El vecino mecánico_2

Por MaryAna
Enviado el 30/12/2015, clasificado en Adultos / eróticos
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Al prepararme para salir me sorprendí dudando más sobre que ropa interior elegir que sobre los ítems importantes para una imagen cuidada: peinado, maquillaje, ropa exterior, zapatos, perfume. Me decidí por la que considero la más sensual que tengo: corpiño negro diminuto, bombachita también negra de encaje que es el mejor último obstáculo que reservo para quien va disfrutar de mi entrega total en los casos de atrevimientos, de pasiones, de amores furtivos.

No estaba errada. Al llegar a eso de las seis y veinte de la tarde, en el taller no se encontraba ninguno de los empleados/ayudantes, sólo Horacio.

Me hizo señas que entrara el coche y, ni bien lo hice, mientras la cortina metálica del portón, descendía lentamente, se acercó y abrió la puerta de mi lado. Estaba impecable (se había bañado, cambiado la ropa y perfumado) con pantalón de jeans y polera ajustados, para resaltar cada curva y prominencia de su anatomía  ante mis ojos.

-¿Cerró el taller? ¿Tengo que dejar el auto? Creí que no iba a ser para tanto tiempo. - le dije al bajar y dirigir mis labios a su mejilla, a modo de saludo como de costumbre.

-No, tenés que dejar que te bese y dejarte llevar. Veremos cuanto tiempo necesitamos…- él llevó los suyos a mis labios, fue un beso fugaz, tierno. Con una mirada de deseo dibujada en sus pupilas, me tomó, con una mano, de la cintura y juntó mi cuerpo con el suyo.

Me tomó por sorpresa. Venía preparada para sugerencias o, a lo sumo, propuestas indecentes, no a un ataque directo, frontal sin rodeo o digresión antes de entrar en materia.

Cuando me rehíce de lo imprevisto  tenía su otra mano justo al final de mi vestido, por sobre la rodilla pero no lo bastante para que sea de mal gusto, vulgar.

-¿Qué hace?.....¿Qué hacés? Soltame – dije mientras hacía el ademán de separarme. Su mano en la cintura me lo impidió. Mi reacción se agotó en ese amague.

El segundo beso ya no fue tierno, fue intenso, prepotente, como para que yo no dudase de quien tenía el control. Siguió explorando mis muslos, fue liberando mi excitación con sus caricias:

-¡Uhiiiii!!! ¿Qué tenemos aquí, Nena? – Había avanzado raudamente hasta manosear mi concha, aún sin apartar la bombacha.

En lugar de quejarme y reanudar la protesta, solté un fuerte y prolongado suspiro acompañado por un sonoro gemido, expresión oral del gusto que me daba el toqueteo indecente.

Terminó de levantar mi vestido, con las dos manos en mis nalgas me levantó y depositó con mi culo sobre el capot de un auto y mis piernas abiertas a más no poder. Ahora soy yo que lo beso apasionadamente. Disfruto de sus labios, de su lengua. Sus manos juegan con mis pezones por sobre el vestido, su manoseo, su calor, avivan más aún mi deseo.

Me baja los breteles del vestido. Ahora juega con la lengua, en mis pezones, mientras las manos exploran entre mis muslos. Para corresponder, en parte, la atención, manoteo la protuberancia de su pantalón.

-¿Estuviste alguna vez en el asiento trasero de una Chevrolet Blazer?- me susurró al oído.

Negué con la cabeza.

-Vamos, el espacio interior es “de locos”, la comodidad está garantizada. –

Volvió a levantarme por mis nalgas y, en andas, me depositó al costado de una camioneta gris imponente, abrió la puerta posterior, me quitó el vestido, se desembarazó de sus prendas (se quedó sólo con el slip) Me dio unos instantes para que reconozca su cuerpo con la mirada: antebrazos, brazos, pectorales, muslos y el bulto entre sus piernas, que evidenciaba su verga pronta para lo que era inminente y deseado.

Me colocó, de espaldas, sobre el tapizado de cuero de la butaca posterior, me despojó de mi última prenda de encaje y se ubicó de rodillas entre mis piernas.  Sentí dos dedos intrusos, dentro de mí, explorando suavemente,  cada milímetro, cada poro de mi piel interior, el pulgar rozando mi clítoris e incendiando mi sangre y mi cabeza:

-Cogeme…..por favor cogeme ya…..quiero sentirte adentro….- le rogué, casi a los gritos.

No se lo hizo repetir.  La cabeza de la verga, rozó los labios de mi cueva, el contacto hizo que mi deseo “se vaya a las nubes”, lo debe haber visto dibujado en mis pupilas: entró de una sola vez y comenzó un entra y sale autoritario y delicioso.  Mis piernas se enroscaron alrededor de su cintura, como queriendo engrosar la fuerza que hacía al penetrarme, para sentirlo hasta en lo más profundo de mis entrañas, como para no dejarlo escapar.

Empezamos, entre besos, a gemir, a suspirar,  a bufar, a gritarnos, el uno al otro el placer que nos dábamos.

Cogimos al límite, desaforados, hasta que estalló su placer dentro de mí. Con mis manos aferradas a su espalda, me abandoné al, vaya a saber que número de orgasmo, de esa tarde noche, sólo puedo asegurar que fue el último.

Nos besamos esperando que el ritmo de las respiraciones y los latidos de los corazones descendiesen, de 1000 por minuto, al de calma. Sólo ahí retiró su miembro encogido y bañado por mi humor acuoso, se bajó del asiento, para vestirse.

Fue mi turno de erguirme, recuperar mis prendas y recomponerme.

-¡Qué barbaridad! No sé qué me pasó contigo. – mentí. Era sencillo: me calenté de a poco con sus lances en los encuentros precedentes y ni bien estuve a solas con él, me abandoné a la “calentura”.

-¡Estuvo glorioso!!! Confío que se repita. –

-No te hagas ilusiones. Todo muy lindo pero ¿y la falla del coche?-

Amagó cerrar la puerta de la camioneta, giró la cabeza hacia mí y:

-¡De no creer el delicioso olor a hembra  y el enchastre que dejaste en el asiento!

-¿Podes ser menos guarango?-

-Vení a ver.-

Fui y, sí, en el cuero se veía el charco de jugos vaginales en el lugar que había estado apoyado mi culo.

Me ruboricé a pesar de que no era la primera relación tramposa que tenía.

Horacio se rió y, en son de burla, agregó:

-Decile a tu marido que yo te ofrecí solucionar el problema del motor a buen precio, convencelo que me lo traiga así, aun cobrándole barato, le incluyo en la factura el costo del lavado y limpieza de tapizado de la Blazer.-

Nos reímos los dos por la ocurrencia.

Nos besamos, yo subí a mi Citroën, él fue a accionar el mecanismo que levanta la cortina metálica.

Volví a mi casa. Mi perra Laika (setter irlandés), me ladró y se quedó mirándome fijo, pero moviendo más lentamente que de costumbre, la cola. Se me ocurrió que me estaba censurando por mi comportamiento.

-Tenés razón, mi amor, aún me arde la cachucha, pero no te das una idea de lo buena que estuvo la movida.-

Mientras le servía su ración de alimento balanceado, le acaricié la cabeza y le susurré:

-Qué lástima que Horacio no tiene un “perruco”, la próxima vez te hubiese llevado conmigo.-


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