Año nuevo

Por My_Inmortal
Enviado el 18/01/2016, clasificado en Adultos / eróticos
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Después de una relación tormentosa de muchos años, otra vez la soledad se había vuelto a instalar en mi alma y también en mi cuerpo. Los últimos años los pasara con un chico atractivo pero que, con sus pocas atenciones, había perdido cualquier tipo de estímulo para continuar adelante. Nuestra relación se basaba en vernos una vez por semana, dos como mucho, generalmente en sábado, tomar unas copas e irnos cada uno para su casa. Cuando se pasa la barrera de los treinta, este tipo de compañía se hace poco para cualquier fémina. Nuestros encuentros sexuales, casi siempre en mi coche, eran más esporádicos todavía, aunque casi siempre alcanzaba el orgasmo. Pero era un clímax amargo, salpicado de una realidad efímera e incapaz de conducirme a ningún lugar. 

Aquella noche todo discurría como siempre. Tras las copas en un bar de un compañero suyo, nos dirigíamos a coger mi coche al parking público para llevarlo a casa. Me pidió las llaves como en él era habitual. Su manía de conducir siempre era de las menos molestas. Me subí al asiento del acompañante suponiendo que conduciría hacia algún descampado de las afueras. Cuando al poco tiempo aparcó entre unos robles al lado de una carretera vieja, me dije a mi misma: -"Hoy por lo menos follamos". Lo curioso era que me apetecía. Mi cuerpo estaba en esos días fértiles en que el deseo se vuelve mas intenso. Hacía por lo menos tres semanas que no nos acostábamos y no me había masturbado. Todo fue deprisa. Nos pasamos a los asientos traseros y tras unos pocos besos de rigor me quitó la camiseta y sus manos me apretaron los pechos. Me quité el sujetador y no tardo en acercar su lengua  a mis pezones. Se desnudo completamente. Sin ser un atleta, su cuerpo era agraciado. Un cosquilleo atravesó mis entrañas. Necesitaba su sexo en mi interior. Mis braguitas y mis jeans salieron juntos de un solo tirón. No se dilató más en penetrarme y tras unos minutos de coito los dos llegamos al orgasmo. Se retiró sin más palabras y mientras que me limpiaba un poco él ya estaba casi vestido.

 -Tenemos que hablar.

Fueron unas palabras que sonaron frías. Tras unas cuantas explicaciones y excusas poco creíbles, puso un punto final en nuestra relación. No me sorprendió por ser algo que iba a suceder y fingí un falso convencimiento de que era lo mejor para ambos.

Pasaron días y semanas y la vida proseguía hogareña casi siempre y con alguna salida con mis pocas pero buenas amigas.

El año se aproximaba a su fin y entre muchas felicitaciones de navidad, en mi móvil apareció un mensaje de Paula. En fin de año harían una fiesta en su piso, después de las campanadas, todas juntas, como antes. Contenta de no verme obligada a quedarme en casa, acepté de buen grado.

El 31 de diciembre trabajaba por la mañana y la tarde la pasé preparando algo de ropa. Cuando ya oscurecía caminé las dos calles que me separaban del piso de mis padres para compartir la cena con ellos. Las horas pasaron, la cena con la familia me puso la melancolía en la mirada y con el grito de -"Feliz 2016" de mi padre me dispuse a disfrutar de la noche. Eran las doce y media cuando salía a la calle y me dirigí al piso de Paula. Era un ático de un enorme edificio construido en plena burbuja, cuya hipoteca la mantendría ocupada los próximos treinta años.

Mientras esperaba el ascensor en la entrada alguien me tocó la espalda. Al girarme los ojos negros de Juan ya me estaban recorriendo como siempre. Él, el chico al que había rechazado tres veces, el chico que con solo saludarme con la mano ya se notaba que estaba enamorado. Sin ser feo, no acababa de convencerme. Eso, junto con mi relación en decadencia, siempre lo descartara como pareja. Pero hoy estaba distinto. El traje oscuro ceñido a su cuerpo y las dos copas de champán que me sirvieron en casa, le daban un punto más a su favor. 

Tras los saludos de rigor, los dos besos y un abrazo largo, insistió en invitarme a tomar otra copa mas de cava a su piso, en el segundo. Acepté puntualizando que sería breve , que me esperaban arriba. Entramos. Su casa era un estudio pequeñito de una habitación y salón cocina. Sacó dos copas y una botella de un mueble bar. Se sentó a mi lado y sin más preámbulo me besó los labios suavemente pero de una manera ardiente. En vez de pararse y esperar mi reacción, se arrodilló delante mía, cogió mis manos y susurró un "déjate llevar". Sin salir de mi asombro sus palabras resonaron en mi mente y me quedé paralizada. Una extraña mezcla de vergüenza y lujuria tomó el mando de mi cuerpo. Sus manos me subieron la falda hasta la cintura y medias y botas salieron disparadas. Un empujón apoyó mi espalda en el respaldo del sofá y sus manos me pusieron los tobillos en sus hombros. Su lengua recorría cada espacio de mis muslos pasando rápidamente de una pierna a la otra. Bajaba hasta cerca de mi sexo y lo rodeaba sin siquiera rozarlo. Una y otra vez. Sentía que la locura me recorría y por un momento temí correrme sin que llegara a tocarme. En un arrebato, cuando su lengua volvía a trazar otra circunferencia alrededor de mi clítoris, agarré su cabeza con fuerza y sentí como entraba en mi cuerpo. Los besos eran poderosos, una mezcla de lametones lentos y rápidos, de entradas y salidas, de círculos, de figuras imposibles. Perdí la conciencia de mis gemidos y en un grito final todo estalló en colores. En vez de parar, no se alteró en absoluto y tras unos segundos para superar mi periodo refractario la llama del deseo ardía de nuevo. Se levantó y me penetró con suavidad mientras mis manos agarraban su espalda. Cuando acabamos, se retiró y me acompañó al lavado. 

Me vestí deprisa. Él sólo se puso unos boxer oscuros, no tenía intención de salir. Antes de abrir la puerta me dijo que podía volver a dormir al terminar la fiesta. Le devolví una sonrisa y ahora fui yo quien le besé con dulzura. 

Me despedí con un "hasta luego" y con un " quiero quererte". 

-"Nos vemos pronto"

El ascensor me subió a la última planta. El ruido de la fiesta se escuchaba dos plantas más abajo.

-"Llegas tarde, pero vienes sonriendo"- dijo Paula.

-"Creo que voy a darle una oportunidad a Juan"- respondí.

 

 


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