*** La Alcahueta

Por Victoriano Sánchez
Enviado el 28/02/2016, clasificado en Drama
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La infancia de Casilda no fue fácil al quedar huérfana de madre a los seis años de edad. Al padre no le gustaba trabajar, y se pasaba el día en la cantina levantando el codo. Hasta que una noche al volver a casa, de un mal golpe la mató. En casa, las riñas y los malos tratos eran constantes.

Cuando se llevaron preso al jefe de familia, se hizo cargo de ella su tía que era una auténtica arpía. Mujer deslenguada y faltona cuyo único afán era enterarse de todo lo que ocurría en todas partes, visitaba las casas en busca de chismes y ese era su motivación para pasarse todo el día fuera de casa. Ella decía que iba a hacer recados. A ella, le encargaba la tía que hiciera las tareas domésticas, y preparara el puchero del mediodía. No fuera que cuando volviera su marido del campo no tuviera que comer.

Ya de moza, un día conoció al pobre Eustaquio que con la muerte de sus padres había heredado una humilde casa de dos plantas. Le engatuso para salir de casa de la tía y se casaron a los cuatro meses.

De la unión no se engendró ningún hijo, al aparecer porque según decía las malas lenguas ella estaba seca por dentro. Estuvieron casados ocho años hasta que Dios tuvo a bien llevárselo, para descanso del hombre. Ella, en realidad nunca le quiso. Pero Casilda, comenzó a sentir el peso de la soledad, con el tiempo lo echó a faltar y comenzó a quererlo por su ausencia. Hasta el punto que, ya de mayor se convenció que había sido el hombre de su vida. Para tener la conciencia tranquila, le guardo luto el resto de sus días.

Unos de los lugares preferidos para visitar de Casilda era el lavadero. Las mujeres del pueblo se reunían a diario para realizar la colada, y aprovechaban para hablar de aquellas personas que no se encontraban presentes. Tenían tiempo de sobra, porque después de lavar la ropa tenían que secarla al sol, estirándola en el prado. Sacaba una hebra de hilo y en casa hacia una gran madeja. Casilda se encontraba en toda su salsa, lavando los trapos sucios de todas las casas.

Aparte de traer y llevar historias ajenas, solía ofrecerse como mediadora en los lances amorosos con el fin de conseguir un favor o unas escasas monedas. En una ocasión se ofreció a un mozo para conseguir los suspiros de la hija de un potentado terrateniente. Utilizando la astucia, se dirigió a su residencia para ofrecerle ovillos de lana, en crudo y blanqueada, y logró introducirse en el hogar, ganándose la complicidad de la víctima. Una vez conseguido, alabó de manera exagerada las dotes del pretendiente para que accediera a verse en la fuente del beso, a las afueras del pueblo. Tan halagadoras fueron las palabras de la bruja, que despertó su curiosidad y accedió al encuentro.

El día señalado llevo a la joven un espejo, coloretes para los pómulos y polvos para colorear las pestañas, un ungüento y esencias de violetas. Cuando se encontraron en el lugar acordado estuvieron hablando y tonteando. Después, alguien informó al padre, que no podía creerse lo que le contaban. La celestina había echado a perder el honor y la honra de su única hija, y solamente quedaba una manera de enmendarlo. La metió recluida en el convento de las carmelitas descalzas. Estaba comprobado, que allí por donde pasaba ocurría una desgracia.

Al ser de conocimiento público, la gente cantaba a modo de mofa.

Casilda es la alcahueta, que te anda buscando novio;

y tú te pones más hueca que una gallina con pollos.

Cuando la pandilla de críos se la cruzaban por la calle se burlaban de ella.

- ¡Hay va la cascarrabias!

El aspecto que tenia con la cara blanca y la nariz aguileña, toda vestida de negro por el riguroso luto, y cubierta la cabeza con un pañuelo negro.

Mientras, otro añadía:

-¡Mirarla! Parece un cuervo.

Una vez Andrés, el más audaz de la cuadrilla le lanzó una piedra, acertándole en la cabeza. Al sentir el impacto de la pedrada comenzó a blasfemar, gritando en medio de la calle, que si le hubiera escuchado en ese momento el párroco la habría excomulgado. Mientras, los chavales  corrían como alma que lleva el diablo.

Al principio la gente la excusaba, diciendo que era igual que su tía pero cuando comprobaron que protagonizó mas de un embrollo entre las familias, todo cambió. Después, de muchas rencillas con las familias residentes en el pueblo dejo de ser bienvenida en las casas, y comenzó a ganarse el apelativo de “la vieja del visillo” Se estaba haciendo mayor, y como no era bien recibida se pasaba todas las tardes encerrada sentada en una silla y asomada a la ventana. Desde allí veía la plaza mayor, y espiaba detrás del visillo a medio escondidas las mujeres que esperaban en la fuente pública con los cántaros. Cuando se acercaba un hombre al abrevadero para que bebiera agua el caballo, observaba si se dirigía a alguna mujer y si ésta estaba casada, ya tenia materia para desarrollar en sus embustes al siguiente día.

Con el transcurso de los años se había convertido en una verdadera correveidile que traía y llevaba cuentos y chismes porque su vida era anodina y triste, y estuvo llena de calamidades.

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