El otro lado de ti (parte 3)

Por Mandrachim
Enviado el 29/11/2015, clasificado en Amor / Románticos
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Sonrío, dándose cuenta una vez más de cuan abstraída había estado en sus poemas. Se levantó mientras guardaba su libro y se encaminaba al salón de clases.

Algunos estudiantes ya esperaban en las puertas del salón, ella los saludó abriéndose paso hasta su asiento en la primera fila. La clase empezó y la voz de un hombre a quién en poco tiempo había aprendido admirar y respetar por su sapiencia y buena voluntad al compartir de la mejor forma posible sus conocimientos llenó la sala con el acento inconfundible que revelaba los aromas de la tierra venezolana que hace años lo viera nacer. Sus sentidos se centraron en aprehender los conocimientos que se derramaban como gotas de rocío en sus oídos, siempre le gustó aprender y podía imaginar con facilidad estructuras del genoma que se describían en las diapositivas de la presentación. Para ella, aquel sistema de genes que de forma casi milagrosa contenía la información que diera lugar a un individuo, se había convertido en un sistema luminoso, igual que las bombillas de un árbol de navidad que se encienden y se apagan en sincronía y cuyo balance se altera cuando alguna de las diminutas bombillas se quema.  Sonrío a su pensamiento y se permitió a si misma divagar mientras surfeaba a través del torrente de palabras y anécdotas contadas por el profesor.

La clase solo duró dos horas y cuando terminó se sintió tan satisfecha como si hubiese acabado de salir de un banquete, con la única diferencia de que en lugar de ingerir alimentos se había llenado de conocimientos que debía digerir y ordenar en su mente. Para ello se fue a la biblioteca y en cuestión de minutos se vio rodeada de libros que materializaban todo lo visto y que además le sirvieron para aclarar dudas y comprender mejor ciertos conceptos. En algunos capítulos de los libros se explicaban las consecuencias de que el orden establecido en el sistema de genes y la forma en que estos se expresan se viera alterada por diversos motivos. Consecuencias que descubrió no siempre se debían considerar negativas, como jocosamente había dicho el profesor aquella mañana: “una mutación va mucho más allá del espectacular trabajo de efectos especiales que Marvel Entertainment ha personificado en los X-men” Aunque por supuesto tan impresionantes films sirvieron para que todos de alguna forma tengamos idea de qué es una mutación mientras disfrutamos de la maravilla de lo que logran la imaginación y la tecnología cuando trabajan de la mano. Cuando terminó sus labores académicas eran las cinco de la tarde y se encontró a mí misma enfrentando lo que le quedaba de tiempo libre por administrar, una ventaja que con seguridad se reservaba solo a los estudiantes de primer semestre de medicina. Los amateurs. En seis meses seguramente apreciaría aún más tal bendición. Salió de la biblioteca y se detuvo un momento en la puerta mirando las gamas de verdes que se extendían a su alrededor fundiéndose con las coloridas flores de los jardines que rodeaban el edificio de cuatro plantas de la biblioteca. A la derecha el puente rojo y a la izquierda una plaza de roca rodeada de edificios en cuyo centro se alzaba el busto de San José María Escrivá de Balaguer, fundador de la universidad y cuya orden (El Opus Dei) sentó las bases morales cristianas de la universidad de La Sabana desde hacía más de siete décadas.  Tomando el camino de la plaza de los balcones se encaminó a la salida de la universidad, cruzó el puente peatonal y siguió la avenida Pradilla de regreso a casa.

Poco más de hora y media después ya se hallaba cerca de la entrada del pueblo y tuvo la peculiar sensación de que la observaban. Se volvió pero no encontró a nadie en el ancho camino que se abría paso entre la niebla bordeado por altos pinos y acacias, no había nada aparte de algunos perros callejeros que vagaban por ahí. La tarde había caído y la noche devoraba el horizonte con fauces de oscuras y espesas nubes, eran pasadas la ocho de la noche y la calle estaba desierta. A pesar de que el escenario a su alrededor era sin duda tenebroso, se convenció de que no tenía más compañía que la de sus propios pasos que se oían lejanos haciendo eco en la carretera; el pánico agudo y más helado si cabe que la noche invernal la llenó arañando su control con el instinto de alerta.

 

Apuró el paso, ahora solo faltaban tres cuadras para llegar a la comodidad de su hogar, desde donde estaba podía ver las imponentes torres del castillo alzándose en medio de los tejados como un espejismo. Cuando empezaba a calmarse una ráfaga de viento frío le revolvió el cabello, tan solo un segundo después sintió que su espalda chocaba contra una superficie rocosa. El dolor y el miedo arrancaron el aire de sus pulmones, el grito ahogado en su garganta seca cuando se encontró con dos pares de ojos que parecían reflejar las llamas del infierno en lo profundo de su iris escarlata. Ella lo vio y aun así su mente luchaba por negarlo.

No puede ser verdad… Le rogó al vació de su mente mientras se fijaba en que la apariencia de aquellos seres era similar a la de un humano pero con terribles cicatrices en sus rostros salvajes e inexpresivos. Enormes caninos llenaban sus fauces mientras gruñían en su dirección, las puntas tocando los límites del labio inferior. Saliva negra y espesa se escurría a través de la boca y el cuello, los cuerpos inclinados en una postura de ataque.

Ella supo que estaba muerta mucho antes de que ellos saltaran en su dirección, algo picaba en su interior pero era demasiado tarde como para poner atención. Tan solo cerró los ojos y escuchó a su propio corazón saltarse un latido preguntándose si no sería el último latido de vida que le quedaba. De repente sus auriculares aislaron todos los sonidos con las voces de los Bee Gees, un clásico de los setentas acompañaría el final de sus diecisiete, Staying Alive sería la melodía que irónicamente marcaría su final.

Esperó. Esperó. Y esperó. Pero el golpe mortal no llegó. Los monstruos del folklore hollywoodense no la habían devorado aún, no habían rasgado su piel con sus caninos. O quizá ya estaba muerta y ni siquiera lo había notado. Pero no, su corazón aun latía a mil por hora, su respiración en forma de rápidos jadeos era constante. Aún no estaba muerta… ¿o sí?

 

 

 


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