digo que siquiera Júpiter, portador de la égida, hubiera construido tan monstruosa obra. Las paredes tiemblan bajo los pies de una plebe, que está deseando mi muerte. Cándidas almas que olvidan sus míseras vidas durante unas horas disfrutando del sufrimiento ajeno. El emperador los distrae con juegos auspiciados por Marte. Y estoy yo bajo sus pies, bajo los muros de esta colosal obra del hombre, que aloja cincuenta mil gargantas en sus escalones de piedra.   

Fui arrancado de mi patria, donde fui rey. Pertenezco a un linaje que comenzó antes de que Saturno gobernara a los Dioses, y sin embargo, he sido reducido a la esclavitud, y en el día de hoy me darán muerte.    Este imperio insalubre, que toma lo que le place, irrumpió en mi vida y la corrompió. Conocí entonces el desierto, el agua salobre del mar, los verdes y fértiles campos, y finalmente la oscuridad de la mazmorra. En las tinieblas he estado esperando mi momento. Pero antes de entregar mi vida, regaré la arena con la sangre de mis enemigos y arrojaré sus vísceras, todavía palpitantes, a los pies del altivo emperador.  

Ya puedo verlos a través de los huecos del rastrillo. Sus armaduras plateadas reflejan los rayos de Titán, y los filos de sus armas apuntan hacia mi calabozo. Parecen confiados, seguros de sí mismos, pero yo conozco la verdad de sus almas. Desean que les dé muerte.  

El sonido de unas cadenas acompaña al estruendo de la plebe, que se ha puesto de acuerdo para gritar a una vez. El rastrillo se eleva por encima de mi cabeza y por fin puedo mirarles a los ojos. Doy unos pasos y piso la arena. Está caliente, puedo sentir como quema mis pies descalzos. La algarabía del público es ensordecedora, desearía cortar sus gargantas para que enmudecieran, pero debo concentrarme. Veo el sudor cayendo por las frentes de mis rivales. El metal debe de estar quemandoles la piel.   

Comenzamos un baile ritual. Les rodeo dando pequeños y cautelosos pasos mientras ellos van girando sobre sus pies sin apartar la vista ni por un segundo de mí. Huelo su miedo y el público comienza a impacientarse con ellos. Pronto cometerán un error.    ¡Por Júpiter! ¡Ha llegado mi oportunidad! Lanzo el más poderoso de mis rugidos y de un salto me arrojo sobre mi primera víctima. Desgarro sus músculos con mis fauces sedientas de sangre, y siento escapar su alma hacia el río Estígia  

El banquete ha comenzado.


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