El otro lado de ti (parte 1)

Por Mandrachim
Enviado el 29/11/2015, clasificado en Amor / Románticos
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El otro lado de ti.

 

Una mañana cálida y brillante de agosto solía iluminar su rostro con una sonrisa tímida. Atravesaba la ciudad a pie, sus caderas y su mente meciéndose al ritmo del folk americano. ¿Cómo se llamaba esa canción? Ah sí,  cross my mind, de Twin Forks. La gente la miraba al pasar, ella sabía que era lo que ellos veían: una melena café oscura que enmarcaba su rostro ovalado de tez morena, una nariz pequeña y chatita, unos labios gruesos de color rosado oscuro y unos ojos negros como el ónix. ¿Qué era lo llamativo con un aspecto tan normal? El  hecho era que ella era normal y quizá fuera la parte más sensata y salvaje de los seres humanos la que los hiciera fijarse en ella. Tenía una vida común para una chica de diecisiete años, estaba en primer año de medicina y luchaba por sacar adelante su carrera. Era la más pequeña de dos hermanas y  habiendo perdido a sus padres hacía algunos años su familia eran su gata, su perro, su hermana mayor, su cuñado y dos sobrinos.

El camino a la universidad era relativamente largo, no obstante mientras la música la envolvía no se daba cuenta de sus propios pasos o de los kilómetros que recorría, estaba tan alejada y abstraída del mundo que nunca llegaba a cansarse, no perdía ni el aliento ni el ritmo y ella sabía bien por qué.

Este era un sueño, otro de sus sueños, ella lo sabía bien porque había experimentado la sensación innumerables veces a lo largo de los años.

Su sonrisa se amplió ante las perspectivas de soñar, ella podía hacer muchas cosas en este lugar en su mente, abrió completamente sus sentidos y más allá de sus auriculares escuchó el trino de las aves y el claxon de los autos al pasar.

Había pequeños arbustos secos a los lados del camino y ella sintió que sus palmas picaban, extendió sutilmente los dedos y acarició el aire suavemente, con gracia y delicadeza, mientras las ramas secas adquirían un color verde brillante y saludable. Sus pulmones se llenaron de aire frío cuando inspiró profundamente. Esa sensación de descarga energética le permitió conectarse con su entorno de forma peculiar, sus sentidos se abrían cada vez más y ahora podía sentir el latir de la vida en cada forma diminuta que recorría el suelo y en cada ser humano a su alrededor, en esos rostros que ella fingía ignorar mientras la contemplaban fijamente.

Empezó a correr, sabiendo que nada importaba más allá de la libertad y el viento que acariciaba su piel.

-Despierta…

Ella conocía aquella voz que le ponía la piel de gallina y le aceleraba el corazón.

La conocía pero no sabía a quién pertenecía, aquella era la voz que en sueños la despertaba, para entonces ella ya sabía que debían ser las cinco de la mañana en el exterior y que era tiempo de despertar.

Así lo hizo, abrió sus ojos de forma automática, sabiendo como sabía que no era normal que alguien despertara con tanta facilidad, para ella lo era por lo que desde pequeña se permitió a si misma ignorar su peculiar capacidad. Se estiró en la cama mientras los vestigios del sueño aún se aferraban a sus sentidos, a su piel. Suspiró y se puso de pie en un salto, camino al baño tomó su toalla y dejó que el agua helada le quitara el sueño mientras tarareaba traumerei, soñando, de Schumman, uno de sus compositores favoritos.

Desde el amplio ventanal del baño podía ver las faldas de la montaña que se extendían hasta un caminillo que serpenteaba abriéndose paso entre las columnas de frondosos árboles que formaban un pequeño bosque en cuyo interior se alzaban los coloridas techos de pequeñas viviendas antiguas, además de fincas y quintas de recreo.

Allí, en mitad aquel paraje helado, que ella encontraba extrañamente exótico, estaba el castillo de piedra pulida al que desde hacía poco más de tres meses había adoptado como su hogar. El terreno donde se encontraba el castillo era amplio, lo bastante como para que se construyeran varias casas a su alrededor y sin embargo tan solo estaba el castillo rodeado de jardines y en la parte trasera un enorme lote con caballos que de buena gana servían para mantener a raya la maleza.

La estructura del castillo quizá por antigua o por decisión de quién lo construyera poseía una apariencia de misterio de épocas remotas cuyas torres asemejaban la estructura de las antiguas murallas del imperio bizantino.

Su llegada a aquel lugar también había sido una cuestión del destino.

No obstante se sentía feliz e ilusionada de vivir allí, alejada del ajetreo de la metrópoli y abrigada en la ligera paz y el cobijo de lo que aún se podía considerar un pueblo pequeño.

Un ligero estremecimiento recorrió su piel desnuda que se erizaba a causa del agua que estaba cerca de los cero grados centígrados. Ignorando la sensación permitió que el delicado chorro se extendiera por su cuerpo mientras aclaraba la espuma, perdiéndose en la longitud de sus extremidades.

Minutos después salía envuelta en una toalla, seguida de un lobo color burdeos, un amigo a quién había adoptado poco después de llegar al castillo. Se volvió y sonrió a los brillantes ojos dorados con motas verdes que la miraban con ternura.

Su nombre era Simón.

Mientras se vestía recordó como desde el primer instante en que lo vio supo que compartían un vínculo especial. No es que a veces no la sacara de quicio con sus travesuras, pero el calor que despedía su mirada y el amor incondicional que le daba con tan solo saltar de alegría al verla era más que suficiente para atenuar su ira cuando la bola de pelos se salía de control. Al contemplar la expresión del animal que batía alegremente la cola estuvo segura de que él sabía y aprovechaba la ventaja que su ternura le daba para hacer lo que quería sin sufrir las consecuencias.

 

Su habitación era un espacio pequeño pero cómodo, el cual sinceramente mantenía echo un desastre la mayoría del tiempo.

El mobiliario era sencillo, sobrio pero de alguna forma elegante. Había una cama de un cuerpo adornada con brocados del siglo antepasado que no utilizaba. Un enorme armario de color miel, una cómoda, una mesa de noche y otra mesa más grande que le servía de escritorio, un mueble tocador y un sofá cama púrpura en el que dormía.

Aunque no intentaba buscar excusas para su propio desorden, no se sentía cómoda en medio del caos. No era que no tuviera  tiempo para luchar contra su desorden, era que ya se había convencido de que resultaba inútil arreglar, cada intento infructuoso solo había servido para comprobar su teoría: minutos después de arreglar la habitación, esta volvía a parecer un desastre cuando ella perdía una horquilla para el pelo o uno de sus guantes.

 

 

 


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